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5. FECUNDIDAD DE LA FRAGILIDAD

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Las fragilidades pueden ser fuerza y tiempo fecundo.
Dentro de las fragilidades del mundo juvenil se esconden tantas posibilidades. La cultura de la competitividad y del individualismo hace hincapié en el hecho de que cada uno debe arreglarse por su cuenta y que hay que ajustarse a las normas sociales y culturales. A veces, la misma educación eclesial es víctima de esta lógica. Es necesario, sin embargo, dejar emerger una antropología de la fragilidad y de los lazos interpersonales.

A) Al igual que nosotros educadores, los jóvenes de nuestras escuelas viven en una sociedad con demasiadas expresiones de indiferencia, de egoísmo, de individualismo. Se enfrentan a una sociedad que les propone el consumo como único camino de la felicidad y “esconder bajo la alfombra” todo lo que no es productivo, lo débil o lo que no se logra adaptar a su ritmo vertiginoso. Es lo que el Papa Francisco reiteradamente llama la “cultura del descarte”. Formas culturales que usan y desechan a los hombres y las mujeres. La “cultura del descarte” promueve el individualismo, la competitividad y ofrece la falsa idea de felicidad asociada con la comodidad y la falta de compromiso con la realidad. Por otra parte, además esta cultura nos empuja a ocultar nuestras fragilidades humanas, a negar nuestra condición vulnerable. Nuestros niños y jóvenes enfrentan un mundo que les enseña a esconder sus flaquezas y limitaciones y a exaltar fortalezas. En el marco de la cultura juvenil actual y en cualquier punto del planeta, emergen las mismas fragilidades, las mismas debilidades y dolores que asechan a los jóvenes sin que muchas veces estos sean conscientes de ello. Desintegración familiar, soledad, violencia, acoso, marginación, incertidumbre, intolerancia, ignorancia, prejuicio, acedia, adicciones, pérdida de sentido, desinterés, promiscuidad, individualismo, falta de fe… y la enumeración de vulnerabilidad seguramente continuaría. Esta problemática atraviesa también nuestro cotidiano estar-con-los-jóvenes y no nos puede ser ajena. Podemos preguntarnos con sinceridad:

– ¿Qué fragilidades agobian con mayor incidencia a los jóvenes de mi comunidad?
– ¿Cómo emergen las fragilidades de nuestros alumnos en nuestras prácticas educativas?
– ¿Las reprimimos cuando afloran en el aula?
– ¿Qué espacios damos para que éstas emerjan?
– ¿Las tenemos en cuenta?
– ¿Sabemos ver detrás de los uniformes la fragilidad y vulnerabilidad de nuestros jóvenes?

Es necesario repensar qué implica la fragilidad y la vulnerabilidad del ser humano. Vulnerabilidad (de vulnus, que significa “herida”) implica dependencia, implica que ante todo somos seres dependientes y en relación con los otros. Un ser frágil vulnerable es el que puede ser herido y que, por eso, no es capaz de sobrevivir al margen de la atención y de la hospitalidad de otro, al margen de su compasión. No somos auto-suficientes. Somos, desde el comienzo de nuestras vidas, seres necesitados de acogida, porque somos frágiles, porque en cualquier momento podemos rompernos, porque estamos expuestos a las heridas del mundo.

Recientemente, Papa Francisco, en su última exhortación apostólica nos ha llamado a “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (AL, 291). Frente a esas vulnerabilidades, propias de la condición del hombre, y en general frente a la deshumanización, podemos tender a caer en el pesimismo, en la acedia y la desesperanza. Sin embargo, como educadores, tanto religiosos como laicos, “los males de nuestro mundo -y los de la Iglesia- no debería ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer” (EG, 84).

B) Una respuesta a este problema que atraviesan muchos jóvenes puede centrarse en el reconocimiento de la fragilidad. Es necesario mirar con nuevos ojos nuestras pequeñeces, nuestras debilidades, nuestras sombras. Es necesario animarse a construir una antropología de la fragilidad y la vulnerabilidad que enfrente a la “cultura del descarte”. Esto significa reconocer en estas dimensiones de nuestro ser una espacio fecundo para creer y educarnos.

B1) En primer lugar, experimentar nuestra propia “fragilidad” es condición necesaria para lograr el verdadero encuentro con el otro. El que era de condición divina no considero esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente… (cfr. Fil 2, 6-9). Reconocer las propias fragilidades nos ayuda a comprender mejor que “sólo no puedo”, que somos parte de una comunidad, que nos necesitamos mutuamente. De este modo, aceptar nuestra condición frágil se vuelve una fortaleza generativa de solidaridad y de valorización de cada ser humano.
Me alegro de ser débil, de ser insultado y perseguido, y de tener necesidades y dificultades por ser fiel a Cristo. Pues lo que me hace fuerte es reconocer que soy débil (2Cor 12,10). Frente a la “cultura del descarte” que no acepta las fragilidades, debemos hacer frente con una “cultura del encuentro”. Urge propiciar espacios de encuentro, de conocimiento, de unión, de reflexión compartida. Por otra parte, sabernos seres frágiles y vulnerables nos hace también seres capaces de ser sensibles ante la debilidades y el dolor de los que nos rodean.

