7. El amor como motor del aprendizaje

El gran educador es Dios mismo, y Él educa a través del amor, tal como lo enseña la Biblia. La experiencia de sentirse amado y de amar, que se encuentra en el corazón de la experiencia personal de Murialdo, se manifiesta luego en el carisma educativo de la FdM. El amor favorece y sostiene el camino del aprendizaje, ya que parte de la aceptación del otro tal como es, cree en los recursos de cada persona, se expresa principalmente en el estar cerca, en ser compasivos, abiertos al perdón, a la confianza y a la esperanza. Gracias al amor la relación pedagógica puede encontrar el ritmo adecuado de sus expresiones en la perspectiva de un crecer juntos, educadores y educandos.

Hna. Terezinha Militz

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7. El amor como motor del aprendizaje (Hna. Terezinha Militz)


Hablar del amor no es tan fácil, porque el amor es antes de todo una experiencia vivida. Mucha gente ya hizo el esfuerzo de definir el amor en palabras. Existen miles de escritos: libros, documentarios, artículos, sobre el amor, en todos los idiomas y culturas. Sin hablar de la infinidad de imágenes que nos ofrecen los medios, sobre el amor. Algunos son motivadores, porque nos presentan el amor como un valor, una virtud humana y espiritual a ser asumida y vivida en la libertad. Otros son el retrato oscuro de una sociedad movida por el capitalismo y el liberalismo, donde todo es comercializado, es pasajero, es desechable, incluso el amor.
Afirma Teilhard de Chardin: “Lo que convierte este maravilloso mundo en un reino de desesperanza e irracionalidad, es el no haber comprendido el amor. Aunque sea un mundo en que todas las canciones hablan de amor, es un mundo que muere sin saber de verdad qué es amor”. El mayor riesgo que un ser humano puede encontrar en su vida, es ceder a la tentación de no admitir la necesidad de amar y ser amado. El amor es el motor, el eje central de la vida humana y espiritual. “Amar y ser amado” es la experiencia más bella y profunda del ser humano, de la cual aprendemos todas las virtudes y los valores.

Dios educa su pueblo a través del amor

Sin duda, no podemos hablar del amor como motor del aprendizaje, en una perspectiva cristiana, sin apuntar para algunos modelos bíblicos. Desde el inicio de la historia, nos cuenta el libro de Génesis, que Dios tomó la iniciativa en el amor, y en el amor educó a su pueblo. “Creó, pues Dios al ser humano a imagen y semejanza suya, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27) en el amor, los bendijo y los llamó a dar continuidad a su obra creadora. Nos recuerda Isaías: “¡Eres precioso a mis ojos, eres honrado, y yo te amo…No temas porque estoy contigo!” (Is 43,4). El profeta Oseas nos muestra como Dios educa su pueblo, como una madre, a través de su pedagogía amorosa: “Con vínculos humanos yo los atraía, con lazos de amor, me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11,4).
San Pablo testimonia con firmeza el amor de Dios a las primeras comunidades: “Pido, pues, que conozcan ese amor, que es mucho más grande que todo cuanto podemos conocer, para que así estén completamente llenos de Dios” (Ef 3,19). “…Así ustedes, firmes y con raíces profundas en el amor, podrán comprender con todos los creyentes cuan ancho, largo, profundo y alto es el amor de Cristo” (Ef 3,17-18). “…porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Es el Espíritu Santo el que puede dotar de amor al ser humano y transformarlo en lo más preciado a los ojos de Dios.
San Juan en su carta dice que “Dios es Amor” (1 Jn 4,8). Cuando leemos en la Biblia que Dios es amor, significa que Dios define el amor, o sea, que Dios es la definición misma de amor ¿Pero cómo podemos siquiera comenzar a comprender esa verdad? Uno de los versículos que mejor lo definen lo encontramos en el Evangelio de Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Toda la vida de Jesús es revelación de este amor pedagógico que conduce a la salvación, como podemos ver en su diálogo con la Samaritana (Jn 4, 5-42) y con los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Tanto la Samaritana como los Discípulos de Emaús, al sentirse acogidos en su realidad, escuchados incondicionalmente y motivados en la aceptación y comprensión de su historia, despertaron para una vida nueva y comprometida con el testimonio del amor experimentado en la relación con el Maestro. En la persona de Jesús, el amor es sinónimo de acogida y escucha sin preconceptos, de ternura y compasión sin límites, de gratuidad y perdón incondicional y de vida en plenitud.
Es importante descubrir y creer en el amor que Dios nos tiene, para permanecer en su amor redentor y dejarnos educar, conducir y salvar por Él. Solamente Dios nos puede ayudar a mirar y a acoger nuestra historia como una historia de amor y salvación, independientemente de cómo haya sido ella, y a hacer del amor la fuerza principal que nos mueva e impulse a ser y actuar como él; dejándonos transformar por su amor, conscientes de que Dios nos ama ahora, en el momento presente, en la situación en que estamos viviendo, y transformándonos expresión del amor de Dios hacia las personas que nos rodean. Nuestro carisma nos motiva y nos llama a esta experiencia, a ejemplo de Murialdo, para que el amor sea el hilo conductor de nuestra misión educativa y pastoral.

