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59. Helena, apóstol de la tolerancia

Las virtudes que tratamos de ejercer y vivir en nuestro pequeño mundo, como educadores y como portadores de una nueva civilización, son las mismas virtudes que han guiado algunos momentos muy importantes en la historia del cristianismo y de nuestra civilización. De aquí el sentido de la historia que aquí se presenta, que se refiere a los hechos relacionados con Constantino y su madre Helena. Acogida, tolerancia, búsqueda de la propia identidad, son mensajes que hoy podemos hacer nuestros.

María Lara Martínez

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59.    HELENA, APÓSTOL DE LA TOLERANCIA       

         (María Lara Martínez)


A comienzos del año 313, en el Imperio Romano se adoptó una decisión digna de ser escrita para la posteridad con letras de oro: el fin de las persecuciones religiosas. Por aquel entonces, existían cerca de 1.500 sedes episcopales y se estima que entre 5 y 7 millones de habitantes, de los 50 que componían su población, profesaban el cristianismo.

En el viaje de la fe, de la catacumba a la basílica, tuvo un papel decisivo Flavia Iulia Helena, madre del emperador Constantino, una mujer humilde y repudiada que no sólo logró que en el orbe brillara la tolerancia, sino que además abrió brecha en la peregrinación a Jerusalén. Nunca soñó con ser cristiana, tampoco quiso ser emperatriz, sin embargo, anheló casarse como toda doncella. Las dos primeras metas le salieron al paso, lo tercero, aparentemente lo más sencillo, no lo consiguió. Sin embargo, ni siquiera el repudio logró borrar de su semblante los rasgos de la alegría.

Fue la primera arqueóloga, las reliquias de la Pasión que descubrió en el Gólgota hoy se hallan repartidas por el planeta, cerca de la casa madre de los Josefinos en Murialdo se custodia el lienzo que fue testigo de la Resurrección, la Sábana Santa.

Verdaderamente Helena experimentó la sensación de sentirse Querida, emoción que, quince siglos más tarde, llevaría a San Leonardo Murialdo a expresar: “Dios me quiere. ¡Es verdad! Dios me quiere. ¡Qué alegría!” y, en suma, ejemplifica el consejo del fundador a de no actuar como filántropo “sino como apóstol para difundir el reino de Cristo sobre la tierra… en unidad de acción y amistad”.

  1. In hoc signo vinces

En el tránsito del siglo III al IV el cristianismo había crecido tanto en número y en fuerza que para Roma era preciso tomar una decisión: erradicarlo o aceptarlo. El emperador Diocleciano trató de eliminar el nuevo credo, pero fracasó y puede decirse que su sistema, la tetrarquía, ideado como fórmula administrativa y de gobierno del Bajo Imperio, sucumbió en el intento.

La asociación entre los césares y los augustos con deidades romanas como Júpiter y Marte- vinculaciones ficticias con las que se buscaba recalcar la legitimación carismática- resultó caduca, pero Diocleciano se obstinó en emular al funesto Nerón, desatando junto con Galerio en el año 303 la “gran persecución”, con el deseo de restaurar la unidad política, “amenazada” por el incesante auge del cristianismo. Entre otras barbaridades, ordenó demoler las iglesias, quemar las copias de la Biblia, entregar a muerte a las autoridades eclesiásticas, privar a los cristianos de los cargos públicos y de los derechos civiles…, obligándolos a hacer sacrificios a los dioses so pena de muerte.

En el año 306 un grupo de oficiales de las guarniciones de Roma le ofrecieron la púrpura a Majencio, el hijo del poderoso Maximiano. El intrigante joven se hizo llamar príncipe invicto y, en la consulta de los libros sibilinos en vísperas de la batalla de Puente Milvio, se le comunicó que perecería el enemigo de Roma, presagio que le infundió optimismo para entrar al combate. Los emperadores eran asiduos a la magia. ¿Qué mejor, para preparar con precisión la estrategia, que consultar a los arúspices y a los augures a fin de que, a través del vuelo de los pájaros o de las entrañas de los mamíferos, dieran el veredicto de los hados a las legiones?

Dicen que en el año 312 Constantino, cuñado y rival de Majencio, vislumbró en el cielo el esplendente símbolo del crismón con el lema “in hoc signo vinces” (“con este signo vencerás”) y, así, la batalla de Puente Milvio le abrió las puertas de la Urbe. Majencio murió ahogado en el Tíber y la madre de Constantino, Helena, convertida hacía poco en discípula del Galileo, marchó a su encuentro a Roma, incorporándose en unas décadas el blasón a la iconografía paleocristiana.

