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3. Espiritualidad educativa – Fundamentos espirituales de nuestra pedagogía murialdina

Es necesario comprender la relación que existe entre espiritualidad y pedagogía. Esta, a la luz del carisma de Murialdo, asume una configuración particular en lo que respecta a la esencia de nuestra tarea educativa.
La experiencia de ser amados por Dios y de transmitir esa experiencia, el llegar a ser “amigo, hermano y padre”, lleva al educador josefino a un estilo de familiaridad, sencillez y amabilidad, dulzura y firmeza.
La espiritualidad da vida a nuestro ser educadores: saber acoger a los más débiles y pobres, reconocer a Jesús en los jóvenes, compartir la vida, saberse cuestionar y escuchar.
Sin olvidar que el objetivo de la acción educativa es el “ne perdantur”, que no es lo mínimo sino lo máximo, esto es: conducir hacia Dios, en un camino de santidad de vida, tanto del educando y cuanto del educador.

P. José Fidel Antón

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3. Espiritualidad educativa – Fundamentos espirituales de nuestra pedagogía murialdina

(P. José Fidel Antón)


“La búsqueda de equilibrio entre contemplación y acción marca constantemente nuestra vida y no podemos renunciar a construir esta armonía, porque es una riqueza que caracteriza nuestro ser religiosos de vida activa. La nuestra es una espiritualidad educativa que encuentra en la familia de Nazaret el modelo para ser educadores con el corazón de San José, maestro de espiritualidad para nuestras vidas” (XXIICG, 21).
“Conscientes que nuestra espiritualidad educativa considera a los jóvenes pobres como “lugar teológico” del encuentro como Josefinos con Cristo, vivamos nuestra misión con ellos en la “pedagogía del amor”, focalizándonos en la “educación del corazón”, y recuperando la figura de San José como modelo y educador, y primeramente como educador nuestro” (Ibid., n. 27).

Hablo de espiritualidad relacionada con la educación sin referirla exclusivamente al hecho religioso (creencias o prácticas religiosas). Por otra parte, hablo de “educación” haciendo referencia a nuestro estilo pedagógico específico, heredado de S. Leonardo Murialdo.

1. Una espiritualidad válida para nuestro tiempo.

Vivimos en una época secularizada pero con brotes, demandas, experiencias fuertes de espiritualidad: técnicas de meditación oriental, viajes a lugares de espiritualidad, buena acogida de líderes de espiritualidad, pulular de confesiones religiosas, sectas, movimientos de espiritualidad, turismo espiritual….
En muchas ocasiones esa demanda creciente de espiritualidad podría responder a la exigencia de huir de una vida insoportable por su complejidad, competitividad… para poderse refugiar en aquella tranquilidad de vida que se asemeja mucho al tranquilo bienestar de quien no quiere asumirse responsabilidades ante la dureza de la vida.
No es fácil dar una definición de espiritualidad. Desde luego, que una dimensión típica de la espiritualidad es ciertamente la del espíritu humano que trata de leer e interpretar la realidad cotidiana refiriéndose a algo más grande que él: Dios, Absoluto, universo, naturaleza. La
espiritualidad, en este sentido, es una búsqueda continua de significado, de la razón última de las cosas y de lo que hago, del sentido de la vida, de la esperanza ante el futuro, de la fe.
Mucho más aún el “servicio” (trabajo, profesión, voluntariado): también es visto en clave de “sentido”, incluso de la vida personal, más que como ayuda material a los demás. El servicio, respecto al pasado, consiste cada vez menos en “dar cosas” y más en el “hacerse cargo de las personas”. Se trata de un espíritu, de una actitud interior, de acoger al otro en sí mismo, a pesar de que esta actitud de “solicitud, premura, solidaridad, preocupación, interés” por el otro disturbe y cuestione nuestra seguridad personal. Es preocuparse de él, darle atención, ayudarle a encontrar su puesto en la sociedad.
En esta perspectiva las opciones de vida (la profesión, la paternidad, la consagración, el voluntariado…) se ven y viven cada vez más en la óptica del compartir, entendido como participación en la historia y en la vida del otro con la disponibilidad a asumir sus problemas y sus condiciones de vida, superando, por tanto, los términos tradicionales de la caridad y del servicio. Educar por “vocación” personal, es algo más que ejercer una profesión o actividad social: desea compartir su vida y cualidades con los demás. De ello era muy consciente Murialdo cuando decía que para educar hay que estar dispuestos a compartir la vida y los problemas del otro (dificultades económicas en su caso), más que pretender resolver los problemas ofreciendo buenos servicios bien retribuidos: “Es increíble la miseria en la que vivimos continuamente, a pesar de los recortes económicos que continuamente hacemos. Cierto que si quisiéramos salir de este estado de continua angustia, no tendríamos que hacer otra cosa más que imitar a aquellos Institutos de Caridad que han optado durante estos años tan especiales por establecer o aumentar la cuota de los internos; pero para nosotros eso sería como traicionar el fin de nuestra institución destinada, por lo general, a los muchachos más necesitados material o por lo menos moralmente” (L. Murialdo, Epistolario, II, 512).

