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12. Huellas de pedagogía josefina

El texto trata de hacer interactuar la espiritualidad con las opciones en el campo educativo, las opciones de contenido y de método. Sigue siendo fundamental el testimonio de vida, sabiendo que cuanto más el educador (religioso o laico) vive la espiritualidad murialdina, más la encarna como educador. Así, si por el lado de la espiritualidad se encuentra el testimoniar a: Dios Amor, Jesucristo con los niños, San José, la humildad, la caridad; por el lado educativo se encuentra: el espíritu de familia, la atención a la integralidad, la opción por la personalización, la participación en la educación. En este sentido, la espiritualidad se entiende como aquello que anima, que da forma, a la pedagogía; la pedagogía es como una encarnación de la espiritualidad. En el centro está la tarea de testimoniar el amor de Dios, haciendo del servicio educativo una modalidad privilegiada de ese testimonio dirigido principalmente a los jóvenes y los pobres.

Fr. Angelo Catapano

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Si quieres profundizar

12. Huellas de pedagogía josefina

(P. Angelo Catapano)


Introducción

El modelo típico de la acción de San Leonardo Murialdo, el carisma espiritual y apostólico transmitido por el Fundador, la tradición pastoral-educativa de la congregación, los proyectos y las praxis de cada uno y de las obras, forman la herencia inspiradora de la cual partir para identificar huellas de una “pedagogía de josefina”.
El cambio de culturas, épocas y lugares, las demandas de las comunidades eclesiales en el ámbito local, las urgencias de hoy, representan un desafío para la actualización, la adecuación y la eficacia de lo que ha sido transmitido a lo que hoy llamamos la “Familia de Murialdo”, en la complejidad de sus componentes religiosos y laicos.
Al hacer este resumen, se consideró apropiado señalar sólo los elementos más característicos y de mayor alcance que, como principios generales, mantienen una cierta validez más allá de los límites del tiempo y del espacio. Se distinguen dos aspectos diferentes. El primero mira más bien a los fundamentos de la espiritualidad josefina en la educación; el segundo se detiene en las orientaciones de método, centradas en cuatro líneas principales que atraviesan la acción pedagógica.

1. Fundamentos espirituales

Las actitudes que identifican la pedagogía josefina y que cualifican su metodología brotan de la espiritualidad que está en la base de su específica vocación, del carisma que es el alma de su misión en la Iglesia y en el mundo.
Su estilo fundamental es el testimonio de vida, en la convicción que toda la actividad educativa pasa necesariamente a través de una mediación humana y que se alcanzan objetivos pastorales más por lo que se es que por lo que se hace. Este es un método que se presenta actual y eficaz, si es verdad que aprendemos más de los hechos que de las palabras, si se reconoce la función educativa de los modelos y se ve cómo es fundamental hoy en día la transparencia y la credibilidad.

Testimoniar el Dios Amor
* Amar tomando como modelo Dios Amor es una precisa herencia testamentaria de Murialdo, es el modo josefino de ser “a imagen y semejanza” del Padre, es la principal clave interpretativa de su acción educativa.
* Este método lleva a expresar los mismos rasgos del amor de Dios en la relación con los jóvenes, especialmente de aquellos que pueden acercarse a la bondad del Padre celestial sólo a través de la figura del educador y de su testimonio de cariñosa paternidad, de entrega total, de concreta adaptación y de dulzura paciente.
* De aquí resulta un cuadro singular:
DIOS AMOR MÉTODO EDUCATIVO
• Paterno y providente familia
• gratuito e infinito globalidad
• actual y personal personalización
• tierno y misericordioso compartir

Testimoniar a Cristo con los niños
* Con su acción pastoral, los josefinos “siguen haciendo presente en la Iglesia el misterio de Cristo que ama a los pobres y bendice a los niños”.
* La metodología educativa de la Familia de Murialdo no quiere ser otra cosa que una expresión concreta de algunos valores presentados por Cristo, con el fin de ofrecer en el contexto de la nueva evangelización un especial testimonio de Evangelio vivido.
* Es el compromiso a repetir en el tiempo y en el espacio, con una específica atención en orden a la acogida de los menores, la Palabra de Jesús: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mc 9,37).

Testimoniar a San José educador
* El josefino es tal no sólo de nombre sino de hecho en cuanto reproduce con su manera de ser y de hacer el método de San José, que educó a Jesús niño y adolescente, contribuyendo a su crecimiento “en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2,52).
* La intuición original, ya está presente en Murialdo que decía: “a los ojos de Dios yo tengo la tarea de San José en relación con los niños, que son otros pequeños Jesús… ‘lo hicieron a mí’”.
* Este método conduce a una doble identificación: en el niño encontrar la presencia de Jesús (cf. Mt 25,40), en el educador la de José, con su estilo de auténtica paternidad.

