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 52. Acompañamiento y orientación en la Pedagogía del Amor – Experiencia en Valparaíso

En nuestra experiencia vemos que en todo grupo siempre hay algún joven más difícil que otros y nos nace la pregunta: ¿qué debo y qué puedo hacer? No debemos ser superficiales al juzgar a un muchacho “difícil”, sino tener cuidado de entender de dónde viene esa actitud indisciplinada y qué les está diciendo a sus compañeros y a sus educadores con ese comportamiento que va “objetivamente” más allá o fuera de las reglas. La categoría de “resiliencia”, la formación espiritual de los jóvenes, son elementos puestos en evidencia como recursos, en la medida en que sean bien utilizados por el educador. Por último, nuestro propio carisma josefino-murialdino nos ofrece una serie de actitudes que no debemos olvidar, sobre todo en los momentos en que se hace más difícil ser educadores: acoger, acompañar… todo para que “ne perdantur”. No siempre ganaremos, pero al menos no debemos renunciar a proponer un proceso para una vida buena.

Carlos Barra

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52.    Acompañamiento y orientación en la Pedagogía del Amor – Experiencia en Valparaíso           (Carlos Barra)


Si existe alguna certeza hoy en día es que tenemos pocas respuestas y muchas interrogantes, que lo que en un pasado, no muy lejano, era provechoso hoy ya no lo es, que estamos frente a nuevas formas de subjetividad. Que tenemos que tener la sabiduría del evangelio, la de aquel escriba que va sacando del tesoro de la sabiduría lo nuevo y lo viejo.

Todo comienza cuando aparece la pregunta acerca de ¿qué hacemos con los alumnos (as) disruptivos?, aquellos que compiten por el record de Guines de anotaciones en el libro de clases, esos que se comprometen a tener un buen comportamiento y a los cinco minutos están “caminando por las paredes”, los que pasan más tiempo en los pasillos que sentados en su silla. La respuesta no es fácil. El año pasado, en una reunión de consejo de profesores que semestralmente se destina para el análisis de la disciplina escolar, me dan la lista de 8 alumnos a los que eventualmente se les podría cancelar la matrícula por indisciplina, sin embargo, por reglamento los alumnos tienen derecho a apelar, y quién tiene que decidir la apelación soy yo, mi respuesta fue una soberana carcajada (uno de mis síntomas de ataque de nervios). ¿Cómo puedo yo ser el que decide acerca de la vida de una persona? Como un viejo emperador romano que levanta o baja el pulgar para condenar o perdonar la vida de un pobre infeliz.

Solicité los antecedentes de cada uno, entrevistas con los alumnos y con alguno de sus padres. Conclusión: largos prontuarios de observaciones negativas, de lo más variado, desde aquellas que revisten una gravedad importante a otras que perfectamente podrían no haber sido registradas; algunas presentan claramente la magnitud del problema y otras que reflejan más un estado emocional del docente que la conducta propiamente del alumno; junto con eso, largas historias de abandono más o menos encubierto (padres o madres ausentes, abuelos cuidadores), pérdidas y duelos, depresiones; en síntesis, era evidente que había mucho más que simple “mala conducta”. Ante tal situación vuelve a surgir la pregunta ¿qué hacemos?, ¿los largamos al vacío, a la nada, a la búsqueda de un colegio donde los acepten, y les den lo que necesitan?, ¿lo encontrarán?, ¡pero si ya lo encontraron!. O acaso no somos nosotros a quienes se les ha encomendado el cuidado de los “más abandonados”, “incluso los díscolos” (desobediente, que no se comporta con docilidad), ahí me resonó la voz de Murialdo “que ninguno se pierda”.

A todo esto la pregunta persiste, ¿qué hacemos?, no era suficiente con decir “se quedan”, y seguir otro año con más de lo mismo y llegar a fin del año con la misma situación, que podría volverse insostenible, transformar el colegio en un “aguantadero” no era la idea. La respuesta fácil “pedagogía del amor”, en el papel es bonito, en el discurso suena fantástico pero en la práctica ¿cómo se materializa? Y sigue dando vueltas el “¿qué hacemos?”.

Tratando de entender… para saber: ¿Qué hacer?

Encontré pistas desempolvando mis olvidados libros de psicoanálisis, y me encontré con “Deprivación y delincuencia”, un compilado de textos de Donald Winnicott, que presenta desde la perspectiva del psicoanálisis, el origen de la conductas disocial de los niños y jóvenes, y en este punto me detengo para dejar en claro, que no estoy pensando en nuestros “angelitos” como delincuentes ni mucho menos, pero guardando las proporciones, me dio luces, para ir respondiendo al ¿Qué hacemos?

