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28. CARTA DE VALORES DEL ENGIM

La historia del EMGIM coincide con la historia de la Congregación: habría que ir hasta los “Artigianelli” donde Murialdo con sus colaboradores enseñaba un oficio… porque tener una profesión era asegurar la propia vida. Murialdo decía: “Es como tener una granja”.
Por esto en el ENGIM encontramos las características josefinas del educar, tales como: el espíritu de familia, la centralidad del joven, el ejercitar la escucha y el diálogo educativo, el ser comunidad educativa (todos, más allá de la función específica de cada uno)… Los jóvenes deben ser educados a la solidaridad, a la comunión en la Iglesia y a la legalidad social… Pero, sobre todo, educar en el ENGIM es proporcionar experiencias de profesión y de compartir, en el ejercicio de buenas prácticas, en la conciencia de que la vida es escuela, pero que la escuela verdadera ya es vida.

Antonio Lucente

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28. CARTA DE VALORES DEL ENGIM

(Antonio Lucente)


Lectura de los signos de los tiempos

Analizar las palabras que hicieron nacer un carisma y una familia …
“Es ahora el momento de la batalla. Hoy [1850] para defender y salvar las almas, el clero, como siempre, debe tener conocimiento, santidad, caridad, pero también saber cómo llegar a la opinión pública con la defensa y la propaganda de la verdad… laicos y religiosos que sepan escuchar las necesidades de la sociedad, y entonces: interesarse, presentarse como amigos, saber recibir lecciones de la pobreza y de los pobres. Ocuparse de los pobres, de los niños, de los adolescentes de las poblaciones obreras, con oratorios, escuelas, centros de formación artesanal. Pero para los jóvenes obreros que entran en el mundo del trabajo ¿qué se hace? No hay una asociación para ellos. ¿Por qué no crear una unión de trabajadores católicos que se haga cargo de ellos en las enfermedades, en el desempleo, en la educación, en el trabajo, manteniendo y reviviendo en ellos el espíritu religioso y la práctica cristiana? A partir de la primera unión nacerán más!”
Estas palabras de Leonardo Murialdo, cuando tenía poco más de veinte años, todavía hoy son actuales y merecen ser mantenidas vivas reactualizándolas y traduciéndolas en iniciativas adecuadas a los jóvenes y a la sociedad de hoy, como él sugiere: “leer los signos de los tiempos”.

La familia educativa

El espíritu de familia es la característica principal de la acción de los Josefinos: debe impregnar toda iniciativa misionera, pastoral, educativa y formativa.
La comunidad educativa está formada por la comunidad religiosa, por los laicos, por los jóvenes y por las familias de los jóvenes presentes en las diversas obras de la congregación.
Su acción, plenamente compartida por todos sus miembros, tiene por objeto el servicio, entendido como el desarrollo integral de los niños y los jóvenes, también y especialmente a través de la creación de lazos de estima, afecto y colaboración: Estos valores han sido traducidos en una página que llegó a ser famosa entre los Josefinos “uno el pensamiento, uno el corazón, unidad de acción y de amistad”
Es un estilo familiar que se caracteriza por:
– la entrega total de sí mismo a los jóvenes;
– la dulzura en los sentimientos, en las palabras y en el trato, a partir de la certeza de que Dios ama a cada uno tiernamente.
– la paciencia, surgida de la convicción de que Dios es amor misericordioso, del conocimiento real de los jóvenes, de ser capaz de esperar hasta que maduren;
– el trabajo humilde y oculto que talla como la gota sobre la roca;
– el compromiso de “hacer bien el bien”.

La centralidad del joven

El niño y el joven, su formación humana, espiritual, cultural y profesional deben ser el eje y el punto de encuentro de todas las iniciativas de la comunidad educativa murialdina.
La centralidad de la persona, en la acción educativa, formativa y pastoral de Murialdo, presupone que todos los operadores crean en el potencial interior de cada joven, ofreciéndoles las mejores oportunidades para el crecimiento humano y profesional, respetando sus aptitudes e intereses. Centrar el trabajo educativo en el joven es poner en marcha una pedagogía preventiva, para que ninguno de ellos pueda caer a merced de valores efímeros. La pedagogía de la prevención tendrá un significado y una importancia exponencial sólo si entre el educador y el joven se instaura el principio concreto de la cooperación: “¡Juntos se puede!”.
La centralidad del joven presupone la oferta de estructuras, herramientas y tecnologías adecuadas para acompañarlo en la evolución de su experiencia personal y profesional.
En este sentido, la atención formativa del educador y del formador, fundada sobre el testimonio de vida -también a nivel comunitario-, tenderá a hacer emerger la riqueza ínsita en cada joven, especialmente en los más tímidos y “pobres”, y tendrá como objetivo la integración, en su proceso de maduración, de su capacidad de fe y de sus capacidades humana y profesional.
Mientras los jóvenes son los protagonistas en la realización de su proyecto de vida, la comunidad educativa está llamada a una nueva evangelización como testigos alegres y fieles.