Testimoniar la humildad
* Es el estilo característico de quien se pone al servicio con sencillez y delicadeza, reconociendo como fundamental, más allá de la capacidad personal y de la propia intervención, la acción educativa de Dios.
* Esto implica la aceptación de límites y errores, siendo conscientes que el ideal perseguido nunca se consigue plenamente.
* Es la elección de un trabajo silencioso y de una donación a toda la prueba, con el “hacer y callar” típico de la tradición josefina, con espíritu de generosidad y sacrificio, que lleva a dar la vida por los demás.

Testimoniar la caridad
* Es característico e irrenunciable, en la pedagogía josefina, el testimonio de la caridad, la opción a favor de los pequeños a quienes pertenece el Reino de Dios, el servicio generoso hacia los más necesitados, con la disponibilidad de “perder” a sí mismo (sus proyectos, el rol institucional) para acoger plenamente las necesidades del otro.
* Es el “secreto” propuesto por Murialdo para hacer el bien, con una “dulzura” buscada a propósito y renovada cada día en el amor, siempre nuevo y creativo, para hacer menos dolorosas las situaciones difíciles y remediar los males.
* Es la opción metodológica que traduce el mandamiento nuevo (Juan 13,34), con toda una serie de actitudes en las que se funda la “Pedagogía del Amor” (según la invitación de Juan Pablo II a los josefinos) y la misma experiencia esencial de la vida de fe.

2. Orientaciones metodológicas

La pedagogía josefina, que se caracteriza por la identidad y el estilo de los operadores según el carisma espiritual, se explicita en la praxis a través de cuatro orientaciones metodológicas básicas.
La acción educativa se puede agrupar en torno a los siguientes núcleos, que son como las ideas-fuerza y los principios inspiradores de una tradición constante en sus métodos: el espíritu de familia, la atención a la globalidad de los problemas, la opción por la personalización, el involucrarse en el compartir.

El espíritu de familia
* Formar “una familia muy unida” es el “nuevo sistema” propuesto por Murialdo y es la primera opción de método de la pedagogía josefina, condición principal para su eficacia; es un estilo que envuelve todo el ambiente educativo y crea un clima en el que es posible hacer experiencia de comunidad, de relaciones significativas de paternidad-fraternidad-amistad, de crecimiento hasta la autonomía de la madurez, asumiendo el propio lugar en el ámbito civil y eclesial.
* De aquí nace una meta ideal de vida común basada en la “unidad de pensamiento, de acción y de amistad”, de “comunidad integrada” entre laicos y religiosos, un estilo de autenticidad y simplicidad en las relaciones, un sentido de pertenencia natural que une a todos, de diferentes maneras, en la “Familia de Murialdo”, reflejada en el modelo trinitario y de la Sagrada Familia.
* Los religiosos, llamados explícitamente a ser “padres y hermanos”, tienen una tarea de responsabilidad y coordinación inherente a la fidelidad y al desarrollo del carisma, de testimonio cotidiano de vida de familia, de animación espiritual y de formación de los colaboradores.
* Los colaboradores, en diversas medidas y en diferentes formas, son parte integrante de la Familia de Murialdo; compartiendo el carisma, están invitados a formarse y actuar en línea con un específico itinerario espiritual/educativo, en sintonía con la Iglesia y la tradición josefina. Deben ser valorizados los órganos de participación a nivel local, provincial y nacional, comenzando por el “Consejo de la Obra”.
* A los jóvenes se les alienta a vivir progresivamente como protagonistas la planificación, ejecución y evaluación del proyecto que los involucra en primera persona; en las huellas de Murialdo que les daba confianza y contaba con su potencial, es necesario apuntar a su capacidad de responsabilizarse y a trabajar con ellos, más bien para ellos.
* Los laicos conscientes de su dignidad bautismal y de la común vocación a la santidad, están invitados a estar en comunión con el carisma y a participar de la única misión confiada a la comunidad. De acuerdo con las competencias profesionales, con la diversidad de circunstancias y de estado de vida, pueden llegar a compartir la responsabilidad también en la dirección y la gestión. No se debe olvidar, en este contexto, la contribución de los padres.