Winnicott expone que el niño “normal” encuentra en su hogar las herramientas para auto controlarse ante impulsos que en la adultez podríamos definir como antisociales, a modo de ejemplo, apropiarse de lo que le interesa, hacer trampas en los juegos, intentar satisfacer sus gustos.

Se trata de niños y jóvenes que cansan y agotan a los padres que intentan controlarlos, quienes a través de un buen ambiente le van creando una suerte de autocontrol que los integra y adapta al medio social, sin embargo, esta situación se revierte, es decir, se convierte en “deprivado” cuando se lo “priva” de ciertas características hogareñas, de control y seguridad, luego la conducta disruptiva va a ser una especie de S.O.S. en busca de seguridad y control. Mediante un mecanismo inconsciente el individuo busca un alguien que se ocupe de su “manejo” que llene el vacío que dejó aquel que originalmente tenía que hacerlo.

La conducta antisocial, estaría fundada en la esperanza; dicho de otro modo, el chico (a) busca a través de su conducta disruptiva volver a sentirse importante para el otro significativo, es así que la conducta disruptiva no es constante en el niño, se manifiesta justamente en los momentos esperanzados, comprender esto es fundamental para quien tiene la tarea de educar a estos niños, el educador tiene que ir al encuentro en ese momento esperanzado y comportarse a la altura.

Tratando profundizar un poco más, Winnicott advierte que la deprivación, no es una simple falta de algo que el niño quiere, sino una verdadera pérdida de aquello que en algún momento tuvo y ya no tiene más, un algo que ejerció un efecto positivo pero que probablemente el niño ya no recuerda.

La sintomatología puede ser variada, desde el robo, la destructividad, la agresividad, o la simple capacidad de molestar, de causar fastidio; el niño saca provecho de esta capacidad, no por casualidad, sino con una intencionalidad no siempre inconsciente.

Winnicott, no da una respuesta muy clara al qué hacer con estos niños, pero da algunos indicios:

Si el origen del comportamiento disruptivo es la deprivación, de un ambiente seguro, habría que proporcionar tal ambiente; si es una falta de afecto, habría que proporcionarlo; redescubrir el sentirse cuidado, el poner a prueba que no volverá a desaparecer, que permanecerá y será estable.

Por otra parte, aparece también como un tema, la forma en la que se enfrentan las situaciones de vida y la búsqueda de resolución de conflictos. Existen tantas categorizaciones de los estilos de afrontamiento como autores han abordado el tema y no es el caso de detenerse en este análisis por ahora. Sin embargo se pueden distinguir tres estilos de afrontamiento: uno no productivo, que incluye aspectos como el sentimiento de culpa, con acciones que no están focalizadas a la resolución del problema; otro productivo, es decir acciones dirigidas a resolver el problema y finalmente uno orientado a los otros, como la búsqueda de apoyo social, profesional o espiritual. Cada uno de los estilos de afrontamiento está íntimamente ligado a la esperanza de la persona de lograr resolver sus conflicto, el primero de los casos, claramente se trata de una persona desesperanzada, cuyo pensamiento es: “haga lo que haga no lograré una solución positiva”, o una mentalidad mágica que piensa: “la situación se resolverá sola”, por tanto no se hace nada. En las otras dos condiciones la persona tiene esperanza en poder resolver el problema por sí sola o con la ayuda de otros.

Ante la falta de recursos para afrontar el dilema, lejos de buscar corregir deficiencias o debilidades, se debería buscar como objetivo el promover recursos y competencias que faciliten el bienestar y resistencia ante circunstancias adversas.

Muchos autores coinciden en que para los adolescentes, el mediano plazo apenas existe y el largo plazo es una utopía, todo tiene que ser ahora; esperan resultados inmediatos. Ante la demora surge la desmotivación, la frustración, y finalmente el rechazo.  Esta impaciencia desbordante tiene parte de su explicación en la ausencia de límites, las dificultades para el autocontrol y en la poca valoración del esfuerzo como requisito para obtener beneficios.  Por otra parte, es frecuente la tendencia a no afrontar las responsabilidades y a tener malas experiencias de comunicación, lo que dificulta las intervenciones de los profesionales. Casi nunca tienen ganas de hacer nada y bloquean, en la medida de lo posible, conversaciones y todo tipo de actividades que afecten a su forma de sentir y de actuar; se trataría de un aspecto temporal inicial, que se repite en el comienzo de muchas propuestas, pero que no impide la realización de las mismas.