En 313, pese a la rivalidad entre Licinio y Constantino- cabezas visibles de Oriente y de Occidente respectivamente- se selló un pacto irénico que venía a sumarse al edicto emitido en Nicomedia dos años antes, en virtud del cual se reconoció la existencia legal de los cristianos. Sobre la sinceridad del pacto de Galerio siempre podremos tener dudas pues, a cambio de que los recién salidos de las catacumbas oraran a su Dios con el fin de que la “República” continuara intacta, obtuvieron indulgencia para reunirse y levantar templos. No obstante, hemos de reconocer que, en tanto en cuanto frenó el derramamiento de sangre, constituyó todo un hito en un Imperio donde los gladiadores de Cristo eran devorados por las fieras.

Pero Constantino, lejos de atribuir al cristianismo un lugar prominente, parece que quiso conseguir la benevolencia de la divinidad en todas sus formas y, por ello, a pesar de favorecer a la Iglesia, continuó dando culto al Sol Invicto. En cualquier caso, en el año 313 el paganismo dejó de ser el credo oficial del Imperio y el cristianismo recibió reconocimiento jurídico, lo que impulsó su florecimiento no sólo mediante la sangre de los mártires, en tanto que semilla de nuevas vocaciones, como reconociera Tertuliano, sino también a través de la legalidad vigente.

  1. El Edicto

Todavía no se han recuperado los registros en piedra del llamado “Edicto de Milán”, pero el texto nos ha llegado por una carta escrita en el año 313 y remitida a los gobernadores provinciales, documento que recogen Eusebio de Cesarea- el biógrafo de Constantino- en su Historia eclesiástica, y Lactancio- el tutor de su hijo Crispo- en Sobre la muerte de los perseguidores.

Por primera vez quedaron abrigados bajo el mismo manto, el de la tolerancia, el escéptico, el ateo y el creyente. El Edicto de Milán estableció la libertad religiosa para todos los ciudadanos del orbe y, en consecuencia, reconoció explícitamente a los cristianos el derecho a gozar de tal status. Además, ordenaba que fueran restituidos a los cristianos sus antiguos lugares de reunión, así como otras propiedades confiscadas por las autoridades romanas y vendidas a particulares. No fue un “invento” decimonónico la desamortización de los bienes eclesiásticos.

El panteón romano se había completado a lo largo de varias centurias con las deidades y los lares domésticos, con el culto a los propios antepasados y con las divinidades autóctonas que habían sido asimiladas tras el proceso de romanización en muchos lugares del Imperio. Pero el cristianismo desencadenó una revolución de las conciencias, derribando los diques de la hipocresía y del convencionalismo que rodeaban al culto romano.

El cristiano no admite la ambigüedad ni las actitudes políticamente correctas. Respetará al César pero nunca lo venerará porque sólo adora al Dios único. Esta exclusividad hacía peligrar la vida de los seguidores de Cristo, mientras que los judíos y los asiduos a los misterios orientales (Mitra, Cibeles, etc.) tenían una posición menos arriesgada al admitir el eclecticismo y el sincretismo, poniendo una vela a su divinidad y otra al césar.

No había finalizado el siglo IV cuando, con el Edicto de Tesalónica (380), Teodosio convertiría al catolicismo en religión oficial. Fue un período difícil, en el que cambiaron las reglas del juego. Ahí está la leyenda de la excomunión decretada por San Ambrosio, obispo de Milán, sobre el emperador hispano tras la revuelta y posterior matanza en Tesalónica. El Concilio de Nicea (325) había tratado de frenar las fuertes disputas con los arrianos, pero Teodosio heredó un Imperio sumido en una profunda crisis. Hacia el 395 se dividiría y, en el año 476, caería su mitad occidental ante la presión de los pueblos germánicos, sobreviviendo sólo Bizancio en Oriente.

Son notables los pasos que se han dado en los últimos siglos en favor del pluralismo (democracia, constitucionalismo, organismos supranacionales, etc.) pero el Edicto de Milán no ha sido igualado, tengamos en cuenta que, en el siglo XXI, 350 millones de cristianos sufren persecución religiosa y que los ataques han aumentado un 309% en la última década. Ojalá brillaran hoy en el planeta los tintes ecuménicos que elevaron sobre las demás disposiciones imperiales el decreto acuñado por el hijo de Helena, la tabernera de Drepanum.

