Via delle Orfane, 3 – Torino

La confessione del Murialdo
San Dalmacio, iglesia parroquial de la familia Murialdo, se construyó en 1530 sobre el solar de una anterior iglesia medieval; después fue restaurada y remodelada varias veces en los siglos XVIII y XIX.
Leonardo Murialdo estuvo siempre muy unido a su parroquia. Así la recuerda en el Tes­tamento Espiritual, casi en forma de oración: “Entro en tu templo, ¡oh Dios mio! ¡Qué impresión de paz y amor! En efecto, todo aquí me habla de amor… de ese amor que has tenido y tienes aún por mí, y de ese amor que te debo “.

Nada más entrar, a la derecha, se encuentra la pila bautismal, donde Leonardo fue bautizado la tarde del 27 de octubre de 1828. Una lápida recuer­da el acontecimiento. “Aquí están las fuentes sagradas donde tu amor me dio la inocencia y me adoptó como hijo tuyo mediante el santo Bautismo “.

Continuando por la nave de la derecha, Leonar­do Murialdo recuerda el confesionario donde tuvo lugar su primera confesión y sobre todo la confesión de su regreso a Dios (septiembre de 1843), después de la crisis por la que había atravesado en el último año en Savona. Escribe también el Testa­mento Espiritual: “Avanzo unos pasos y veo el tri­bunal sagrado donde, por medio de tu ministro el Abad Pullini, me devolviste por primera vez la pureza y la paz del corazón, en mi infancia; pero sobre todo cuando, en 1843, a mi regreso del colegio de Savona, verdadero hijo pródigo, cargado de mil pecados, vine a confesarte: “Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti”. Entonces Tu abriste a mi oración tus entrañas paternales, escuchaste esta oración y tornaste nuevamente posesión de un alma destinada a ser templo tuyo, pero que durante tan­to tiempo no había sido más que una morada de demonios. ¡Oh, qué palpable se me hizo entonces tu misericordia!”.

Es todavía él quien nos describe “su” iglesia. “Más allá está el sagrado púlpito. Allí debajo, Tú me hiciste escuchar por primera vez tu llamada a la vida religiosa. El temor al infiemo y el respeto humano – que en el colegio me había arrastrado por los senderos de la condenación eterna – fueron las cadenas con las que Tú me atrajiste. Yo pensaba que si hubiera estado lejos del mundo, no habría tenido nunca más respeto humano. Mi primera idea fue la de pedir hacerme capuchino, pero fui disua-dido por el canónigo Renaldi que me propuso que abrazara la vida sacerdotal, en la que ya no tendría que temer los respetos humanos más que entre los capuchinos”.

Ese sermón que hablaba de la eternidad y del infierno lo había pronunciado el capuchino Vicente Oliva, originario de Niza Marítima, quien tuvo los sermones de Cuaresma de 1844 en la iglesia de San Dalmacio. Fue el principio de su vocación, primero sacerdotal y luego religiosa.

El púlpito, en su forma actual, se remonta a las grandes obras que a partir de 1885 y hasta prime-ros del siglo XIX transformaron radicalmente la igle­sia.

En la iglesia todavía existe otro lugar “murialdino”: es la capilla de la Virgen de Loreto, a la izquierda del altar mayor. Es un lugar que le recordaba a Leonardo Murialdo un periodo dramático desde el punto de vista psicológico, que siguió a la decisión de hacerse sacerdote.

Il pulpito legato alla chiamata alla vita religiosa
“Más adelante, a la izquierda, se encuentra la capilla de la Virgen de Loreto, de esa Madre que tu amor me ha regalado, la […] Madre del amor hermoso y de la santa esperanza. Aquí fue donde la buena Madre me libró de una cruz bien pesada, y me libró apenas acudí a ella, cuando le recordé que nadie jamás recurrió a ella sin ser escuchado. La gra­cia que ella me concedió y de la que estaré eterna­mente agradecido es està: me había invadido el temor de Ilegar a enloquecer y si ella no me hubiera librado, tal vez ahora estaría loco. Cantare eter­namente las misericordias de María”.

La capilla de la Virgen de Loreto está unida al recuerdo quizás mas bello de la vida de San Leo­nardo Murialdo: su primera misa. “El 21 de septiembre de 1851, fiesta de San Mateo, en la iglesia de San Dalmacio, tuve la gloria y la dicha de cele­brar la primera misa. Me asistió el Abad Pullini y, creo, el canónigo RenaIdi. ¡Ah! ¡Qué feliz era! Pero, ¡entre los parientes que me acompañaban, no estaba mi madre! Se había ido al cielo el 9 de julio de 1849”. Desde entonces siempre tuve un poco de devoción a San mateo: me gustaba pensar que él también había sido pecador y que fue convertido por el mismo Jesucristo, que se dignó llamarme a mi también al apostolado.

Cuando podía Leonardo Murialdo recordaba el aniversario de su primera misa volviendo a esta capilla para celebrar en el mismo altar con los mismos paramentos de 1851.

La cappella della Madonna di LoretoSaliendo de la capilla obsérvese en el pasillo que nos devuelve al templo, un cuadro de Pedro Favaro,de 1978, que representa a L Murialdo ante la Virgen de Loreto.

Volviendo al centro de la iglesia, se pueden admirar las paredes del crucero y de la nave central, decoradas sobre fondo de oro por Enrique Reffo que quiso representar una larga serie de santos, hombres y mujeres, que converge hacia el presbiterio.

En el crucero, el altar derecho, dedicado a San Pablo, esta adornado de pinturas, también de Reffo, que representan al apóstol, a San Carlos Borromeo, a San Francisco de Sales y otros santos. San Antonio María Zaccaria, fundador de los Bernabitas, cuidadores del santuario, está retratado en roquete y estola, arrodillado en actitud de señalar a la Eucaristía. De Reffo y de su escuela también son los cuatro evangelistas de la vidriera ovalada que está encima del altar y toda la decoración de la iglesia en general.

Reffo dejó su autorretrato en el ala izquierda del crucerò, entre los Sancti discipuli Domini: es el tercero de la derecha. Su figura aparece sobre la cabeza de un hombre inclinado y con el torso desnudo

Cerca de la salida, se noten, en la nave izquierda (derecha para quien sale), el último altar, dedicado al Sagrado Corazón, con el cuadro de Reffo (1881), y la reja realizada por los herreros del Colegio Artigianelli, quienes la firmaron: “Colegio Arti­gianelli, Turín 1882”.

Inmediatamente después, unido al muro se encuentra el busto del pintor Reffo.
[GD]

Visita guiada

Once out from St. Dalmatius church, turn left in via delle Orfane. We are in the heart of the old Turin, with narrow streets, but geometrically laid onto the road network of the Roman town. At the third junction, on the left and at the corner with via Santa Chiara (Clare), one encounters the Church and the convent of St. Clare.

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