2. La espiritualidad como “forma” de la pedagogía

Normalmente, la pedagogía es vista como una reflexión sobre el “hecho educativo”, sobre el cómo “guiar al muchacho” hacia una meta, objetivos o fines preestablecidos. Primordial aquí es la metodología, a pesar de que no se pueda reducir todo el saber pedagógico a un puro método empírico-esperimental relacionado con los procesos analíticos de las ciencias de la observación. Tiene sentido en el cuadro orgánico y unitario de toda la realidad espiritual y es por eso que no se puede prescindir nunca de una visión global de la existencia donde las actividades educativas y la misma vida encuentran su justificación. Es la espiritualidad (horizonte de sentido y significado) que anima y da forma a la pedagogía.
A menudo y en el mejor de los casos, se ha relacionado la espiritualidad con la finalidad de la educación, es decir, al cuadro de valores y al horizonte de significado y de sentido que se quiere transmitir o comunicar al joven. Pero incluso aquí determinante sigue siendo la metodología adecuada para poder transmitir eficazmente esos contenidos muy precisos (comportamientos, valores), independientemente de las opciones de vida del educador. No se veían implicadas mínimamente las opciones de vida del educador. Sólo indirectamente se consideraba el “significado-sentido” que él quería dar a su propio actuar y al influjo que todo eso podía tener en su vida de adulto.
Las Congregaciones religiosas suelen ser portavoces de una sensibilidad que integra substancialmente este cuadro, implicando profundamente la interioridad (espiritualidad) del educador. En ese sentido la pedagogía murialdina:
a) Está relacionada con el hecho de que lo que se quiere comunicar es incomunicable por definición: un ideal de vida, la realidad de Dios. Todo esto no puede ser “transmitido”, mas sólo “evocado” a través de la narración de la experiencia personal. Se desea que el joven viva este ideal de vida y esta experiencia de Dios y por esto el educador hace de “puente y vía ” para que el joven pueda recorrer su propio camino. Esta función implica sobre todo el testimonio de vida del educador y la calidad de las relaciones que logra establecer. Lo que se comunica va más allá de lo que se dice y de lo que se hace porque se refiere, de alguna manera, a una experiencia de vida;
b) En este proceso las actitudes internas (espiritualidad) del educador no pueden ser secundarias respecto a la finalidad educativa. Predisponen efectivamente a la relación porque expresan acogida, estima, interés, solicitud…; o, por el contrario, imposibilitan la relación porque transmiten rechazo, desestima, desinterés. Se hace fundamental el cuidado de la interioridad del educador como punto de partida de cualquier acción educativa.
c) Al mismo tiempo hay que considerar que, en ambientes de fe como el nuestro, la actividad educativa, como cualquier otro “trabajo”, adquiere el valor de un servicio y, por tanto, de un don: para el educador, el estar con los chavales no es sólo un oficio o profesión, sino la expresión vital (testimonio) de los ideales humanos y religiosos que le animan, y este es el camino privilegiado para evangelizar y favorecer el crecimiento personal en la fe.
d) Existe una profunda relación entre la “visión” del educador (el conjunto de ideales y valores que constituyen el horizonte de la cultura y sensibilidad que determina sus actitudes y sentimientos y da identidad a su propia persona) y la “misión” del educador (la calidad de su actuación que traduce, luego, en un proyecto educativo -finalidades, metodología, medios y estilo- , las orientaciones fundamentales de su vida).
e) Las Líneas de pastoral josefina lo expresan con acierto: “La acción educativa es el lugar donde testimoniamos y donde – al mismo tiempo- experimentamos el amor de Dios. Está alimentada por la presencia del Espíritu. Existe, por tanto, una profunda conexión entre la espiritualidad y el estilo educativo; entre las opciones de método y las actitudes de fe que inspiran nuestras acciones” (3.0).
La espiritualidad es, pues, el elemento clave que determina la acción pedagógica. Es la que da “forma” y eficacia a la educación porque conlleva la exigencia de establecer relaciones educativas y significativas con los muchachos.
Por otro lado, la actividad educativa recuerda al educador las motivaciones últimas de su acción y le ayuda a encarnar los valores que le animan. La espiritualidad, determina las motivaciones de su tarea educativa; y, al mismo tiempo, la actividad educativa, si espiritualmente inspirada, refuerza la identidad personal del educador. Es una espiritualidad educativa constituida de actitudes interiores que orientan hacia la tarea educativa (misión), creando las condiciones para poder alcanzar los objetivos propuestos (la educación de los jóvenes) y contemporáneamente informan (dan “forma”, en el sentido filosófico) la vida del educador.
No se trata, por tanto, de un discurso puramente pedagógico (con el objetivo del crecimiento del joven), sino más bien de una visión que se funda en la relación educativa como fuente de crecimiento, tanto para el educador como para el educando. Para el educador no se trata de desempeñar su tarea y basta: se trata de un camino de maduración que le lleva a vivir en plenitud su vida (camino de santificación, en términos religiosos[1]) .