Para revisar nuestra propia práctica sobre este aspecto que posibilita reconocer la fragilidad podemos reflexionar y debatir:

– ¿Qué espacios brindamos para el reconocimiento y la aceptación de las fragilidades que nos constituyen?
– ¿En las actividades diarias con los jóvenes, promovemos la unión o la competitividad?
– ¿Ponemos en primer lugar de nuestro ejercicio profesional a aquellos que más sufren?

B2) En segundo lugar esta característica de la condición humana, necesariamente se relaciona con la esperanza, virtud que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que es la que permite transformar esas debilidades innatas o adquiridas en desafíos, oportunidades para llegar a ser felices, a encontrarnos con Dios. Las fragilidades de hombre, que según las épocas se manifiestan de diferentes maneras, no son otra cosa que las expresiones tangibles de la búsqueda de armonía, que traduciéndolo al lenguaje cristiano son la búsqueda del amor, de la paz, de la felicidad; en definitiva, en la búsqueda de Dios, que da sentido a la vida. De este reconocimiento de raíz antropológica, deviene la necesidad de una inculturación del Evangelio de Jesús, a la luz de esos cambios epocales, que le permitan al joven reconocer como válida la opción que propone la Iglesia, nuestro centro educativo, oratorio o comunidad. La frágil afectividad del joven posmoderno debe descubrir el cimiento de su vida en la amistad de Jesucristo que lo recibe en su seno con las debilidades e imperfecciones para fortalecerlo, perfeccionarlo, no con reproches ni condenas, sino con su paciente y transformador amor de Padre.

Ese descubrimiento del amor de Dios, del sentido de la vida, debe poder ser comunicado. Tomar conciencia de la corresponsabilidad en la edificación del Reino que tenemos debe ser el motor que impulse a los jóvenes y adultos a ser protagonistas en la vida eclesial, anunciando el Evangelio.

Para avanzar en esta dirección es necesario revisar nuestras opciones institucionales-académicas-pastorales. Para esto podemos discutir si tenemos presentes los siguientes ejes:

– Enseñar, mostrar y reflejar un Dios comprometido y no indiferente con la realidad individual y social, especialmente en los momentos más débiles.
– Proponer una religión que no sea “tapa-agujeros” sino que nos ayude a resignificar nuestras oscuridades.
– Redescubrir que el nombre de Dios es Padre y Misericordia, y no “Juez”, “Recompensa”.

B3) Muchas veces, también en ambientes educativos nos hemos olvidado de la fragilidad a la hora de pensar la educación. Aceptar la fragilidad y vulnerabilidad de la condición humana, asumirlas como punto de partida y reconocerles su fecundidad es un nuevo desafío educativo. Es un desafío que nos lleva incluso a revisar nuestras prácticas educativas actuales, cuestionar qué significa educar hoy y hasta si tiene sentido hablar de educación. El clásico ideal de “educación integral”, en el que tantas veces ha insistido la Iglesia Católica respecto a su acción educativa-evangelizadora, no puede olvidar esta dimensión del ser humano para cumplir su objetivo. Es necesario no idealizar el sujeto sino tomar como centro de nuestra reflexión y nuestra práctica la persona concreta, de carne y hueso, con sus potencialidades, pero también con sus fragilidades, con sus limitaciones, en su vulnerabilidad constitutiva. Se trata de cambiar de registro y abandonar la idea de un sujeto modelado en la autonomía, la autosuficiencia y de la inde¬pendencia; se trata de abandonar la idea de un sujeto «auto-consis¬tente» y aislado por una subjetividad abierta al otro.

Para esto proponemos pensar en grupos qué acciones concretas nos podrían ayudar a materializar los siguientes objetivos de una antropología de la fragilidad y la vulnerabilidad en los tiempos actuales:

– Una educación que no imponga modelos de vida predeterminados que terminan funcionando como fronteras de exclusión, sino que invite, especialmente con su ejemplo y coherencia, a formas de vida diversas pero igualmente impregnadas del mensaje evangélico.

– Una educación que ayude a criticar las normas sociales y culturales que van en contra de la vida y todas sus manifestaciones y que explore creativamente y fomente otras normas nuevas.

– Una educación que no se resguarde en antiguas seguridades, miedos y amenazas sino que enseñe a navegar en mares de inseguridad. Una educación que no se crea portadora de saberes fijos e inmutables sino que se anime a elaborar y compartir mapas para caminar en tiempos de incertidumbre.

– Una educación que no confunda la felicidad con la comodidad, con no tener que hacer nada, con anhelar “estar en un cómodo sillón” como decía Papa Francisco en la última JMJ 2016, ni reduzca el éxito al crecimiento económico a cualquier costo, sino que sea un lugar de resonancia de formas alternativas de vida individual y comunitaria más dignas y plenas para todo los habitantes de “nuestra casa común”.

Posibles recursos inspiradores:

Para el trabajo con docentes o jóvenes adultos se pueden usar como recursos didácticos estas canciones de Eduardo Meana:

– “Parte de lo humano” ( https://www.youtube.com/watch?v=G9DOC3plOhg )
– “Declaración de domicilio” ( https://www.youtube.com/watch?v=Elk5X7ulBTw )

Fabiana Delicio
María de los Ángeles Berardi

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