Las necesidades de los jóvenes de hoy

Los niños y jóvenes de hoy necesitan ser escuchados y obtener fuertes respuestas a sus exigencias: estas constituirán un soporte seguro para su crecimiento integral.
“Los jóvenes están especialmente expuestos a ser engañados por la fascinación de la moderna cultura secular. Sin embargo, así como todas las esperanzas, más grandes o más pequeñas, que parecen a primera vista muy prometedoras, esta resulta ser una falsa esperanza y, trágicamente, la desilusión a menudo conduce a la depresión y a la desesperación, e incluso al suicidio”.
La actual realidad de la juventud, caracterizada por estos fuertes indicios de riesgo y de grandes potencialidades, que no siempre tienen la oportunidad de expresarse, puede ser descripta por las siguientes necesidades y exigencias:
– de certeza y de seguridad: “darles puntos de referencia”;
– de creer en sí mismos y en sus potencialidades: “sostenerlos en el cuestionarse a sí mismos con el fin de reconocer sus propias fortalezas y aquellas en evolución”;
– de respeto de la gradualidad de su crecimiento: “darles la certeza de que los amamos así como son en este momento”;
– de tener la oportunidad de aprender de los éxitos: “hacerles vivir la belleza de experimentar lo bello, lo bueno y la grandeza a través de sus propios éxitos y del de los demás”;
– del derecho a un futuro cierto: “invitarlos a ser amantes de la cultura de la legalidad, de la paz, de la justicia, del trabajo, para vivir con un rol activo la sociedad del conocimiento”;
– de creer en los valores: “ayudándoles a alejarse de lo efímero, de la adulación, instándolos a ser y no a parecer”.
Los jóvenes necesitan ser escuchados y, por lo tanto, necesitan de amables, pacientes, comprometidos y capacitados educadores, formadores, para vencer el desafío de tener jóvenes que “acojan, ayuden, sientan que pertenecen, que son amados, que sean abiertos al diálogo y a la esperanza”.

La comunidad educativa

La comunidad educativa de los Josefinos posee un tesoro precioso: la enseñanza y la experiencia de Murialdo. Reactualizadas en relación al niño y al joven, son una fuente inagotable de la que todos pueden beber.
Los valores humanos, educativos, formativos y religiosos de Murialdo, que aún conservan todo su significado, pueden ser reactualizados en función de una respuesta precisa a las exigencias de los muchachos y de ofrecer formación y espiritualidad para los jóvenes de hoy. Los formadores tienen, en todo esto, una importancia exponencial.
Los valores indicados a continuación son la sustancia de la “Carta”, y comprometen a toda la comunidad educativa:
– cada joven es un don de Dios, una riqueza para la sociedad y, por lo tanto, está al centro de toda acción educativa, en su globalidad;
– cada joven tiene derecho a un camino educativo y formativo, adecuado a sus capacidades e intereses, de modo que pueda alcanzar el éxito formativo, humano y profesional;
– cada joven tiene derecho a realizar su propio proyecto de vida, que incluya e integre los aspectos afectivos, humanos, culturales y profesionales;
– cada joven tiene derecho a ser acogido como en una familia y, en un ambiente familiar, ser acompañado hacia la autonomía y la integración en la sociedad;
– cada joven tiene derecho a vivir una amplia experiencia de ciudadanía y de convivencia civil que lo lleve a convertirse en un ciudadano activo en la sociedad.
Se destaca como relevante, por tanto, toda una acción de orientación por parte de los formadores, y no sólo, teniendo en cuenta que: “La orientación consiste, en la perspectiva de la educación permanente, del rápido cambio de las estructuras sociales y de las necesidades de la población, del vertiginoso desarrollo de la ciencia y de la tecnología, de la expansión masiva de los medios de comunicación y del uso eficaz de los recursos, en poner a la persona en condición de tomar conciencia de sus características personales y de desarrollarlas en vista de la elección de los estudios y de las actividades profesionales, en cada circunstancia de la vida, con la doble conciencia de servir al desarrollo de la sociedad y a la realización de la propia personalidad”.

En las instituciones ENGIM el joven es educado a la solidaridad a través de experiencias diseñadas para:
– vivir la dimensión de servicio desarrollando la capacidad de lectura y conocimiento de los problemas y de la marginación en su territorio;
– dar respuestas concretas, competentes y estables en el tiempo, a las necesidades de otros, como transparencia y signo de amor;
– descubrir las “dinámicas perversas” que producen marginación e injusticia;
– estar presente en la comunidad humana a través de la capacidad de colaborar con todos;
– desarrollar un sentido de respeto por la vida y por la custodia de la creación;
– educarse a la comunidad global (fraternidad, solidaridad, paz…).

