P. Egisto Crociani

P. EGISTO CROCIANI BATANI

* Bagno di Romagna (Italia) 2 settembre 1919

† Archidona (Ecuador) 23 luglio 2012

 

Damos gracias al Padre por la vida de nuestro querido Padre Egisto que, a la una de la mañana de ayer, entregaba su alma al Señor en el Centro de Reposo de Archidona. Se nos ha ido el veterano de la Provincia, un misionero entregado amorosamente al servicio de la misión de Cristo en la Congregación de los Padres Josefinos.

La vida de todo cristiano es una llamada que nos hace Jesús a seguirle, en medio de los gozos y pesares de la vida. Cada uno la concreta de una manera personal y va respon- diendo a ella ayudado por la gracia de Dios, que nunca nos abandona.

El P. Egisto nació el año 1919 en Bagno di Romagna-Forlì (Italia). Su vocación cris- tiana se concretó con su ingreso en la Congregación. A los 11 años, se trasladó a la Escuela Apostólica Montecchio Maggiore y luego a Ponte di Piave. El Noviciado lo realizará en el año 1935 en Vigone. Vino a la Misión de Napo en 1938. Hizo los votos Perpetuos en Tena. Fue ordenado sacerdote en Ambato, el 15 de agosto de 1944. Fue provincial en Argentina-Chile desde 1958 hasta 1964. Desde 1974 hasta 1970, fue consejero general. Fue provincial en Ecuador desde 1970 hasta 1973.

Los que le tuvieron como formador dan fe que fue un “gran profesor”, un experto jurista en el Derecho Canónico de la Iglesia y en el de la Congregación. Además de buen profesor, fue un “excelente misionero”, que se distinguió en su predicación por la claridad en las Doctrinas y Práticas de Misión.

No puede ser tan claro que con su muerte se haya acabado todo. Porque el P. Egisto ha vivido con amor, con fidelidad, con rectitud, con dolor, con entrega. Y todo eso, toda su vida, no puede ir a parar al vacío de la intranscendencia más absoluta. Estamos hechos para compartir la vida de Dios aquí y más allá de nuestra muerte. Todas las relaciones que tejemos a lo largo de nuestra vida – relaciones de respeto, de confianza, de amistad, de afecto – todo eso no puede morir ni desaparecer porque, mediante todas esas relaciones, participamos ya en el amor de Dios, que es la vida. Creemos que, al morir, la persona no cae en el abismo del absurdo, sino en el abismo de Dios. Jesús nos dice que somos servi- dores. Nuestro servicio a Cristo, evangelizador de los pobres, se lleva a cabo sirviendo a nuestros hermanos: “Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo”.

A esta mesa del Padre, ya ha sido invitado definitivamente nuestro hermano Egisto, sacerdote y misionero Josefino. Al corazón del Padre, que prepara y sirve a esa mesa, encomendamos a nuestro hermano. Y queremos que en la muerte de nuestro hermano Dios sea glorificado y servido. Démosle, pues, gracias por su larga vida entre nosotros, 93 años. Pidamos al Padre que nada de todo el bien que hizo en su vida el P. Egisto se pierda.

Hoy se convierten en realidad las palabras del libro de la Sabiduría (3,1-6): “la vida de los justos está en manos de Dios”. “Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado”. Sintámonos llamados, también, a orar, a manifestar a Dios nuestro deseo y nuestra esperanza para que el P. Egisto pueda entrar, liberado de toda culpa, en la luz gozosa de su Reino, en la casa del Padre; porque este Dios “quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (Sab.3,9).

Hace tres años fue llevado a nuestra Casa de reposo en Archidona, en donde se encuentran tres misioneros ancianos. Es allí en donde el Señor llamó a su siervo fiel a gozar de su Presencia por toda la eternidad. Había venido para ser misionero y pudo morir en su amada Misión, en la madrugada del 23 de julio, ya para cumplir 93 años de edad.

Lo que más impresiona en su vida espiritual y que a todos nos puede servir de ejemplo es que P. Egisto nunca dejó su Santa Misa diaria, también en este último tiempo de su vida cuando su vista la estaba perdiendo, solicitaba a algún sacerdote que presidiera por él y así poder concelebrar. Igualmente tenía a su lado el libro de la Liturgia de la Horas y demostraba su amor a María Santísima con el rezo del santo Rosario cada día.

Ante la muerte de un familiar, amigo, conocido, religioso, sacerdote, de alguien que apreciamos… Surge con frecuencia en nosotros una pregunta sobre el valor y el sentido de la vida. ¿Para qué?, ¿para qué vivimos? ¿por qué tenemos que morir?. La vida humana, es algo así como una vela: una Vela Encendida. Una vela encendida de luz, alumbra y da calor. La vela es para alumbrar, iluminar alrededor y al mismo tiempo da calor. Esto mismo lo podemos aplicar a P. Egisto, una vela que se fue consumiendo, se fue gastando, se fue apagando, se fue derritiendo y “muriendo”. Y así en ese consumirse poco a poco fue cumpliendo una tarea importante y necesaria.

Todos sabemos que la vida humana es un camino que hay que recorrer y llegar a la meta. Resulta curioso y extraño, al mismo tiempo, que a todos nos suceda lo mismo: a nadie le gusta llegar al final de la vida, a la meta. La gran ilusión cuando emprendemos un viaje es llegar al destino cuanto antes; si salimos a la montaña la ilusión es llegar a la cima; si se trata de una carrera todos quieren llegar primeros a la meta. Algo nos pasa en la vida que nadie queremos llegar a la meta. Preferimos que el camino sea lo más largo posible y que la muerte esté lo más lejana posible.

Cuando nacemos, venimos a la vida para un destino de eternidad, y morir es ir al encuentro de la realización de ese destino con toda la dignidad del ejercicio de la libertad que se nos da para agradar a Dios y santificar su nombre en la vida y en la muerte. En la resurrección de Cristo se nos garantiza la vida y en su muerte se nos asegura la proximidad fiel de Dios al dolor y a la muerte, notas de nuestra condición de peregrinos hacia la ciudadanía de los santos. La persona muere sola, pero quien muere en Dios Padre, sabe que será acogido en sus brazos como le aconteció a Jesús.

Quiero terminar, agradeciendo a Dios por haber dado a Nuestra Congregación y en especial a Nuestra Provincia un insigne Misionero y a todos los que hemos convivido con él un grato compañero de viaje. Que Dios nuestro Padre nos conceda a cuantos acompañamos a P. Egisto en su tránsito a la vida eterna, el consuelo de la esperanza en su salvación. A su familia a sus hermanos de Congregación, a los sacerdotes y a los muchos amigos, que hemos gozado del generoso servicio de nuestro hermano, nos otorgue renovar y perseverar en el servicio de Jesucristo y de su Iglesia, siendo cada vez más fieles a nues- tra vocación en Señor Resucitado.

Ahora que él ha vuelto a la Casa del Padre, le pedimos que abogue por nosotros y obtenga numerosas vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal que llenen el vacío que él ha dejado.

 

P. Hugo Sánchez, csj

Superior Provincial