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25. Formacion de formadores en la pedagogia murialdina

Educar es generar, es decir vivir una relación capaz de generar vida nueva, plena, hermosa, armoniosa. La tarea del formador es hablar al corazón, entrar en empatía, tener autoridad y credibilidad. Una película de 1995 de Jeremy Leven, podría ayudarnos a entender lo que significa vivir y compartir el educar como experiencia de vida. Encontrar al otro es también encontrarse a sí mismo, por esto es válido el dicho: “Formarse para formar. Formar para formarse”. Amor, afectividad, ternura, dulzura son los términos que rigen la relación educativa, en la perspectiva de descubrir cada vez más lo que somos hoy y lo que podríamos ser mañana.

Nunzia Boccia

Se você quiser aprofundar

25. Formacion de formadores en la pedagogia murialdina “Hombre, sé aquello que eres”

(Nunzia Boccia)


Un formador, o quien se ocupa y preocupa de la formación de los adolescentes, jóvenes y adultos, es tal si es, en primer lugar, capaz de poner al centro la dimensión relacional y la persona en su totalidad (dimensión física, intelectual, emocional y espiritual). Intuir algo del otro, algo escondido, quiere decir haber estado atento al otro, quiere decir que se ha tenido el tiempo para detenerse no a observarlo desde el exterior, sino a encontrarlo. La formación nace de un encuentro no necesario, sino casual, un encuentro en el que el otro no es percibido como un problema que hay que resolver, sino como una vida a descubrir.
La crisis de hoy es tal que no es suficiente invocar el sentido, apelar a la persona, a los valores. Los valores, de hecho, si son percibidos en modo abstracto no mueven la existencia. Percibir qué alguna cosa vale realmente significa querer continuarla en la propia experiencia, en la propia vida. El verdadero reto de la educación es cuestionarse no tanto sobre lo que se hace, sino cómo se lo hace. Si se lo hace queriendo establecer una relación y si se lo hace para educar y reeducar a sí mismo antes que al otro.
Hoy es importante adquirir competencias, habilidades que sean coherentes con la estructura social del mundo contemporáneo. Es necesario, por tanto, proponer un nuevo modo de formar. La formación no es tanto una disciplina desde arriba, una imposición, un colmar la personalidad del chico, del joven, con un sistema de valores o, al contrario, un abandonarse a la sola espontaneidad. En verdad, formar es educar a estar en relación; pero no a cualquier relación, sino a una relación generativa. Los niños y jóvenes se forman si se sienten generados y si sienten que pueden generar.
Es y será fundamental el tiempo de la relación, la intensidad de la relación formativa. Esto se realiza a través de una dimensión que es no sólo intelectual sino, sobre todo, afectiva. Tenemos una gran tradición cristiana a redescubrir: es la dimensión del corazón que atraviesa las páginas de la Biblia, y también las de nuestra tradición pedagógica, desarrollada a lo largo de siglos, por Murialdo, por los santos educadores, a través de la importancia que daban a la ternura, a la capacidad de hablar al corazón.
En la medida en la que hablamos al corazón, creamos una relación virtuosa, porque entramos en una dimensión, que llamamos empática, que en esencia es la sintonía que se crea entre dos personas, entre dos libertades.
No es suficiente ser un formador con autoridad, hay que ser creíble. ¿Y qué es la credibilidad para un formador? Es su coherencia, es su capacidad de actuar de tal manera que lo que dice hoy, no sea desmentido mañana. Creíble es la manera de acompañar al otro haciéndolo crecer y activando procesos que son los procesos de crecimiento, que son difíciles pero que deben partir de la libertad del otro. Pero, atención: la libertad no es nómade, es una libertad que no nos permite hacer lo que nos da la gana, es una libertad sostenida siempre por el principio de responsabilidad. La construcción del principio de responsabilidad es lo que hace que la gente crezca.
Hay una película de hace unos años que podría ser una huella de lo que se está diciendo teóricamente aquí: “Don Juan de Marco – Maestro de amor” de Jeremy Leven, 1995.