El joven es ayudado a vivir la comunidad eclesial a través de experiencias diseñadas para:
– experimentar el valor evangélico de la comunidad;
– compartir las “maravillas de Dios”;
– desarrollar el diálogo, la colaboración y el protagonismo con una clara conciencia de pertenencia a la “familia bien unida murialdina” en la iglesia particular, en comunión con la misión universal.
En la convicción de que el progreso en la espiritualidad, en la educación y en la cultura, es un camino continuo.

El método de encuentro murialdino

La comunidad educativa josefina no espera a ser buscada: sale al encuentro, dialoga, escucha, hace crecer, respeta, testimonia y sabe esperar que la semilla dé frutos.
Los valores descriptos en la “Carta”, como respuesta a las exigencias de los jóvenes de hoy deben ser “encarnados” y constantemente actualizados por aquellos que siguen el carisma del fundador, es decir, la comunidad educativa, totalmente comprometida con el camino que lleva al joven a su plena maduración humana y profesional.
Los religiosos, los laicos, los educadores y los formadores, aún habiendo desarrollado en el tiempo métodos e instrumentos de acogida y de formación, tendrán que adaptar continuamente la metodología de acuerdo a las siguientes acciones principales:
– al centro de la actividad del educador tienen que estar los jóvenes, en la riqueza de todas sus dimensiones: de ellos “es necesario conocer el carácter y la moral”;
– ir al encuentro de los jóvenes, sabiéndolos acoger en toda su problemática, sus dificultades y riquezas;
– saber dialogar con los jóvenes, sin imponer la propia verdad, pero sabiendo hacerla emerger a partir de sus experiencias;
– ser significativos en el propio mensaje afectivo, cultural y formativo, en modo de inducir a convicciones profundas en los jóvenes;
– hacer madurar las motivaciones interiores de los jóvenes, discerniéndolas con espíritu crítico, para una opción motivada y profunda de sus caminos de vida;
– saber respetar la gradualidad del crecimiento de los jóvenes: la evolución de su método de aprendizaje, la adquisición de convicciones, de libertad en sus opciones;
– vivir concretamente la elección de los itinerarios educativos, en función de adquirir particulares valores por parte de los jóvenes, acompañándolos de modo individual y personal;
– ser testigos del mensaje humano y cristiano, respetando las diferentes culturas y proveniencias;
– crear las condiciones para la formación continua de los educadores, laicos y religiosos, para una profunda re-motivación de los propios ideales de servicio y de respuesta al carisma;
– saber ofrecer a los jóvenes una mayor calidad de vida a través de un ambiente educativo sereno;
– saber ser, en sus actividades educativas con los jóvenes: amigos, hermanos y padres.
Finalmente:
Tener, en la propia actividad educativa, la característica de ser “extraordinarios en lo ordinario”, que sigue el modelo de San José y de la familia de Nazaret en su vida cotidiana.

Murialdo vive

Murialdo es una persona, un santo, que vive en sus hijos, en la comunidad educativa esparcida por el mundo, operando un cambio lento pero profundo. Es un modelo, una guía, un apoyo, un compañero en el camino de la vida.
Viven sus ideas, siempre colmadas de nuevos fermentos;
viven sus obras;
vive su ejemplo, capaz de atraer otros jóvenes para seguir su camino;
vive su santidad, reconocida por la Iglesia 3 de mayo de 1970;
vive en los Josefinos de Murialdo, la familia religiosa que fundó un 19 de marzo 1873 para vivir entre los jóvenes: los Josefinos siguen el llamado de Dios retomando los pasos del fundador: trabajando en escuelas, en centros de formación profesional, en grupos juveniles, en parroquias, en misiones, en centros de acogida, junto a quienes, de entre los jóvenes, están más necesitados de amistad y solidaridad.
Pero Murialdo vive, también, en la familia religiosa de las Hermanas Murialdinas de San José, fundadas en 1953 por el P. Luigi Casaril: desarrollando su apostolado entre los jóvenes pobres y en favor de las familias necesitadas;
vive en el Instituto Secular San L. Murialdo, una asociación de laicas nacida en Brasil, formada por personas que se consagran a Dios y se esfuerzan por vivir una espiritualidad laical y el carisma murialdino;
vive en los laicos, hombres y mujeres, que han hecho propio el carisma de Murialdo;
vive también en todos los grupos de laicos que se inspiran en Murialdo.
Todas ellas son realidades complementarias y, como tales, se presentan como “Familia” para dar una imagen y un testimonio vivo y coherente de fraternidad y colaboración.


Antonio Lucente

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