El amor en la acción educativa y pedagógica de Murialdo

La experiencia de “amar y sentirse amado” es esencial para la formación integral de la persona humana. San Leonardo Murialdo experimentó esta dicha en su vida, desde la cuna materna hasta el final de sus días. El amor misericordioso de Dios fue para él la experiencia fundante. De ella nace una vida de fidelidad, donación y santidad en la vivencia de la vida religiosa y sacerdotal y en el apostolado desarrollado en función de las causas sociales más emergentes de su realidad y de su tiempo, sobre todo en la educación de la juventud más pobre y abandonada.
Él contempla este amor y lo define como un amor infinito en su grandeza; eterno en su intensidad; personal, como si fuera la única persona a quien pertenece su amor; tierno y gratuito como el amor de una madre, e incluso infinitamente más grande que el de ella; actual, en este momento de mi vida, de mi historia; y misericordioso, siempre pronto a perdonar y acoger, sin llevar la cuenta nuestros pecados ni medir nuestras culpas, como afirma el Salmo 103. Decía Murialdo: “Dios me ama con un amor tan grande, tan perfecto, que es igual a Él, infinito, eterno (…) porque todo lo que está en Dios, es Dios: ¡grande, inmenso, eterno, infinito como Dios!” (CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ, Testamento Espiritual, Ed. M. D. Impresores, Santiago-Chile, 1995, p. 22).
La experiencia de amar a Dios y dejarse amar y conducir por Él, por su voluntad, durante toda su vida, fue el modo más perfecto de vivir su vocación y de desarrollar su misión educativa. ¡Para él, el amor de Dios era todo! Cuando uno se siente amado por Dios, infinitamente, personalmente, con ternura y misericordia, se da una revolución en la propia vida, afirmaba. Porque ¡el amor llama amor! De esta experiencia espiritual que vivió Murialdo, nació en él un modo propio de educar amando, a partir de la “educación del corazón” (Scritti, IV,27), la educación integral de la persona, según el estilo del amor pedagógico de Dios.
Murialdo escuchaba y contemplaba el amor divino en las personas y en los hechos cotidianos. Para él, no existía valor pedagógico que impulse con mayor fuerza la realización plena de la persona en todas sus dimensiones que el amor. Murialdo se dejó educar y transformar por el amor compasivo y misericordioso de Dios y lo contempló en el rostro de los niños y jóvenes, acogiéndolos con dulzura, afabilidad, respeto y familiaridad.
Su práctica educativa junto a los jóvenes y su preocupación por la salvación de ellos (ne perdantur) demostraban su convencimiento de que “no es posible amar a Dios sin desear lo que él quiere y sin amar incondicionalmente a quienes él ama como Padre (…) Es precisamente en el amor al prójimo donde se descubre la verdad del amor” (PAGOLA José Antonio, Jesús. Aproximación histórica, Ed. Claretiana, Buenos Aires, 2010, p. 268), como afirma Pagola.