Es la historia de un hombre que se refugia en la vida aventurera de un héroe enmascarado del pasado. En plena década del noventa, este hombre se disfraza para luchar y defender el verdadero amor. Es confiado prontamente al cuidado de un psiquiatra que trata de entender el origen de la enfermedad y encontrar una cura. El paciente, en modo sincero e impactante, afirma saber que no es un héroe, sino que se ha refugiado en ese mundo de fantasía para escapar de una realidad hecha de pobreza de valores y de egoísmos. Luego lanza un desafío al psiquiatra diciéndole que se sacaría la máscara y que volvería a la realidad sólo si el médico fuera capaz de demostrarle que la respuesta a cuatro preguntas importantes es verdadera y que se puede vivir la propia vida con amor. El héroe enmascarado dice al doctor: “Sólo hay cuatro preguntas que importan en la vida: qué es sagrado, de qué está hecho el espíritu, por qué cosa vale la pena vivir y por qué cosa vale la pena morir … La respuesta a cada una es la misma: sólo el amor”. A este punto, es el médico quien tiene que demostrar con su vida que la respuesta es la correcta. Será entonces la vida del médico, que tenía serios problemas de relación con su esposa y sus hijas, a cambiar por completo. Para tratar de curar a su paciente, aceptando el desafío, su médico cambia de vida. Reconquista el placer de estar con sus hijas, cura la relación ya destrozada con su mujer… Al final, el médico que trataba de salvar a su paciente es salvado por la exigencia de este de vivir lo que decía, de testimoniar con la propia vida y con la manera en que vivía, que el amor es la respuesta.
Para encontrar, acoger y comprender al otro, por tanto, deberíamos antes haber encontrado, acogido y comprendido a nosotros mismos. De lo contrario, nos proyectamos continuamente en los otros y, a veces, queremos … desesperadamente … morbosamente … curar a los demás, como consecuencia del hecho que no queremos curarnos a nosotros mismos.
Jung dice que el método es el analista. Más sencillamente se puede decir: lo que forma verdadera y efectivamente es la calidad y la estatura humana del formador.
Formarse… para formar. Formar para formarse…
Los formadores de los adolescentes, de los jóvenes, deben ser ricos en humanidad, maestros, testigos y compañeros de camino, presentes en la realidad y dispuestos a encontrar a los adolescentes y jóvenes allí donde están, a escucharlos, a despertar en ellos preguntas sobre el sentido de la vida y sobre su futuro, a desafiarlos a tomar en serio, incluso en clave vocacional, el compromiso por la vida.
La identidad del formador es un proceso en construcción, es un trabajo que dura toda la vida. Aún más, la identidad sólo puede ser construida en las relaciones, en una trama rica de relaciones interpersonales significativas.
Al formador, en lo que respecta a nuestra experiencia de FdM, se lo encuentra en el servicio a menores en riesgo, en la escuela, en la formación, en el oratorio, en la parroquia. Por lo tanto, el perfil del formador debe ser pensado siempre a partir de la relación experiencial, que vive con ciertas instituciones, en un territorio determinado, en una organización, con personas con muy específicas y concretas, portadoras de características propias.
Este perfil se convierte en esencial cuando el formador no está solo, sino que actúa en un contexto que lo ayuda y apoya en su acción. La formación no se inventa, no es un momento de acción solitaria, sino algo que debe ser compartido y verificado en grupo. No es el individuo que forma, sino la comunidad, el equipo. Es importante compartir un proyecto formativo y ser testigos de la atención a la persona. Si la pedagogía de la persona es la opción de fondo del formador, esta sólo puede ser promovida a través de un diálogo entre personas que entran en relación y se ponen en juego dentro de una dimensión comunitaria, en una visión, para una misión. Formar, en mi opinión, no es dar una forma, plasmar a nuestro gusto al otro, sino tener el don de descubrir junto al otro, en un camino compartido y responsable, la forma que este ya tiene en sí, aún cuando no tenga la percepción y la conciencia. Formar es concientizar al otro de lo que ya es, de lo que ya tiene.
Un formador nunca podrá formar realmente a menos que continúe a formarse.
Una lámpara nunca podrá iluminar a otra llama sin que esta continúe a alimentar la propia llama. (Robindranath Tagore, 1861-1941 – Premio Nobel de Literatura).
El formador debería construirse en su interior a través de una serie de habilidades importantes:
• relacionales y comunicativas;
• humanas, espirituales, valóricas;