Una última apreciación me parece que tiene que ser en torno a la resiliencia. La adversidad física, psíquica y/o social puede llevar al ser humano a su aniquilamiento, a resistir o a salir fortalecido. Esta última situación, que denominamos resiliencia, es propia de cada individuo y puede manifestarse de las más diversas maneras, pero resulta evidente que, más allá de las modalidades con que se presente, no podrá alcanzarse sin una suficiente energía vital. Desde una perspectiva espiritual, esta energía constituye el centro vital del ser humano y es aquí donde me gustaría destacar el valor de la formación espiritual de los jóvenes.

La palabra “espiritualidad” proviene del latín spiritus, que significa aliento de vida. Es una manera de ser, de experimentar y actuar que resulta del reconocimiento de una dimensión trascendental, caracterizada por ciertos valores identificables con respecto a uno mismo, los otros, la naturaleza y la vida. Para algunos incluye  asimismo todo aquello que se refería a un Ser Superior.

La espiritualidad es una dimensión propia de la vida humana, que se constituye como un componente propio del ser humano. Se distingue de la religión, propiamente tal, dado que esta está definida como la participación de una creencia particular, de los rituales, que ponen al ser humano en comunicación con Dios. En tanto que la fe, es una adhesión a un ser superior, la confianza en él y el sentido que da a la vida dicha adhesión. Ciertamente podemos decir que la trascendencia incide fuertemente en los valores de la persona.

En cuanto a la relación entre espiritualidad y religión, hay dos posturas para ver la religión y tienen que ver con la imagen de Dios que se tenga, por un lado un Dios juez, por otro, un Dios Padre misericordioso: Con la primera postura, seguramente la persona no podrá menos que sentirse preocupado y tenso, pero sobre todo enjuiciado por su desempeño en la vida, y en una cultura como la nuestra, a ese dios se le ignora o se le declara inexistente, mientras que en el segundo caso será esperable una actitud más relajada, menos reticente y abierta a los sentimientos, a la compasión y misericordia con los otros.

Ante estas posturas pueden surgir dos actitudes diferentes en cuanto a la vivencia de la autoestima. En el primer caso, la persona sometida a juicio se considerará un reo, mientras que en el segundo se sentirá hijo de Dios y animado del espíritu que el padre otorga. Esta dignidad lo hará sentirse más pleno y con ansias de poder responder  en forma acorde con las circunstancias. El nexo entre la autoestima y la resiliencia es conocido, luego, se puede establecer un nexo entre la vivencia de la religiosidad y las actitudes resilientes de las personas.

Se puede constatar la apertura de la juventud a lo trascendente, sin embargo, no se puede negar que se rodea de una de una pluralidad de sentidos, muchos de los cuales se imponen a la sociedad de hoy. Los numerosos signos religiosos más o menos explícitos incorporados a la ropa y los adornos revelan que la juventud cultiva por lo menos un sentido vago de trascendencia, pero no es tan fácil, con la juventud, pasar de la fe al compromiso.

Podríamos seguir eternamente con descripciones teóricas sin embargo no es ese el objetivo en este momento, todo este aporte es fácil de encontrar en diferentes medios. Muchos de los profesionales que trabajan con nosotros tienen una formación sólida en estos aspectos, sin embargo aun así no logramos llegar a producir una transformación en la vida de nuestros jóvenes, y seguimos haciendo lo mismo por muchos años obteniendo obviamente los mismos resultados. Aplicamos reglamentos, sanciones por un lado, por otro patologizamos las intervenciones, y rodeamos a nuestros jóvenes de profesionales con escasos o nulos resultados.

Nos movemos en un paradigma que sigue poniendo el acento en reglamentos, sanciones, que tienden a la exclusión de aquel que no se ajusta a prototipo. Realizamos reuniones disciplinarias como si fueran tribunales en los que se definen modelos terapéuticos o en el peor de los casos, sanciones, pero raramente se establecen estrategias de intervención centrados en sus verdaderas necesidades para acompañar los procesos muchas veces difíciles de nuestros jóvenes.