3. Educar con el estilo pedagógico de L. Murialdo

Murialdo solía decir que el verdadero problema de tantos muchachos era la falta de acogida y la falta de amor. Lo que les hacía delincuentes era el no haber encontrado a nadie capaz de restituirle o compensar la falta de ternura de su madre, la pérdida de la guía de un padre.
La característica del estilo pedagógico murialdino consiste en ser, como educador, “amigo, hermano y padre” de los jóvenes, como expresión de comunión y de vida compartida con los jóvenes. Las actitudes interiores que mejor expresan este estilo pedagógico de la acogida son:

a) la familiaridad: en la relación educativa hay que comprometerse afectivamente. El compartir serenamente con los chavales, la presencia vigilante y preveniente del educador se puede comprender y asegurar sólo en el contexto de un amor grande y maduro, puro y sincero. La pedagogía del amor es la “pedagogía murialdina”. Sintetiza y encarna lo mejor del estilo de Murialdo: ser “una familia bien unida”, para que los muchachos, sobre todo pobres, puedan experimentar en el encuentro con los educadores su casa-familia y este amor y cariño que a menudo les falta, porque los padres tienen “otras cosas que hacer”.
b) Sencillez, afabilidad y firmeza como actitudes básicas de la pedagogía murialdina. La serenidad de la relación, el calor humano, la lealtad, confianza, escucha, respeto recíproco, buen humor son, generalmente, las condiciones “de normalidad” que aseguran al joven la sensación de que se puede abrir y confiarse a algunos educadores adultos dispuestos a ayudarlo.
c) Todo esto hay que llevarlo a la vida cotidiana, fundamental en la realización de la propuesta educativa. Es a través de la gestión atenta y equilibrada de las cosas ordinarias que se puede instaurar una relación positiva con los chavales y se les puede hacer partícipes de la vida real, para que vayan progresivamente madurando el sentido de responsabilidad.
d) Los momentos de espiritualidad, oración, convivencia fraterna, donde se pueda compartir, favorecen el crecimiento de la obra, no tanto como estructura de servicios, sino como ambiente donde es prioritario comprometerse con el muchacho y crear un clima familiar en la lógica del compartir.

