26. El venerable p.Eugenio Reffo educador de los jóvenes

El Venerable P. Eugenio Reffo dedicó toda su vida a los jóvenes, adquiriendo mucha práctica en la misión educativa y poniéndose por entero al servicio del crecimiento de los jóvenes, de la capacitación de los educadores, de la preparación de los primeros hermanos de la Congregación de San José. Además de algunas ideas básicas, P. Reffo ofrece especialmente diversos consejos prácticos, fruto de su larga experiencia. Estamos en los primeros tiempos de vida de la congregación, cuando Murialdo, Reffo y Constantino, encarnaron juntos el carisma educativo josefino en favor de la juventud pobre y abandonada.

Tullio Locatelli

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26. El venerable p.Eugenio Reffo educador de los jóvenes (Tullio Locatelli)


Un educador “nato”

“Don Reffo” fue un educador modelo y un formador de educadores; tareas que lo empeñaron durante toda su vida dentro de las paredes del “Artigianelli”, desde 1861 y, al mismo tiempo, dentro de la Congregación, desde su fundación en 1873. Tenía todas las cualidades para serlo en plenitud y fue su mérito saber expresarlo acabadamente, realizando así su vocación de religioso sacerdote josefino, de hermano y de superior sabio y comprometido.
Don Reffo fue consciente de esta misión y en ella vio a un aspecto constitutivo de su entrega a Dios en el sacerdocio y en la vida religiosa. Crecido en la escuela de P. Cocchi y P. Berizzi, vivió el ser educador con una dedicación absoluta, con total olvido de sí, con generosidad, con caridad sin límites. Estaba plenamente convencido de que no se podían abandonar a sí mismos todos aquellos niños y jóvenes, huérfanos, abandonados, violentos, a merced de cualquier posible aventura, y que por su salvación humana y religiosa valía la pena jugarse la vida. De aquí que Don Reffo sea “severo”, exigente consigo mismo, con los hermanos y con los jóvenes, porque cuando se trata de salvar aunque sea una sola alma, no hay tiempo que perder y ni cálculos que hacer.

Su “método” educativo

En una carta a un director Don Reffo expresó los elementos fundamentales de su método educativo: “Puesto que magna debetur puero reverentia (es decir: al joven se le debe el mayor respeto), está absolutamente prohibido el golpear, tirar las orejas, poner a los niños sobrenombres humillantes, burlarse de sus defectos físicos, y jamás se permita que se burlen o insulten mutuamente. En los recreos, por tanto, no es suficiente que la asistencia sea pasiva; tiene que ser activa, educativa, que los muchachos sientan que se está de buena gana en medio de ellos y que se participa en sus diversiones”.
Más conocidos fueron sus consejos sobre educación para ayudar a un hermano que se encontraba en crisis. Presupuesto que no había que ponerse lentes oscuros, porque de lo contrario no se podría ver el lado bueno que cada niño tenía y que, por otra parte, no había que creer que todos los jóvenes ya eran virtuosos, Don Reffo enumeró una serie de recomendaciones prácticas, fruto de su larga experiencia: “1. No vuelvas a llamar canallas a estos pobres niños, les haces mal incluso con sólo pensarlo. Intenta, en cambio, persuadirte que son mejores de lo que piensas y que todavía no los conoces suficientemente. 2. Toma las cosas con calma, tanto para amonestar, como para los castigar. Persuádete que se gana más perdonando que castigando. 3. Busca influir en los demás asistentes, con tu ejemplo y con tus palabras, para que traten con dulzura, y no más con dureza, a estos pobres niños. 4. Consúltate, caso por caso, con el Director, y está a lo que te diga, aún cuando no te parezca justo ni prudente; obedece y no te arrepentirás. 5. Última regla: la mejor, de hecho la única, aquella dada por San Pablo, brevísima pero eficaz, infalible: vince in bono malum (es decir: vence el mal con el bien). ¿Son malos? Ustedes sean buenos – ¿Son más malos todavía? Ustedes sean aún más buenos. ¿Son los peores? Ustedes sean los mejores, de una bondad excepcional, inalterable. Esta es la regla de las reglas”.
Autor de obras teatrales, supo decir qué lugar debía ocupar el teatro, indicando claramente la jerarquía de las actividades educativas: “Me alegro de que se haga teatro, siempre que ayude al desarrollo del Oratorio y del Catecismo de los jóvenes”.

