Español onWhite

54. Don Giulio Costantino educador

Don Giulio Costantino (1842-1915) fue el primer sucesor de Murialdo (1900-1912). Su vida, desde el año 1853, transcurre en el Colegio Artigianelli, primero como niño huérfano de madre, luego como sacerdote, vicerrector, rector del colegio y superior General de la Congregación de San José. Sólo durante algunos años estuvo lejos de Turín (1872-1883) como responsable del reformatorio de Bosco Marengo. Una vida para los chicos pobres y difíciles, una experiencia directa e intensa como educador, como para ser llamado “padre de los jóvenes”. En este artículo se presentan algunos rasgos de su manera de ser educador, sabiendo que Don Giulio Costantino merece ser más conocido.

Tullio Locatelli

Para saber mas...

54.    Don Giulio Costantino educador         (Tullio Locatelli)


  1. El hombre y el sacerdote

Don Giulio Costantino es recordado a menudo con dos palabras: bueno y humilde. Estas hermosas virtudes iban unidas a un ánimo siempre alegre, por lo que se ganaba fácilmente la benevolencia de los que se le acercaban, especialmente de los jóvenes. Desde niño aprendió a hacer un poco de todo: primero fue zapatero, luego maestro de dibujo, profesor de física y matemáticas, pero sobre todo le gustaba la mecánica por lo que a menudo se encontraba en el taller con los jóvenes para reparar mecanismos e inventar algún dispositivo. Aprendió a tocar el piano y el órgano con lo que solemnizaba las fiestas, tanto en la iglesia cuanto en el teatro. Él mismo era capaz de componer. Se hacía cargo de cualquier trabajo, aunque modesto e insignificante, porque le era suficiente ser útil. Siendo superior general se adaptó a sustituir a otro profesor en los grados de primaria para evitar cargar al colegio Artigianelli con un gasto adicional. Él era un buen administrador, exacto y laborioso. A los muchachos les recordaba a menudo que una buena economía comienza por hacer bien el propio deber, cualquiera que sea; convencido de que todos pueden vivir dignamente de su trabajo. Era un hombre de paz y, a menudo, le tocaba dirimir cuestiones entre los hermanos o entre los asistentes o entre los jóvenes del colegio. A un hermano que le pedía que fuera más autoritario y que se quejaba de su buen corazón, Don Giulio contestó que él había tenido un mal ejemplo del Señor Jesús, y que de él había aprendido.

  1. El educador

Don Giulio Costantino creció a la sombra de los fundadores del colegio Artigianelli: Don Cocchi, Don Tasca, Don Berizzi, y luego compartió su vida durante más de 30 años con Murialdo. De ellos siempre tuvo una gran estima y muchas veces les expresó su gratitud. De ellos aprendió a ser educador.

Escribía don Reffo: “Su principio de educación era el de encontrarse frecuentemente con los jóvenes y vivir su vida; y su secreto era ser bueno, siempre bueno, tanto con los buenos como con los malos”. Don Costantino era así: vivía entre los jóvenes y no sólo para ellos, estaba presente en cada ambiente, era capaz de animar, de consolar, de alentar, porque estaba “presente”; una presencia simpática gracias también a su contextura “corpulenta” de buen sacerdote.

En Bosco Marengo fue director de una casa de corrección llamada “reformatorio” que llegó a acoger hasta 400 niños, quienes en lugar de ser destinados a la cárcel de menores de Turín, la “Generala”, encontraban allí un ambiente educativo y no represivo, con la posibilidad de frecuentar la escuela para los más pequeños y los talleres de formación al trabajo para los más grandes. Don Giulio expresó en esos años todo su amor de padre para estos jóvenes, que para él eran más desafortunados que malos, más desgraciados que culpables. No fue fácil combinar disciplina y amabilidad paterna, pero Don Giulio hizo realidad lo que el Reglamento le pedía al rector y a los educadores: “Los estudiantes le sean como hijos, y él a ellos como padre” (cap. V); “Debe ser todo para todos y a la vez padre y madre de estos muchachitos; demostrarse tal especialmente con los más necesitados, los más débiles, los más malos” (Cap. XI).

“Fue uno de los días más tristes de su vida”, escribió Don Reffo, aquel en el que se decidió cerrar el reformatorio y en el que Don Giulio tuvo que ver a sus jóvenes enviados a otras casas de corrección dispersas en Italia, y sólo unos pocos a las obras de la Asociación de Caridad en Turín y en Rivoli-Bruere.

Era muy contrario a castigar, e instaba a sus colaboradores a prevenir. Para él, debía ser más asidua la vigilancia que fuerte la represión. Un ex alumno suyo decía que su manera de educar era todo práctica y sentido común; con él no se hacían discursos filosóficos, sino que más bien se podían obtener consejos prácticos, adecuados a la vida cotidiana, y respuestas concretas a los problemas.

De 1883 a 1900 fue responsable de la casa-familia que acogía a jóvenes trabajadores que durante el día trabajaban en los distintos talleres de la ciudad. Don Giulio Costantino de día estaba en el colegio Artigianelli y al atardecer iba a la casa-familia. Entonces daba tiempo al diálogo personal y a reuniones informales con todos, con el fin de prepararlos para ser un día buenos padres de familia y buenos cristianos en la sociedad.

  1. Sus convicciones

Es interesante leer una carta suya de 1899 en la que expresa algunas de sus convicciones.

Le dejamos la palabra.

