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4. EDUCAR DEJÁNDONOS EDUCAR

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La experiencia educativa nos involucra profundamente en nuestro camino personal. Todo comienza a partir de la experiencia personal, del dejarse educar, del sentirse amados por Dios. Estamos involucrados espiritual y afectivamente. Es muy importante también reconciliarnos con nuestras dificultades y nuestros fracasos. Estos deben también entrar más en el compartir entre educadores y en las experiencias de formación. Dios nos ama aunque seamos pobres y pecadores: en esto, la experiencia espiritual de Murialdo tiene actualidad extraordinaria.

4.1. Sentirse amados por Dios

La experiencia de “amar y sentirse amado”, humana y espiritualmente, es esencial para la formación integral de la persona. Todo ser humano tiene una necesidad intrínseca de hacer esta experiencia fundante en su vida. La experiencia del amor humano y del amor divino, son dos facetas de la misma realidad; una invoca a la otra, porque hacen parte de la esencia de Dios y consecuentemente de la esencia de cada persona, como obra de su amor creador. Esta realidad encuentra su fundamento en la encarnación, donde Dios decide hacerse humano en Jesús para divinizar nuestra humanidad, sedienta de sentido.
Jesús es el reflejo más puro y verdadero del amor pedagógico de Dios, conforme los relatos de los evangelistas. Entabla con las personas, una relación personalizada, de un amor compasivo, tierno y educativo, sin igual: con la pecadora que frente a la condena de los demás, es acogida, perdonada y motivada por Él a vivir una vida nueva; con Zaqueo, que al ser mirado profundamente por el Maestro, lo acoge en su casa e inmediatamente cambia de actitud frente a los demás; con la Samaritana, que al entablar un verdadero diálogo con Jesús, se deja tocar en su interioridad, descubre el verdadero amor de su vida y pasa a ser testigo fiel de su amor; con los discípulos de Emaús, que al hacer memoria con Él de la historia salvífica, experimentan el gozo interior de su presencia viva, cambian la tristeza en esperanza y retornan a la misión.
San Leonardo Murialdo experimentó la dicha de “amar y sentirse amado” en su vida, desde la cuna materna hasta el final de sus días. El amor misericordioso, tierno e infinito de Dios fue para él la experiencia fundante, de la cual emerge una vida de fidelidad, donación y santidad. La experiencia de amar a Dios y dejarse amar y conducir por el querer divino, durante toda su vida, fue para Murialdo el modo más perfecto de vivir su vocación y de desarrollar su misión apostólica en función de las causas sociales más emergentes de su realidad y de su tiempo, sobre todo en la educación de la juventud más pobre y abandonada, con un modo propio de educar amando.
Aquellos primeros seguidores de Jesús, San Leonardo Murialdo… y nosotros hoy, estamos invitados a tener un encuentro personal con Él, participando de su vida, de su misión y de su destino. Esto es lo más característico de la fe cristiana. Para ser verdadero discípulo de Jesús, no es suficiente la aceptación de unas verdades; es necesario abrirse profundamente a una relación personal con Dios, que se nos revela y que sale a nuestro encuentro a través de Jesús, nos educa con su amor gratuito e incondicional y nos envía en misión: a amar como Él amó, perdonar como Él perdonó y servir como Él sirvió.