Algunas ideas sobre educación

Entre los escritos de Don Reffo se conserva un archivo que contiene una serie de apuntes para conferencias sobre el tema de la educación. Para comprender algo de la importancia del educar, Don Reffo se pregunta: ¿Qué es un niño? Un niño es: “1. Un alma que salvar. 2. Una semilla de mucho mal y de mucho bien. 3. Él puede llegar a ser padre de una familia, dará a los otros la educación que ha recibido”. Por tanto, es el destinatario de la labor educativa el que da sentido a todo. Pero, no menos importantes son las razones que Don Reffo toma del Evangelio, especialmente de las palabras de Jesús, que recuerdan: “Quien acoge uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mí”. Si grande es la dignidad del niño, “terrible”, decía Don Reffo, es la responsabilidad del educador. Porque al final se nos pedirá cuenta del cuerpo y del alma del joven, no sólo de no haberle hecho mal, sino sobre todo de haberle hecho bien.
En un segundo momento Don Reffo reflexiona sobre la tarea de educar a partir del educador. El educador cumple sobre todo el oficio de padre y de apóstol. El educador es un padre, porque hace las veces de padre natural, nutre y educa, acoge y vive con ellos; el educador es un apóstol, porque se dedica por entero a los jóvenes, sin buscar algún interés personal. A sus hermanos Don Reffo recuerda las palabras del profeta Isaías: “aunque una madre pueda olvidarse de ti, yo no te olvidaré” (Is 49,15), resaltando que todo educador es una imagen de Dios, que nunca abandona a su hijos.
Pero, luego, se pregunta Don Reffo: ¿El verdadero educador realiza una multitud de oficios? Por supuesto: él es enseñante, asistente, enfermero, catequista, maestro de taller, consolador y promotor de alegría, capaz de adaptarse y responder a las numerosas necesidades que un niño tiene a medida que va creciendo. Los hermanos josefinos que habían escuchado a Don Reffo desde la primera hora, sabían bien que los chicos acogidos en el colegio tenían necesidad de todo y todo lo pedían, por lo que no podían menos que asentir cuando sentían decir que el verdadero educador sabía imitar la virtud de la caridad, traducida en las mil maneras que las necesidades del educar requerían.
Educar, para Don Reffo, significaba “extraer” en el sentido que en los seres humanos hay diversas posibilidades que deben ser ayudadas a desarrollarse, de acuerdo al triple ordenamiento: físico, moral e intelectual, para llevar a madurar el cuerpo, la mente y la voluntad. El educador es entonces aquel agente externo que permite y ayuda el crecimiento personal, a través de la autoridad y de la ciencia. La primera requiere la capacidad de hacerse obedecer, la segunda viene al educador del estudio y de la experiencia.
Educación tiene por tanto un único objetivo: llevar a amar a Dios. De aquí la naturaleza esencialmente religiosa de la educación, ya que el desarrollo de todas las facultades tiene como objetivo que la criatura pueda reconocer, alabar y amar a su Creador.

Consejos muy prácticos

Don Reffo fijó en ocho puntos el método educativo de los josefinos: “1. Vivir, en la medida de lo posible, la vida de ellos, permaneciendo con ellos y siguiéndoles en todos sus actividades. 2. Conocerlos uno por uno, nombre, carácter, proveniencia. 3. Estudiar en ellos los defectos de cada uno y hacernos un concepto claro, para poder corregirlos y erradicarlos. 4. Hablar y hablar mucho con todos en general y, más aún, con cada uno en particular; mostrando interés por sus cosas y ganando poco a poco su confianza. 5. Atraerlos hacia el bien con buenas motivaciones y animarles a practicar la virtud. 6. Ayudarles con buenos consejos y también con buenas lecturas sugeridas a ellos en proporción de su edad. 7. Estimular en cada uno la práctica de la piedad, que es el cemento que endurece y fortalece los cimientos y todo lo que se construye sobre estos; pero que sea piedad sincera, espontánea y, en la medida de lo posible, bien sostenida por una educación religiosa amplia y profunda. 8. Por último, recordar que el educador en un colegio es el representante y el apoderado de los padres; por lo tanto, debe regularse ante sus estudiantes como se regulan los padres buenos y genuinamente cristianos, y al igual que estos, amar a todos y a cada uno de sus hijos, y de todos y de cada uno tener un cuidado especial”.

Acerca de la Dirección Espiritual

En una carta a un hermano, Don Reffo daba algunos consejos para ser un buen director espiritual. Él escribía: “Las condiciones principales son estas: una humildad profunda, un gran espíritu de oración y una paciencia a toda prueba; no se logra en un santiamén; a veces hay que llegar a viejo para lograrlo; pero no hay que desanimarse, ni jamás ponerse celoso porque a otros les resulte mejor que a nosotros; esperar y esperar el momento propicio de la gracia, y mientras tanto orar, y así hacer antes con la oración, confiada e incansable, aquello que, si Dios quiere, se hará un día con la dirección”.
Sobre la forma de llevar a cabo la dirección espiritual, Don Reffo aconsejaba: “La dirección entonces abarca dos aspectos: escuchar y hablar; escuchar con paciencia y mostrando dar importancia a lo que dice el joven, a sus pequeños pecados, malestares, dudas, antipatías, rencores, actitudes defensivas, etc.; para luego hablar: es decir, aclarar, corregir, sugerir soluciones y recurrir, si es necesario, al ejemplo de los santos, que son siempre la bendición de las almas buenas y con ganas de mejorar. En la charla, es mejor no ser demasiado largos, para no ahogar al muchacho con demasiadas razones; en las respuestas ser corto, claro y práctico, para que no se genere más confusión que instrucción”.
Don Reffo hablaba por experiencia: él mismo había sido un discípulo de Cocchi, de Berizzi, de Murialdo; se había dejado guiar por su confesor y padre espiritual; desde hacía décadas vivía en medio de los jóvenes; por décadas preparó a los jóvenes para que se conviertan en “buenos cristianos y honestos ciudadanos”, y también para que fueran educadores.

Tullio Locatelli

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