  1. Helena, la emperatriz peregrina

La conversión del Imperio viene precedida por el tránsito del paganismo al cristianismo experimentado personalmente por una mujer humilde, a quien la Iglesia festeja cada 18 de agosto con el nombre de Santa Elena.

En el año 250 d.C., nacía en un humilde hogar de Bitinia Flavia Iulia Helena. Trabajando como stabularia en la taberna familiar, conoció a Constancio Cloro, un joven ilirio que avanzó vertiginosamente en el cursus honorum. Fruto de esta unión nacería en Naissus en el 272 su hijo Constantino.

Pero, pronto, la ambición llevó a Constancio a repudiar a Helena y a contraer matrimonio con Teodora, hijastra del emperador Maximiano. Con ella tendría seis hijos: Flavio Dalmacio, Julio Constancio, Anibaliano, Constanza, Anastasia y Eutropia, aun cuando siguió preocupándose por la trayectoria militar de su primogénito quien, por otra parte, sería aclamado césar por las tropas paternas.

Desde aquel momento, la vida de Helena transcurrió en los palacios de Tréveris y de Roma. Su conversión al cristianismo la llevaría a emprender en su senectud- cuando contaba en torno a 76 años de edad- la aventura de emprender el camino hacia Jerusalén. Su propósito era encontrar la Cruz de Jesús, decisión que tomó a partir de las revelaciones transmitidas en un sueño, según cuentan las fuentes históricas de la Antigüedad Tardía. A Helena se debe la construcción, entre otras basílicas, de las del Santo Sepulcro, en el Gólgota, y de la Natividad, en Belén. En el siglo IV, otros viajeros, como el peregrino de Burdeos y la monja Egeria, seguirían sus pasos por Palestina y la Edad Media se cimentaría sobre la recuperación de los Santos Lugares mediante las expediciones puestas en marcha por los cruzados.

En el 330 Helena falleció en Roma y fue inhumada en la villa imperial cercana a la iglesia de los santos Pedro y Marcelino, en el mausoleo ad duas lauros, mandado construir, inmediatamente después de la victoria sobre Majencio. La urna de pórfido, que albergó su cuerpo, pasó al claustro de San Juan de Letrán en 1627, en tiempos de Urbano VIII, y a los Museos Vaticanos a finales del siglo XVIII, bajo el pontificado de Pío VI. En 1821 los restos de Helena serían encomendados a la cofradía del Santo Sepulcro de París, siendo depositados como reliquia en la iglesia de Saint Leu. Su cabeza reposa en la cripta de la catedral de Tréveris, templo que también alberga la túnica sagrada.

Sobre el palacio que habitó en Roma, la Domus Sessoriana, se levanta hoy la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, en la que son custodiados la Vera Cruz, varios clavos, la esponja empapada en vinagre, la corona de espinas, el titulus (comúnmente conocido como INRI) y el madero del buen ladrón. En iglesias repartidas por todo el mundo se veneran fragmentos de la Cruz. Los veintiocho peldaños del pretorio se conservan en la Scala Santa, antigua capilla papal de San Lorenzo, enfrente de San Juan de Letrán, en Roma. Constantino le dio a Drepanum, ciudad natal de su madre, el nombre de Helenópolis en el año 327 y erigió estatuas en su honor en la mítica Roma y en Constantinopla, la nueva capital del Bósforo.

  1. El Evangelio de Helena

Helena escenificó grandes lecciones, así son todas las que contiene el Evangelio, pues Dios habita en la Palabra, y el Verbo trajo la alegría a un mundo que vivía en tinieblas en espera del Mesías. Porque cada vida es obra de Dios y la criatura fue hecha a Su Imagen y Semejanza, Jesús hablaba en parábolas relacionando, a través de la comparación y la metáfora, el escenario de la Creación y la interioridad del yo. Así nos muestra en su predicación que nada es imposible para el Padre y que los últimos pueden llegar a primeros (Mateo, 20, 16).

A Belén la Noticia vino con la estrella que ratificaba la profecía: “pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti saldrá el que será Señor en Israel” (Miqueas, 5, 2). El profeta contemporáneo de Isaías (los dos vivieron hacia el siglo VIII a.C.) contrapone la crisis momentánea de Judá a la liberación duradera. También la tristeza en la vida de Helena es efímera si se compara con la longitud de la salvación.

