1. Jesús en Samaria y la pedagogía del don (Jn 4:35)

La lectura del texto evangélico que narra el encuentro de Jesús con la Samaritana junto al pozo de Jacob nos ayuda a comprender el “don” que es Jesús y los demás dones que él nos ofrece a través de un proceso por el cual se va superando cualquier malentendido: la Samaritana no entiende cuál es el agua que le puede dar Jesús, los discípulos no entienden cuál es la comida de la que Jesús habla. La palabra se hace encuentro gracias a Jesús que lleva a la mujer a decir la verdad, a abrirse a una nueva dimensión, a acoger lo inesperado.
Jesús nos ayuda a descubrir cuál sed anida en nuestra existencia: sed como necesidades materiales, sed como necesidad de afecto y relación, sed como búsqueda del Dios viviente. En este proceso se realiza una doble revelación: la mujer es llevada a “revelarse” a sí misma; Jesús se revela a la mujer y, luego, a los habitantes del pueblo. Los samaritanos acogen el don que es Jesús, pero Jesús continúa a seguir su camino, ya que el don debe ser llevado a todos. El texto termina con la alegría del discipulado, un discipulado para el que Jesús está educando y preparando a los que ha elegido.
Por tanto, un buen ejemplo concreto de Jesús pedagogo y maestro, que sabe cómo transformar cada situación, desde cualquier punto de partida, en una ocasión de crecimiento y maduración

Rosalba Manes

si quieres profundizar

“Levanten los ojos” (Jn 4:35)

Jesús en Samaria y la pedagogía del don


El díptico joánico: varón y mujer los creó

El capítulo 4 de Juan conforma un díptico junto al capítulo 3. Los dos capítulos contienen el programa de restauración interior que Cristo quiere llevar a cabo en el Israel de Dios, herido por la división entre el norte (Samaría) y el sur (Judea). Él ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido, ha venido a unificar lo que estaba dividido. En efecto, ¿cómo no podría soportar un reino dividido contra sí mismo (cf. Mt 12,25-26)? El deseo de Jesús que el cuarto Evangelio pone claramente de manifiesto en el punto de encuentro entre sus dos grandes secciones (libro de los signos y libro de la gloria) – y que está representado por los capítulos 11 y 12 – consiste en reunir en la unidad a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn 11,52).
La manifestación de la gloria de Jesús apunta a “curar” las heridas presentes en el corazón del hombre y en medio de los pueblos. ¿Ley sí (como los judíos)? ¿Ley no (como los samaritanos)? Entre la estricta observancia de la ley y la vida sin reglas, hay una alternativa: la vida según el Espíritu, ¡Que no es un simple hacer cosas! Si fuese así, estaríamos en la presunción de que es suficiente realizar obras… La vida en el Espíritu es un estilo, una mentalidad, un pensamiento, un proceso de madurez que hace posible el discernimiento y las elecciones sabias. Un vivir sin máscaras y sin muletas, un respirar profundamente, alineando la propia libertad al palpitar de Dios que el Espíritu Santo nos permite auscultar.
Un díptico, decíamos… en el capítulo 3 un hombre, en el capítulo 4 una mujer; antes un judío, luego una samaritana; un marco nocturno, un marco diurno; un personaje de quien se conoce el nombre, una persona no identificada; un personaje acreditado, un personaje no estimado; Nicodemo busca a Jesús (¡O al menos eso parece! Sin embargo, si lo hacía, era una búsqueda tímida), la samaritana en cambio es buscada por Jesús.

Después de los primeros versículos introductorios (1-7a) el capítulo 4 presenta tres cuadros:
A. El encuentro y el diálogo de Jesús con la samaritana (7b-26)
B. El diálogo de Jesús con sus discípulos (27-38)
C. La permanencia de Jesús con los samaritanos (39-42)

Temas (y campos semánticos) recurrentes en el primer cuadro: agua / don / adorar
Temas (y campos semánticos) recurrentes en el segundo cuadro: comida / sembrar / cosechar y enviar
Temas (y campos semánticos) recurrentes en el tercer cuadro: creer

La palabra, para convertirse en encuentro, debe vencer el malentendido y la ironía, como sucede en el texto. La samaritana no entiende cuál sea el agua y el misterioso “don” del que habla Jesús. Los discípulos no entienden cuál sea la comida de la que habla Jesús. La mujer que piensa que Jesús es un simple viajero ironiza sobre su forma de comportarse como si fue superior a Jacob … ¡Cuántos “ataques” al diálogo!

1 Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído decir que él tenía más discípulos y bautizaba más que Juan 2 –en realidad él no bautizaba, sino sus discípulos– 3 dejó la Judea y volvió a Galilea.
A Jesús no le gustan los conflictos y chismes que, en cambio, a los fariseos generalmente les encantaba alimentar. Deja Judea y todos los pleitos de los fariseos.