¿Por qué, se nos pregunta, los chicos a menudo son rebeldes con los educadores? Responde Don Costantino: “¿Sabe usted por qué? Porque los superiores de carrera, incluso los guardianes selectos, carecen de una cosa que abundaba en Don Cocchi y que yo y mis compañeros siempre tratamos imitar de él: les falta la vocación, que consiste en celo, en abnegación, en espíritu de sacrificio, en amor a los desafortunados por amor a Jesucristo que nos dio el ejemplo y el precepto”.

Donde faltan estas cosas, los jóvenes no sienten ese cierto no sé qué hacia los superiores, a quienes tratan como a enemigos y constantemente buscan sobrepasarlos.

Estas afirmaciones nos recuerdan que debemos ser para los jóvenes: amigos, hermanos y padres.

Don Giulio Costantino era humilde y bueno, pero no débil, y a los jóvenes, incluso a los más difíciles, hacía una propuesta educativa seria y exigente. Él escribe: “Y ahora, la síntesis de mi discurso: si se desea evitar desórdenes y conseguir frutos: amar a los jóvenes acogidos como los amaba D. Cocchi. Instruirlos como él siempre se esforzó en todas sus casas. Hacerlos trabajar en serio para que aprendan el arte y se habitúen a su uso; cansándose también en el trabajo, como un trabajador libre.

Todo de acuerdo con el amor y las enseñanzas de Jesucristo, para salvar almas y no sólo para pasar la vida y hacer carrera”.

En otra ocasión, Don Costantino expresó la idea de que los jóvenes, incluso los más malos, incluso los más sufridos, saben amar a quien los ama, tienen un corazón capaz de responder al amor recibido. Él decía: “Amor produce amor; es natural que sea amado quien tanto amó y ama a los pobres. Pero similares manifestaciones de manera espontánea, siempre son signo de un buen corazón. ¡Alabado sea Dios! Mientras haya un buen corazón, se puede esperar mucho; y nosotros tenemos la seguridad de que estos queridos jóvenes tendrán éxito. Probablemente ellos nunca tuvieron otro error que el de no haber aprendido por sí mismos lo que no se les había enseñado”. Es decir, que los jóvenes a menudo no saben amar porque no han tenido la experiencia de ser amados.

  1. La educación es cristiana, o no es educación

Don Giulio Costantino vivió en una época en la que el contraste entre la Iglesia y el Estado, entre cultura religiosa y cultura laico-masónica, encontraba en la educación un campo de batalla duro y sin rodeos. Por su parte, siempre estuvo convencido de que el cierre del reformatorio de Bosco Marengo se había decretado para sacarles a los sacerdotes la oportunidad de ser educadores de tantos jóvenes. Ciertamente no era la única motivación, pero sin duda no estuvo ausente al momento de tomar de decisión.

La componente religiosa era, por tanto, un aspecto fundamental que caracterizaba la educación impartida en las obras realizadas por los religiosos.

Don Costantino predicaba a menudo a los jóvenes tratando temas de moral, de práctica sacramental, de los deberes de un buen cristiano. A él se debe la hermosa capilla de la Inmaculada del colegio Artigianelli, obra del hermano Massoglia y decorada por Enrico Reffo. La había deseado durante tanto tiempo. Un sueño que se hizo realidad unos meses después de su muerte, en mayo de 1915. Cuidaba mucho las funciones religiosas, y cada año proponía a sus muchachos unos días de ejercicios, incluso en el Reformatorio de Bosco Marengo. Aún como superior general, él estaba disponible para las confesiones, sacramento en el que estimaba inmensamente y en el que ponía una gran confianza para el mejoramiento de los jóvenes.

Una cosa le preocupaba mucho y le producía tanta tristeza: ver a niños y jóvenes abandonar la oración y los sacramentos por el mal ejemplo de los demás y por “aquella gran bestia” que es el respeto humano.

Solía ​​decir a los jóvenes: “Estudien la religión con empeño, porque cuando estén en medio de la vorágine del mundo la necesitarán para sostenerse en el choque de las pasiones y los intereses, en el triste influjo de los escándalos y de los partidos que tratarán de alejarlos del camino de la virtud y de la bondad”.

  1. Los “augurios” de Don Giulio Costantino: salud, dinero y santidad

A la edad de 18 ó 19 años, los jóvenes dejaban el colegio, habiendo terminado su práctica. A ellos les solía decir: “Les deseo salud, dinero y santidad. Si están bien en el cuerpo, estarán bien también en el alma. Para el trabajador, la salud es uno de los principales regalos que Dios le puede dar. En la actualidad gozan de buena salud, traten de no despilfarrarla con desórdenes y malos hábitos. El dinero es una gran cosa si está acompañado por la salud: “argent fait totut”, dicen los franceses, y los ingleses: “el tiempo es dinero”. Pero recuérdense bien que no cae del cielo, debe surgir del trabajo, y ser fruto de sus ahorros, de su sudor, de su honestidad. Si viene de otra parte no producirá un buen provecho. Les deseo, por tanto, un patrón que respete en ustedes al hermano, que les pague con la conciencia de un cristiano. Recuerden, por tanto, que para ser santos no es necesario hacer milagros: basta con cumplir fielmente los deberes para con Dios, observar los mandamientos y obedecer a la Santa Iglesia; para consigo mismos perfeccionando cada vez más el alma y el cuerpo y nunca arruinarse con el vicio, la blasfemia, las malas acciones; para con el prójimo haciendo a los demás lo que quieren que les hagan a ustedes; honrando la patria a la que han llamado “madre gloriosa de héroes”, viviendo como honestos y buenos ciudadanos”.

Palabras simples y claras, un augurio concreto y completo; este era el saludo de quien durante muchos años había sido un buen padre para ellos, y lo seguiría siendo.
 

Tullio Locatelli

This post is also available in: Italiano Inglés Portugués, Brasil