Reflexiones de un capitular… volviendo con el pensamiento a aquellos días…

No sé si participar en un capítulo es un honor o un peso: ciertamente es una oportunidad para compartir un sueño, para alzar los ojos, para espaciar horizontes. Con certeza, el poder decir “yo estaba”, no es orgullo pero sí don, porque descubres que un Capítulo non es solo reglas, documentos y mociones, sino sobretodo compañía, experiencia y camino. Encuentras tantos hermanos e igualmente los que encuentras por primera vez, te parece conocerlos desde siempre, incluso los ecuatorianos del lugar con su fantástica hospitalidad y acogida.

Recordando los días del Capítulo, especialmente el momento de las elecciones, me doy cuenta que son emociones para corazones fuertes, para coronarias robustas y descargas de adrenalina pura. No hay foto, acta o noticiero que logre describir aquellos momentos: es necesario estar allí presente. Podríamos decir que para los capitulares ese momento es un pequeño tesoro, un regalo por el sacrificio de su trabajo en esos días, una potente inyección del Espíritu. Si, porque aquella sala capitular se torna un crucero de sentimientos solo aparentemente contrastantes, porque se unifican en la maravilla de estar juntos y de sentir que sobretodo somos hombres y hermanos, además de consagrados en la misma familia religiosa. Se dan también la necesaria lógica de los números y de las mayorías que aparece siempre hasta demasiado cruel, los silencios de tumba cuando se aguarda que un recién elegido pronuncie la fatídica palabra “acepto”, porque sabes que esto le cambia la vida; hay llantos conmovedores, hay muchos abrazos no formales, sino intensos, prolongados con la cabeza apoyada en la espalda del otro o con las manos que acarician un rostro bañado en lágrimas; hay aplausos sueltos, de pie, por la conciencia de la grandeza del momento; hay cantos entonados casi instintivamente como “Nada te turbe” y “Magnificat” y también hay sonrisas… La diversidad de idiomas no es por nada un obstáculo porque el lenguaje es absolutamente único y comprensible para todos. Parece que las palabras usadas, y tal vez un poco abusadas de nuestros documentos, como fraternidad y humanidad, se materializan como por encanto y lo que tantas veces llamaste “sueño” se transforma en realidad.

¿Y qué decir de las banderas de “nuestros” 16 países llevadas en nuestras celebraciones o alineadas en la sala capitular? 39 pequeños hombres, que parecen sostener el mundo entero en sus manos y llevar en el corazón los miles y miles de jóvenes a ellos confiados, además de los hermanos de Congregación, familiares, Laicos de la Familia de Murialdo, niños y jóvenes … todos unidos por el mismo ideal.

Perdonen, pero también un humilde capitular alguna vez tiene el derecho de soñar y debe “alzar los ojos…” de sus hojas o de su computadora para encontrar en primer lugar el rostro de sus hermanos y descubrir en ellos “un anticipo del cielo”!
Y entonces con inmensa alegría volver a su trabajo.

P. MARIOLINO

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