4 Para eso tenía que atravesar Samaría.
“Tenía”, no por motivos espaciales, geográficos, sino por hacer el deseo del Padre, por obediencia a la voluntad del Padre.
Después de la caída del reino de Israel, en Samaria los asirios habían establecido colonos de origen mesopotámico (cf. 2 Re 17). La población por tanto era mixta y, aún adhiriendo al monoteísmo y a la Ley Mosaica, practicaba un cierto sincretismo. Los samaritanos no reconocían como sagrados los Profetas y los Escritos. Ellos construyeron en el monte Garizim un templo para rivalizar con el de Jerusalén. Central para ellos era la figura de Moisés. Él, o un profeta como él, volvería al final de los tiempos: se trata del Ta’ev, aquel que vuelve, que retorna.

La tierra de José: el “don” del padre Jacob

5 Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. 6 Allí se encuentra el pozo de Jacob.
La ciudad de Samaria que Jesús visita es un lugar que conserva la memoria de los padres. De hecho, nadie comienza su historia de manera abrupta; no se puede entrar en el centro de una cosa sin un digno segundo plano detrás. Por otra parte, no hay nada humano, incluso aquello que pensamos irreversiblemente perdido, que no sea sagrado. El texto habla de la sacralidad de cada página de la historia y quiere recordarnos lo que Dios “había prometido a nuestros padres” (Lc 1,55, Cántico de María), la misericordia concedida a nuestros padres (Lc 1,72, cántico de Zacarías ), el juramento antiguo hecho a Abraham, principio de la historia de los patriarcas “de concedernos que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos, en santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días” (Lc 1,73-75).
En Samaria se encuentra el pozo de Jacob, su padre, que está en la tierra donada a José, el hijo favorito. La predilección nunca se aleja de nosotros, a pesar de los errores y caídas.
El lugar donde Jesús se detiene habla de historia sagrada, recuerda el legado de un padre que va a su hijo. Recuerda la historia de sufrimiento de su hijo, envidiado, vendido, exiliado, y sin embargo amado por Dios, exaltado y hecho “oasis” para sus hermanos durante el tiempo del hambre (ver ciclo de José en Génesis).
El “don” hecho por Jacob a José, el hijo favorito, el hombre que lleva consigo todas las heridas de la fraternidad, libera su fragancia y aquella tierra – aunque herida por el sincretismo que parecería borrar todos los rastros de lo sagrado y mezclar en el caos incluso los gestos más significativos y los valores más altos – se impregna de “don” y se convierte en un lugar de encuentro con el Donador.

Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
El evangelista esboza un retrato de la Palabra hecha carne. Si la palabra tiene una carne, esta pesa, está sujeta a la fatiga, se cansa. Como todos los hijos de Adán, Jesús asume la fatiga que aumenta a la sexta hora por causa del calor. El pozo en estos casos es vida. Pero un pozo no es sólo agua, sino que también es imagen de la Torá, de la sabiduría … es también un lugar de alegres encuentros entre los patriarcas y sus esposas (cf. Gn 24, 29; Ex 2,16-21). Es, por último, la imagen que utiliza Jeremías para hablar de la traición cometida por Israel contra Dios: “Sí, dos maldades ha cometido mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jer 2,13).

El encuentro con el “don de Dios”: diálogo de Jesús con la samaritana y mutua revelación

7 Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». 8 Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
Viene la interlocutora de Jesús en busca de agua. Sorprende la hora. Por lo general, al mediodía no se sale, ni menos aún se va al pozo. Es demasiado el calor, el que además se aumenta por el peso del cántaro. ¿Tal vez la mujer no quiere encontrase con ninguno y está segura de que a esa hora las otras mujeres estarán casa y ella será la única a sacar agua?
Pero Jesús no se muestra sorprendido por la hora y se dirige a ella para pedirle de beber. Jesús está solo, porque el evangelista nos informa que sus discípulos no están con él, han ido a abastecerse de alimentos. Jesús pide agua. Este es su forma de entablar el diálogo.

9 La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
La mujer ante el pedido de Jesús se sorprende. No le parece extraño que le haya pedido el agua, pero sí el hecho que un hombre judío se haya dirigido justamente a una mujer samaritana. ¿Cómo es que, a pesar de que existe una línea divisoria entre los judíos y samaritanos, este hombre no la ve y la sobrepasa sin hacerse algún problema? La samaritana no conoce el lenguaje de la familiaridad o bien conoce otros lenguajes confidenciales manchados por la sombra de la ambigüedad, por esto se muestra reticente y desconfiada.