Con estilo murialdino…

 Somos portadores de una riqueza incalculable, nuestro carisma nos invita en primer lugar a presentar a los jóvenes un Dios Padre que nos ama de manera misericordiosa, infinita, actual y personal ¿qué más podemos pedir? Si a eso le sumamos que además esa enseñanza se transmite a través de un modelo pedagógico centrado justamente en la manifestación de ese amor a través de acciones bien concretas, “la afabilidad y la firmeza”, buscando llegar al corazón de los jóvenes. Podemos ser pioneros en un modelo educativo que puede efectivamente producir transformaciones.

Vemos como necesidad el hacer un cambio en nuestra mentalidad, es decir tenemos conciencia clara de cuál es modelo que queremos seguir, a través de la pedagogía del amor, no obstante, estamos conscientes que existe el peligro de que eso quede sólo en buenas intenciones y bellas palabras. Por tanto hace falta reforzar en todos los ámbitos educativos los principios de este modelo pedagógico que más que invitarnos, nos obliga a no olvidar la inclusión, la acogida, la afabilidad, la firmeza, la presencia preventiva, el acompañamiento como amigo hermano y padre, entre otras cosas.

¿Qué estamos haciendo ahora en nuestro colegio?

 En primer lugar tenemos una clara intencionalidad al acoger a los alumnos en nuestro colegio para que ninguno se pierda, hacer todo lo posible para que ese niño o niña, sea cual sea su situación inicial logre egresar de nuestra escuela habiendo hecho un camino de transformación positiva.

Acompañar a los profesionales que trabajan en nuestra institución para que junto con sus conocimientos se propongan como primera tarea conocer y sobre todo amar a los chicos y chicas que les toque acompañar cada año.

Ofrecer espacios de acompañamiento personal y grupal para los alumnos que atraviesan dificultades, involucrando hasta donde sea posible a la familia o algún adulto significativo, cuando se carece de ella.

Esto nos ha llevado a buscar también cambios en las estructuras organizativas, integrar las intervenciones de las diferentes áreas, pastoral, psicosocial, pedagógica y tutoriales, en una sola área que integre y las dinamice, buscando “despatologizar” la relación con los alumnos y darles una orientación hacia la búsqueda del bienestar. Y en esto tiene que haber un claro convencimiento de que no es un alumno problemático, sino un alumno que atraviesa situaciones problemáticas o está inserto en un contexto problemático.

Hemos establecido un departamento de Integración, donde son acompañados los alumnos con dificultades que inciden en su desempeño académico.

Intentamos evitar, dentro de lo posible, los diálogos terapéuticos al interior de gabinetes sacando a los alumnos de las clases, para ofrecer intervenciones más espontáneas, en patios, pasillos y espacios informales. Nos hemos propuesto la realización de más intervenciones grupales, ya sea en pequeños grupos o a cursos completos.

Eliminar por un año las grandes sanciones como condicionalidad y cancelación de matrícula, permitiendo que los alumnos puedan partir de cero, sin lastres de años anteriores.

Identificar a los profesores que son capaces de establecer vínculos positivos con alumnos, para un seguimiento más personalizado cuando sea necesario.

Hemos comenzado a utilizar las herramientas que se usan en el mundo empresarial para incentivar el espíritu de identidad en el cuerpo docente y en los alumnos, tales como herramientas de coaching, motivacionales, de logo.

Establecer un sistema de seguimiento y evaluación de los logros.

Finalmente asaltará la pregunta: ¿Qué pasó con los ocho alumnos que suscitaron esta reflexión?

Hay que ser francos, no todo fue exitoso: Cuatro de ellos engancharon fuertemente con la propuesta, dos lograron terminar su educación media satisfactoriamente y los otros dos han continuado en el colegio sin las dificultades anteriores. Dos de ellos, se vieron superados por las circunstancias de su medio, lo que les ha significado ir haciendo un proceso más lento, pero constante. Finalmente dos de ellos dejaron la escuela, voluntariamente, no quisieron continuar, y prefirieron el cambio.

No hay recetas, no hay magia, establecemos procesos de cambio y queremos sostenerlos, sin embargo puede ser que en algunos casos “el impulso de muerte”, como diría Freud, sea más fuerte y tenemos que aceptarlo, tendríamos como educadores ser capaces de poder acompañar también esos procesos, pero eso daría tema para otras reflexiones. Mientras tanto, para seguir siendo nosotros mismos, pero un poco mejor cada día: “Seamos inteligentes, pongamos el acento en el AMOR”.

Carlos Barra

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