Partimos de un absoluto, de un principio: no hay mejor oportunidad de ayudar verdadera y eficazmente a los demás, sino conociéndose a fondo a sí mismos y, por tanto, trabajando en el “construirse en humanidad”.
Nos guste o no, el formador tiene una gran posibilidad, que es también una gran responsabilidad en la libertad. Esto conlleva una inevitable auto-implicación personal: no es posible no ponerse personalmente en juego; en cada relación se da, se entrega, se regala, algo de sí mismo.
¿En qué consisten estas posibilidades humanas y valóricas?
Creo que pueden remontarse a una actitud fundamental que nace de la espiritualidad murialdina: la ternura.
El riesgo de un discurso sobre la ternura es confinarla solamente al horizonte de los sentimientos y de las palabras, de la sola espontaneidad y de las emociones pasajeras. En cambio, es un discurso fuerte. Es humanidad, porque toca las cuerdas más genuinas del ser; es teología, porque la ternura es parte de la inefabilidad de Dios; es una opción de vida; es un compromiso, porque implica una conversión.
La ternura es una forma de ser que hace sentir al otro deseado y deseable, importante para ti; lo hace consciente de ser un valor sin el cual tu vida está vacía, faltante de algo significativo; hace sentir bien al otro así como a sí mismo: no viola su libertad, sino que la refuerza con la propia. Incluso en el plano de la fe, la ternura y el deseo van de la mano: la fe es el deseo de Dios, hace referencia a la ternura de Dios que se encarna en su creatura para caminar con ella.
La ternura no se impone, sino que sabe esperar con firmeza y confianza; no obstaculiza con actitudes de superioridad, sino que va al encuentro; no es inclusiva o cerrada en recintos de seguridad y poder, sino que se expone, se amplía, se dilata. Es espera, vigilancia, confianza, gratuidad, custodia.
Privilegia a cada uno, en cada aspecto del mundo al que pertenezca, restituyéndole el derecho a ser reconocido, estimado, valorizado en su propia diferencia.
La ternura se propone como una tensión que debe recuperarse a todo nivel -personal, público, eclesial- en la conciencia del reconocimiento de las diferencias y de los límites, de la fragilidad y de la radical necesidad humana de relación y de interdependencia; como condiciones y valores contrastantes con la mentalidad dominante de fuerza y superioridad.
Por último, la regla de oro no indica algún contenido específico de la formación: el contenido no se da jamás una vez para siempre. Lo que emerge es el sentido, no el particular; es un problema de orientación, de capacidad de estar en la situación concreta: todo esto pone justamente en la relación un valor alto, sublime, excelso.
En esta perspectiva, los contenidos son siempre contingentes, dependen de las personas que van cambiando; pero la forma, entendida como la capacidad para acoger… la humanidad del otro, permanece universal. Y, atención, no existe el prójimo indiferenciado, sino siempre el concreto. Don Milani: “el prójimo es aquel que está al lado”. Levinas: “el prójimo siempre tiene un rostro a quien mirar”.
Una formulación budista de la regla de oro dice así: “Si ilumino el camino a otro, también el mío se ilumina. Es bueno también para mí hacer el bien a otro”. Hace relación al discurso del cuidado y del carácter sagrado de la relación.
Es fundamental formar el deseo (etimológicamente del verbo latino de-siderare, mirar atentamente las estrellas, es decir, educar a la trascendencia, a mirar el cielo y las estrellas, … al más allá). No se trata de transmitir un contenido específico, sino más bien educar al deseo, educar a la posibilidad de trascendencia. Luego cada uno colmará este deseo suscitado o estimulado por el formador cómo y cuándo quiera o pueda. Ciertamente, puede parecer, una vez más, una forma débil de educación, pero quizás es la única realmente importante… es educar a la esperanza, a la confianza.
Antoine de Saint- Exupéry lo decía, no en El Principito: “Si quieres construir un barco, no reúnas a los hombres para hacerles recoger la leña, dividir las tareas y distribuir el trabajo, sino más bien enséñales la nostalgia del mar amplio e infinito” .
Se trata de abrirse a la dimensión del no-todavía, a una proyectualidad que nace de la confianza en el futuro y en la vida. Justo en la tensión entre el anhelo y la falta, comprendemos el sentido genuino de la inquietud como clave de la condición humana, una inquietud que el formador debe saber abrir y suscitar.

Nunzia Boccia

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