4.2. Dejarse educar

La Palabra de Dios nos recuerda que Dios educa a su pueblo a través de un amor personal y entrañable, como un padre o una madre educa a sus hijos (Cf. Dt 32, 10-12; Job 5, 17; Jer 31, 18-20; Is 43,4; Os 11,1-9; Jn 3, 16; Mt 5, 43-48; Ef 3, 17-18; 1 Jn 4, 7-11; Ap 3, 19). Haciendo memoria, por ejemplo, de la historia del Pueblo de Israel, percibimos que, sólo la inquebrantable paciencia de Dios como educador, hace que el pueblo vuelva a descubrir su vocación a la libertad y a reemprender el camino.
La acción educativa de Dios es una pedagogía del amor llena de apasionantes gestos y signos de misericordia, de cariño, de paciencia y de perdón, manifestada a través de tantas mediaciones, conforme los relatos. El ejemplo de Dios educador nos enseña a perseverar en la difícil y a veces frustrante labor educativa; nos invita a volver a lanzar una nueva y seductora propuesta educativa sostenida por el ejemplo y la ardiente esperanza en Dios que nunca abandona a su pueblo y que lo educa constantemente, amándolo, corrigiéndolo y perdonándolo.
Murialdo es para nosotros una gran referencia de alguien que se dejó educar esencialmente por el amor de Dios. Él escuchaba y contemplaba el amor divino en las personas y en los hechos de la vida cotidiana. Para él, no existía valor pedagógico que impulse con mayor fuerza la realización plena de la persona en todas sus dimensiones que el amor. Murialdo se dejó educar y transformar por el amor compasivo y misericordioso de Dios y lo contempló en el rostro de los niños y jóvenes, acogiéndolos con dulzura, afabilidad, respeto y familiaridad, siempre atento y preocupado por su formación y su salvación.
Solamente se aprende cuando se está abierto al aprendizaje, y esta apertura es una disposición que nace justamente de la docilidad a la acción de la gracia divina y del amor y la entrega en la tarea educativa. Para un educador murialdino, es imprescindible el dejarse educar ante todo por el amor de Dios al igual que el Pueblo de Israel y como lo hizo San Leonardo Murialdo, a través de una vida espiritual alimentada por su Palabra y por la participación activa en la vida eclesial. También es importante dejarse educar a través del compartir recíproco de las experiencias de vida y de la misión educativa con los demás miembros de la comunidad educativa. Dejarse educar por la historia, por los hechos de la vida cotidiana, por las personas que nos rodean, por nuestros educandos, por los momentos de formación y actualización que la institución los proporciona.
Ciertamente, ese “saber educarse” exige del educador un espíritu humilde, dócil y emprendedor, y una dosis crítica para saber discernir a partir de los principios de su formación y de la información, el bien y lo qué desfavorece su enseñanza, y testimoniarlo con el ejemplo de vida. Exige, sobre todo, la consciencia de que somos educadores y al mismo tiempo educandos, siempre abiertos “a lo nuevo”, a los signos de los tiempos. El verdadero educador no se cansa de educarse, de trabajar continuamente sobre sí mismo.
Mientras educamos a otros, trabajamos simultáneamente en nuestra propia educación personal a fin de cumplir con nuestra misión de manera clara, segura y duradera. Cuando nos sentimos en un proceso continuo y progresivo de aprendizaje y crecimiento personal, también despertamos en el otro el deseo y la búsqueda de nuevos conocimientos y experiencias. En fin, el verdadero educador es aquel que enseña aprendiendo, que propone asumiendo y que señala el camino, caminando junto, como resultado de un amor incondicional.

4.3. Reconciliarse con las propias dificultades y fracasos

Solamente Dios nos puede ayudar a mirar y a acoger nuestra historia personal como una historia de amor y salvación, independientemente de cómo haya sido ella, y a hacer del amor la fuerza principal que nos mueva e impulse a ser y actuar como Él. Dios es misericordia infinita e incondicional, está siempre pronto a perdonarnos y acogernos, sin tener en cuenta nuestros pecados ni medir nuestras culpas, como afirma el Salmo 103, educándonos y conduciéndonos en el camino de salvación.
No es tan simple y fácil aceptar las heridas de nuestra historia personal, los propios límites y fracasos, pero sabemos que es sabio y grande a los ojos de Dios, aquel que humildemente se confía en sus manos misericordiosas y providentes, que busca ayuda con otros hermanos y hermanas de camino y que se dispone a recomenzar en la vida, siempre que sea necesario, en un proceso continuo de conversión, de liberación y crecimiento. Dejarnos transformar por su amor, conscientes de que Dios nos ama personalmente y en el momento presente, en la situación en que estamos viviendo, aunque en pecado, decía Murialdo, es la condición para que nos transformemos en expresión viviente del amor de Dios hacia las personas que nos rodean, en el desarrollo de nuestra misión educativa.
La limitación del momento presente contiene la grandeza del amor de Dios, decía Murialdo. Creer en el amor personal y actual de Dios era para él, vivir el amor de Dios en lo cotidiano, con todo lo que la vida ofrece. Era vivir cada instante de la vida como si fuera el único. Era descubrir lo extraordinario del amor de Dios en lo ordinario de la vida, emergiendo en la realidad del momento presente, aceptándola y viviéndola en la fe. Para Murialdo, el momento presente significaba el propio deber, las tareas que la propia vocación y misión comportaban.
Conocerse en Dios y asumir la propia humanidad, sedienta de perdón y de salvación, es el comienzo de un camino de conversión y de vida nueva en su amor compasivo y misericordioso. Es importante dejar caer las máscaras con las que pretendemos ocultarnos a nosotros mismos, o sea, la pobreza de nuestro ser, la mezquindad de nuestro corazón y la dureza de nuestros juicios, y dejarnos abrazar por la ternura y la misericordia infinita de Dios, para que Él pueda actuar en nuestro corazón y en nuestra vida, transformándonos en un reflejo vivo de su amor educativo hacia los demás.

Para profundizar:
1. Reflexiona y comparte ¿qué significa concretamente en tu experiencia personal, el “dejarse educar” por Dios y por las varias instancias humanas (pedagógicas) que nos son ofrecidas?
2. ¿Cómo se ve reflejada tu experiencia personal de crecimiento en tu misión educativa?

Terezinha Militz

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