4. Rasgos de espiritualidad educativa que valoran las potencialidades del joven

Lo “extraordinario en lo ordinario” es lo que caracterizaba la cotidianidad de Murialdo y lo que constituye la utopía de quien desea compartir su espíritu. Para él esa utopía hay que buscarla en “el momento presente”, en el espacio real, en la normalidad del cotidiano, que es donde cada uno da lo mejor de sí y donde se trata de responder de la mejor manera a las necesidades de cada uno. Y esto puede realizarse sólo en la cotidianidad de las relaciones interpersonales. Supone:

a) una mirada positiva, confianza ilimitada en las capacidades y potencialidades de cada muchacho para llegar a ser plenamente él mismo, siempre que se encuentre en un ambiente adecuado que facilite su crecimiento;
b) un estilo relacional afectivo: más que objetivos terapéuticos, habría que ofrecer respuestas de acogida, cuidado, relación en la cotidianidad. Y se puede hacer principalmente compartiendo con el muchacho nuestro tiempo y persona: esto es mucho más urgente e importante que la oferta de servicios. La relación educativa conlleva ante todo empatía, cordialidad, atención, amor, afabilidad, calor, cortesía, sinceridad, realismo, naturalidad, normalidad;
c) hacer y callar: nuestro estilo pedagógico es un estilo de cotidianidad.
¿Cuándo? Hay que saber vivir plenamente el cotidiano que a veces puede resultar fastidioso, monótono y siempre igual. Podría llegar a ser también un momento de intensa espiritualidad.
¿Dónde? Allí donde normalmente se vive (casa, colegio, con los amigos…) en un clima de naturalidad y de normalidad; allí donde se viven las relaciones interpersonales y se teje la relación con el “externo”; en esos espacios que pueden ser lugares de acogida de otras personas con las que nos relacionamos ocasionalmente….
¿Cómo? Con un estilo de vida y de compromiso que sea percibido por los demás como algo posible, sin tener nada de excepcional o de heroico…
d) Una familia bien unida. Entre los adultos (colaboradores, educadores, religiosos): vigilando para no dejarnos sofocar sólo y exclusivamente por los aspectos organizativos y cuidar mucho otras dimensiones de la vida, como podría ser la construcción de relaciones significativas, el compartir algunos ideales y valores educativos que nos animan, la disponibilidad a vivir la experiencia de acogida comunitariamente, más que individualmente. Complementariedad entre laicos y josefinos (FdM): todos indistintamente estamos invitados a participar de la espiritualidad murialdina compartiendo la vida y en la promoción de una cultura de solidaridad.
Con los jóvenes: descubrir el ambiente familiar y la naturalidad de la vida escolar y familiar como riquezas válidas para cualificar y asegurar el derecho a la educación.

5. Educar: un don para nosotros los adultos

Desempeñar un servicio (profesional o voluntario) con los jóvenes no es sólo “ayudar” a quien puede tener necesidad de algo. Marca y puede cambiar la vida de los adultos. Hasta poder decir que “la comunión con los jóvenes es algo que da plenitud a nuestra vida (de josefinos): está en el corazón de nuestra experiencia de comunión con Dios” (Líneas de pastoral josefina 3,1).

P. José Fidel Antón

[1] Podría ser interesante ver algunos elementos de pedagogía propios de la tradición murialdina (la opción educativa, la centralidad de la persona, la dimensión comunitaria de la educación) y leerlos como fuente de espiritualidad (¿qué actitudes interiores nos sugieren?); y viceversa: considerar algunos elementos de la espiritualidad murialdina (acoger al joven, sobre todo pobre-debil, sin pretender que sea diverso de lo que es; reconocer en el joven la presencia de Jesús y educarlo como hizo S. José; ponerse al servicio de los jóvenes con plena dedicación y con la conciencia de que el ideal perseguido nunca se realiza totalmente; establecer relaciones personales con ellos y con otras personas de la comunidad educativa, caracterizadas por el respeto y la dulzura, para poder crecer juntos; compartir con los jóvenes implicándose afectivamente) para ver qué opciones y consideraciones pedagógicas nos sugieren.

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