A Jesús lo adoraron los pastores, además de los magos con su recua de dromedarios, pero los suyos no lo reconocieron: “fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción” (Isaías, 53, 3). Aguardaban al príncipe que entraría pasando por la espada a todos sus oponentes en un carro de fuego, sin embargo, se montó en una barca de Genesaret en túnica y sandalias. Detestó la revancha, después de la Última Cena frenó a Pedro y lo reprendió por cortar, en su defensa, la oreja a Malco, criado del sumo sacerdote: “Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan, 18, 11). Y“a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios” (Juan, 1, 12).

La protagonista de nuestra investigación no era doctora, apenas tenía estudios. Tampoco poseía la facultad de imponer las manos ni de hacer milagros. Hablaba latín y griego no como signo de erudición, sino porque eran las lenguas nativas e internacionales en Occidente. La profecía la pilló de susto, pues su visión del Gólgota no constituía anticipo de lo que iba a suceder sino recordatorio del padecimiento del Rey de los Judíos. Sin saberlo sintió la presencia de Dios como los sabios de la Acrópolis, que cifraban el mayor bien en la virtud, reflejo de una Idea que, después, vino a coincidir con los rasgos del Padre.

Quiso ser esposa, se quedó con las ganas de tener unos esponsales en la Tierra que la convirtieran en mujer velada, legítima, pero no podría contener la emoción al percatarse, después del bautismo, de la profecía de Isaías: El que te hizo te tomará por esposa; su nombre es Señor de los ejércitos. Tu redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra. Como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud repudiada- dice tu Dios. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero- dice el Señor, tu redentor. ¡Oh afligida, zarandeada, desconsolada! Mira, yo mismo coloco tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros; te pondré almenas de rubí, y puertas de esmeralda y muralla de piedras preciosas” (Isaías 54, 5-8, 11-14).

Aspiró a lo Alto, como incitaba a hacer la Primera Carta a los Corintios (capítulo 12) a propósito del reparto de los carismas: “Por ventura, ¿son todos apóstoles? ¿O todos profetas? ¿O todos doctores? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos la gracia de curar? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos? Mas vosotros entre esos dones aspirad a los mejores”.

A Helena le tocó beber un tremendo cáliz de sangre cuando se enteró de la muerte de su nieto, Crispo, por orden de Constantino, que lo mandó ejecutar en un arrebato de ira por calumnias de su esposa, la maléfica Fausta. Mas nunca se cansó de hacer amigos por el camino. Gracias a su intercesión en el año 313 se dio libertad de culto en el imperio y, nuevamente, sin empeñarse en conseguir una etiqueta, Helena se convirtió en apóstol de la tolerancia. El cristianismo le había restituido su dignidad y ella contribuía a expandir el derecho a la libertad en un tiempo de esclavos.

Ya anciana se presentó en Jerusalén. Como María Magdalena vio la Cruz y los clavos pero la losa del sepulcro yacía vacía. La Buena Nueva sólo puede predicarse mediante el lenguaje de la alegría y Helena fue la artífice de que también la arqueología se sumara al Anuncio.

“Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”, le pregunta Jesús a la Magdalena (Juan 20, 15). Cuestión que sigue respondiendo hoy a los cristianos mediante la Eucaristía con la promesa del encuentro: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Apocalipsis, 3, 20).

Dos conceptos, el de apostolado y el de tolerancia, que la Familia de Murialdo sitúa en primera fila de acción, educando para la interioridad y la gratuidad con actitud de acogida y optimismo, educando para la libertad y la responsabilidad mediante un clima de diálogo, educando para la convivencia y la paz generando pautas de tolerancia y caminos de pacificación, y educando para la vida sana a través del respeto al propio cuerpo y la sensibilidad hacia la naturaleza.

María Lara Martínez

Bibliografía

– LARA MARTÍNEZ, Laura y María LARA MARTÍNEZ: “Santa Helena y el hallazgo de la Cruz de Cristo”, Comunicación y Hombre (revista interdisciplinar de Ciencias de la Comunicación y Humanidades), número 3 (2007), pp. 38-50.

– LARA MARTÍNEZ, María: El velo de la promesa, 8ª edición, Madrid, Alfonsípolis, 2013.

– LARA MARTÍNEZ, María: Memorias de Helena, Madrid, Alderabán, 2014.

María Lara Martínez, historiadora y escritora, Doctora Europea en Filosofía y Profesora de la Universidad a Distancia de Madrid -UDIMA-, es autora de “El velo de la promesa”, obra con la que ganó el Premio de Novela Histórica “Ciudad de Valeria” y que ahora está en la 8ª edición, y de Memorias de Helena, la continuación de la saga sobre Constantino, la Cruz y el Imperio.

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