Atención a lo global (integralidad)
* El segundo principio metodológico nace bajo el signo de la atención global hacia el joven y la vida en sus diversas dimensiones: bio-física, intelectual-profesional, socio-afectiva, moral-espiritual.
* Murialdo expresa abiertamente que acoge ”para dar educación, no sólo instrucción”, ofreciendo junto a la fe el pan, el trabajo, el cuidado del “corazón” y de las cualidades útiles para ser “buenos cristianos y honestos ciudadanos”. La Regla afirma que el josefino, en la acción pastoral a favor de los jóvenes “se preocupará de su formación integral, ayudándoles a alcanzar la madurez humana y sobre todo a crecer en la fe”.
* Tal orientación advierte contra el peligro de hacer tan sólo transmisión de la cultura, o simple actividad deportiva o exclusivamente catequesis; cuando, en cambio, hay que ofrecer una multiplicidad de propuestas, en las que los jóvenes puedan encontrar respuestas a sus necesidades e, incluso, una globalidad de propuestas dentro de cada iniciativa.
* La globalidad de la acción pastoral está sintetizada en el lema de Murialdo ”orar, aprender, jugar”, que se traduce en la práctica en la triple actividad recreativa/deportiva, cultural/expresiva y religiosa/asociativa.
* Es un método que requiere atención a toda la persona, a la complejidad de las situaciones, a los condicionamientos sociales del ambiente y a un diseño proyectual adecuado, a fin de no caer en actividades aisladas e instrumentales, o socavadas por la competencia de otras agencias educativas.
* El compromiso por la salvación terrena y la eterna de la juventud, el “ne perdantur” de la tradición josefina, hace hincapié en la fusión de la evangelización y la promoción humana en la única misión -global- de la acción educativa.

Opción por la personalización
* La individualización: aún sin olvidar el discurso de la masa y la capacidad de llegar a muchos, se pone de relieve la importancia de una orientación pastoral centrada en la persona, en el conocimiento y el respeto incondicional de cada uno, a fin de tener en cuenta el grado de madurez de la persona, los problemas relacionados con la edad y con la psicología, las posibilidades y dificultades individuales, el mundo de ideas e intereses propio de quien se encuentra.
* La gradualidad: en la certeza de que el desarrollo evolutivo procede por grados, la pedagogía josefina trata de centrar las tareas sobre las capacidades reales, apuntando a un camino de progresión personal, proporcionando diferentes niveles de propuestas adecuadas y eficaces, ofreciendo oportunidades cada vez mayores con el fin de hacerles experimentar adecuadamente la responsabilidad y la autonomía.
* La continuidad: la tarea pastoral, que pone en juego a las personas, exige fidelidad a largo plazo. Idealmente esta es un compromiso asumido para siempre, que requiere superar una formal relación institucional y perseverar para seguir en el tiempo a aquel con el que se ha hecho un camino. No es correcto preocuparse sólo por una etapa de la vida y dejar luego a cada uno librado a su suerte, olvidando así el espíritu de familia que estaba en la base de la relación.
* La concreción: la escucha de las necesidades de la persona estimula a poner en marcha una serie de iniciativas en las que cada uno pueda encontrarse y adherir según sus necesidades o expectativas: el espacio vital de referencia, la casa y la necesidad de afecto, la animación del tiempo libre, el juego y la fiesta, el deporte y la socialización, el grupo, la catequesis y la oración … la pedagogía josefina interactúa en los diferentes campos de acción y acoge con simpatía la pluralidad de modelos de asociación y de movimientos que expresan el compartir con el mundo juvenil.

Involucrarse en el compartir
* Esta orientación metodológica presupone la convicción de que no es posible establecer una relación educativa manteniendo las distancias; la rigidez de los roles y de los programas, incluso el peso de las instituciones y estructuras, obstaculiza aquella base necesaria de compartir sin la cual toda construcción se vuelve inestable.
* El educador se presenta como amigo, según el modelo de Murialdo para quien tal estilo es programático, comprometiéndose a estar en medio de los jóvenes con una presencia alegre y vigilante, caracterizada por la participación constante, la comunión de la vida y el contacto cotidiano, codo a codo.
* Es un compartir las mismas condiciones y dificultades, alegrías y tristezas, como entre hermanos y amigos, entre padre e hijo, poniendo a disposición el tiempo, las habilidades, la salud y todo lo que se es, así como los espacios y la inversión económica.
* Es un involucrarse que parte del análisis de la situación de quien se deja cuestionar por los “signos de los tiempos” y por las necesidades del tiempo presente, de quien se sumerge en la realidad del propio ambiente y descubre los desafíos provenientes de las fases más sufrientes, de quien toma lecciones de los pobres, escucha y comprende las voces de su gente, de los débiles, de los oprimidos; es la opción de ponerse del lado de los más pequeños, de aquellos que en las primeras etapas de crecimiento están más en riesgo de desviarse y perder su camino, expuestos a la marginalidad y a los peligros… Esta es la misma lógica de la encarnación, la que llevó a Cristo a compartir su vida con los pobres de la humanidad.
Con estas orientaciones metodológicas y fundamentos de espiritualidad, la pedagogía josefina prepara la misma opción de familia, globalidad, personalización y compartir con los laicos y los propios jóvenes, capacitándolos para vivir la dimensión del servicio en la humildad y la caridad, para saber leer las necesidades de los hermanos, para descubrir las dinámicas negativas que producen marginación e injusticia, para sustituir la cultura del tener con la del dar, para estar presentes en la vida social y política, para desarrollar el respeto por la vida y la protección de la creación, para abrirse al mundo global con los valores de la paz, la tolerancia y la fraternidad universal.

P. Angelo Catapano

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