El amor favorece y motiva el aprendizaje

La pedagogía amorosa de Dios con su pueblo, manifestada sobre todo en la persona de Jesús, y la práctica educativa de Murialdo, nos hacen comprender que el amor transciende cualquier actitud pedagógica. Por tanto, el amor debe ser el eje central de toda acción pedagógica, porque se constituye en uno de los pilares básicos que sostiene la educación, ya que el amor genera un movimiento empático que provoca en el educador la actitud adecuada para comprender los sentimientos del educando y en el educando, el despertar y la motivación en el aprendizaje y la asimilación de los valores.
El amor lleva a acoger y aceptar la persona del otro por sí misma, con sus dones y defectos y no como nos gustaría que fuera. Afirma Paulo Freire: “Quien ama, lo hace amando los defectos y las cualidades del ser amado”. Y continúa: “No hay educación sin amor. El amor implica lucha contra el egoísmo. Quien no es capaz de amar los seres inacabados no puede educar. No hay educación impuesta, como no hay amor impuesto. Quien no ama no comprende al prójimo, no lo respeta” (FREIRE Paulo, Educación y Mudanza, Ed. Paz y Tierra, 31° Edición, San Pablo, 2008, p. 29). Solamente se aprende cuando se está abierto al aprendizaje, y esta apertura es una disposición que nace justamente del amor y la entrega en la tarea educativa.
Creer en las personas y en sus potencialidades, proponer los valores y dejar caminar favoreciendo su protagonismo, es una actitud propia de quien descubrió la grandeza del amor y lo experimentó como la única fuerza creativa y transformadora de su vida. Sabemos que “cuanto mayor es la integración relacional, mayor será el deseo de aprender lo que no se sabe” (TIBA Içami, Enseñar aprendiendo. Como superar los desafíos del relacionamiento profesor-alumno en tiempos de globalización, Ed. Gente, S. Pablo, 1998, 11° Edición, p. 49). Lo más importante es convencernos de que las personas no son siempre iguales, que no fueron terminadas, sino que siempre están cambiando, creciendo, progresando en su proprio despertar.
El pedagogo Paulo Freire retrata su bellísima experiencia en la educación con palabras simples, pero que pueden contribuir mucho para nuestra reflexión pedagógica sobre la importancia del amor en la educación: “No sé muchas cosas, pero es necesario creer en las personas. Es necesario reír con ellas, porque si no hacernos esto, no podremos aprender con las personas, tan poco podremos enseñarles” (FREIRE Pablo – Myles HORTON, El camino se faz caminando. Pláticas sobre educación y mudanzas sociales, Ed. Voces, Petrópolis-RJ, 2002, 2° Edición, p. 228). Y completa su comentario traduciendo el pensamiento del filósofo Lao Tzu, 604 a.C.: “Vaya hacia las personas. Aprenda con ellas. Viva con ellas. Ámelas. Empiece con aquello que ellas saben. Construya con aquello que ellas tienen. Porque el mejor líder, cuando el trabajo esté listo, cuando la tarea esté cumplida, todas las personas dirán, hicimos esto solitos” (Ibídem, p. 229).
El verdadero educador no es aquél que solamente trasmite contenidos, sino aquél que marca presencia, que estimula, que acompaña el proceso, que camina al lado, que valora y respeta la individualidad y la cultura de la persona del otro, que desarrolla el espíritu crítico, que es capaz de despertar en el otro el deseo y la búsqueda de nuevos conocimientos y experiencias, que también está abierto al aprendizaje constante, que crece junto, que prepara para la integración social… En fin, el verdadero educador es aquel que enseña aprendiendo, que propone asumiendo y que señala el camino, caminando junto, como resultado de un amor incondicional.
Podemos concluir esta breve reflexión sobre el amor como motor del aprendizaje, comentando, que “amor” y “educación” son sinónimos; que no existe verdadera educación sin amor, que quien ama educa y quien educa para la vida, motivando y despertando al otro para ser más y mejor como persona en su integridad y en su compromiso social y cristiano en el mundo, entendió que el amor es pedagógico y que nuestra misión educativa debe ser siempre orientada e iluminada por la pedagogía amorosa de Dios.

Hna. Terezinha Militz

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