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27. ESTILO EDUCATIVO MURIALDINO

La idea básica es la siguiente: el educador murialdino comparte la propia vida y las propias opciones para acompañar a los jóvenes en la experiencia de Dios, de su amor, dentro de un camino personal, que es respuesta y actuación de la vocación. Esta es la finalidad; no menos importante son las herramientas que construyen un estilo educativo: presencia, acogida, relaciones personales, compartir el camino, ser y hacer comunidad. Y por último: el testimonio, lo que hace verdaderas nuestras palabras y nuestras acciones como educadores en el nombre de Murialdo.

Elisa Bozzetti
Lucia Bettio

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27. ESTILO EDUCATIVO MURIALDINO

(Elisa Bozzetti
Lucia Bettio)


Se habla de estilo educativo murialdino y quizás Murialdo, cuando comenzó su apostolado entre los jóvenes, nunca había pensado que su forma de ser, de hacer y de relacionarse con ellos llegara a ser un ejemplo, una guía y un estilo para muchos josefinos, murialdinas y laicos que todavía hoy siguen sus mismos pasos llevando adelante su ilimitada pasión por los jóvenes.
Sin embargo, compartiendo con josefinos, murialdinas y laicos, incluso hoy en día, a pesar de las características personales de cada uno y las diferentes condiciones de vida, se siente una misma manera de hacer, de trabajar, de ser y estar con los jóvenes y para los jóvenes.
El educador murialdino comparte la propia vida y sus opciones de fe, acompañando al joven para que él también haga experiencia de Dios, de su amor, en su propio camino personal.
He aquí algunas de las características que queremos destacar de este estilo:

Presencia:
Para el educador murialdino es prioritario el deseo de estar con los jóvenes, de compartir el propio tiempo y las propias actividades con ellos, de conocer su modo de actuar, sus pasiones, su manera de comunicarse, su lenguaje. El “perder tiempo” jugando, charlando y haciendo cosas juntos, el compartir las cosas de todos los días, lo cotidiano. Él está en medio a los jóvenes de una manera activa, alegre, comprometiendo y dejándose involucrar en sus experiencias de vida; tratando de mirar con los ojos de la fe la presencia de Dios en cada joven.
El educador murialdino no realiza un rol laboral, sino que comparte su propia vida. Mejor aún, opta por compartir una misma situación de vida, las mismas condiciones (la misma pobreza), las mismas dificultades (horarios y fatiga) y las mismas esperanzas (a nivel humano y sobrenatural).

Acogida:
Cada joven trae consigo una historia, llena de sueños, incertidumbres, limitaciones, esperanzas, expectativas, que debe ser asumida con una mirada de afecto, sin pretender que sea diferente de lo que es. Sólo el amor puede cambiar a las personas, ayudándoles a crecer y sacar lo mejor que hay en ellos. Un joven que se siente aceptado está dispuesto a demostrar y a hacer todo lo posible para devolver la confianza que se tiene en él. Muchas veces se tiende a aceptar y a acercarse a los jóvenes buenos y disponibles, que no crean problemas; Murialdo, en cambio, nos enseña a descubrir la bondad y la belleza en el corazón de cada joven, incluso en los más pobres y “desesperados”. “Ne perdantur”: hacer todo lo posible para que no se pierdan.

Relaciones personales:
El educador murialdino hace todo lo posible para lograr una relación personal con el joven; es en este encuentro personal que se conoce y que nace la estima y la confianza. Hay siempre, en la base, un profundo respeto y aprecio de la personalidad del joven. Buscar al joven, llamarlo por su nombre, hacerlo sentir importante, preguntarle por la propia vida, por sus propias opciones, compartir momentos buenos y malos. En la relación se quiere transmitir el amor de Dios, aquel mismo amor que Murialdo vivió de una manera personal, actual , gratuito, infinito, tierno, misericordioso.
El joven tiene siempre un potencial de crecimiento; el educador le ayuda a descubrirlo y crear las condiciones para el posible desarrollo de un proyecto de vida en respuesta al amor de Dios.

Compartir caminos:
El educador murialdino es un compañero de viaje, acompaña el camino de los jóvenes, pero no se pone en su lugar, no lo reemplaza, ni se pone delante como maestro. Sobre todo los escucha, ayuda a los jóvenes a reflexionar sobre su propia historia, a entrar en sí mismos, aceptando los tiempos, las dificultades y contradicciones, pero tratando de poner de manifiesto la riqueza, el potencial que cada joven tiene en sí mismo. En este proceso, es importante el compartir los caminos de fe, el orar juntos, el compartir la propia vida y la búsqueda de la voluntad de Dios. Aquí, la figura de San José nos sirve de ejemplo: de una manera silenciosa hizo crecer a Jesús y lo acompañó en el cumplir el plan de Dios para Él.

Comunidad:
Murialdo no estaba solo, cuando trabajaba trataba de tener a su lado valiosos colaboradores; siempre decía que la educación es una obra comunitaria y que “la unidad de propósitos y de corazón es un deber esencial y un requisito indispensable para la eficacia de nuestra presencia y de nuestro trabajo”.
El educador murialdino, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, no se siente solo, sino parte de una comunidad y trasmite también a los jóvenes el sentido de familia, la importancia del colaborar, del fortalecerse unos a otros. Hoy más que nunca sentimos necesidad de comunión, donde la búsqueda de Dios y el servicio a los jóvenes supere el individualismo que se ha extendido en nuestra sociedad. El educador murialdino busca la unidad de pensamiento, de acción y de amistad con el fin de formar una familia educativa toda concordemente comprometida con los jóvenes, buscando la corresponsabilidad entre religiosos/as, laicos y los mismos jóvenes.
“Nuestro trabajo educativo es el lugar donde testimoniamos y en el que experimentamos el amor de Dios. Este es atravesado por la presencia del Espíritu; por lo tanto, existe una profunda conexión entre la espiritualidad y el estilo educativo, entre las opciones de método y las actitudes de fe que inspiran nuestras acciones” .
El testimonio será más creíble cuanto más cultivemos nuestra espiritualidad, nuestro vivir el encuentro con Dios.

Elisa Bozzetti
Lucia Bettio

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