10 Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva».
Aquí viene la invitación de Jesús a salir de las tradiciones (esclerotizadas) de los hombres, a cruzar las barreras de la apariencia… Jesús está sentado en el terreno que José recibió como don del Padre. Y allí habla del don, no un don de los hombres, sino el “don de Dios”. Invita a conocer el don y a aquel que está hablando haciéndole un pedido. La mujer no conoce a Jesús. Claro, lo está viendo por primera vez. Pero no lo conoce porque muestra resistencia y porque todavía no sabe que aquel que tiene frente a sí no es un enemigo o un seductor, sino un don. Su aparición no llegó bajo el signo de la controversia o de la “captura”, sino con el vocabulario del dar. Él quiere darle “agua viva”, es decir el agua de la vida (expresión muy querida por Juan, que habla del pan de la vida en el c. 6, de la luz de la vida en 8,12). Por tanto, un agua diferente de la del pozo. Hay mucho más que lo meramente material…

11 «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? 12 ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?».
La mujer no sabe cómo abrirse a este nuevo lenguaje, el vocabulario de la sorpresa que irrumpe en su existencia en fuga… Se muestra irónica con Jesús: ¿De dónde sacas el agua sin el cántaro? Además, ¿tú qué quieres dar dones, hay acaso un don más grande que el mismo pozo que Jacob dio a su hijo como regalo?

13 Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, 14 pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna».
Jesús le explica ahora que no se refiere al agua del pozo. Esta no sacia la sed. ¡Él quiere DONAR un agua increíble que calma la sed y es inagotable! Jesús, por tanto, lleva a la mujer del plano material al espiritual, de las necesidades terrenas a la vida eterna, de la imagen del enemigo o depredador a la de alguien que da gratuitamente, sin pedir nada a cambio.

SED COMO MATERIAL NECESIDAD
15 «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla».
Ella se da cuenta que ya no se trata del pozo, pero todavía no comprende. Por eso, Jesús comienza suavemente a “descubrir” su vida … para arrancarla de la superficie (¡y de la superficialidad!) y llevarla a la “profundidad” de su vida.

SED COMO NECESIDAD AFECTIVA Y RELACIONAL
16 Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». 17 La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, 18 porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad».
Hemos hablado de pozos de piedra, hablamos ahora de pozos de carne. Tu marido, aquel que debería darte el agua, ¿dónde está? La mujer descubre su colección de amores y decepciones: para ella el amor del hombre es una cisterna agrietada, pierde agua y hay que ir siempre a buscarla en otro lugar. Historia de dispersión… Jesús vino a reunir y… recoger.
Seis maridos, historia que, a partir de aquel número simbólico tan elocuente, habla de algo incompleto… Seis como los vasijas de Cana, muy grandes y espaciosas, pero privadas de vino. Parecería amor el suyo, pero falta la sustancia y por lo tanto no sacia la sed…

SED COMO BUSQUEDA DEL DIOS VIVO
19 La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. 20 Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar».
La mujer reconoce que Jesús no es un enemigo, ni un malvado, ni un charlatán. Él es uno que conoce, sabe y habla tocando el “corazón” de los problemas.
La profecía de Jesús “desencadena” en ella el pensamiento del culto, de la relación con Dios. Las palabras de Jesús – que tienen ojos y leen más allá de las apariencias – le traen nostalgia de Dios, un estremecimiento que le atraviesa el espíritu: ¿Dónde se puede encontrar a Dios de verdad? ¿Quién tiene razón: los judíos o los samaritanos?

21 Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. 22 Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
Jesús dice a la mujer que está surgiendo un tiempo nuevo, que no tiene nada que ver con las viejas rencillas. Es el tiempo en el que las “apariencias” no resisten la prueba de fuego. El tiempo en el que la primacía del lugar y de las cosas, es reemplazada por la primacía del ser y de las relaciones. Adorar en espíritu y en verdad (endiadi) significa abrirse a la revelación del Padre en Cristo y acoger la fuerza divina que hace al hombre capaz de un encuentro filial con el Padre. Adorar en espíritu y en verdad es salir de la falsa idea de que Dios puede ser relegado a un lugar hecho por manos humanas, y tomar conciencia que: ¡Más que lugares de adoración, Dios quiere verdaderos adoradores!

25 La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo».
Ella asocia las palabras de Jesús a la venida del Mesías. Hay una esperanza en su corazón, sabe que tiene un don para recibir y cosas nuevas que aprender. Jesús en este momento quita el velo y revela su identidad:

26 Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo».
De un judío cualquiera a Mesías de Israel. Es el Ta’ev, aquel que vuelve, el que revela su rostro a esta mujer ayudándola a ver también su reflejo en el agua de la consolación, en un encuentro que da esperanza y pone alas.

La misión: los discípulos y el desafío de hacerse don

27 En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?». 28 La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: 29 «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?». 30 Salieron entonces de al ciudad y fueron a su encuentro.
Las sorpresas no han terminado … Se sorprenden los discípulos que encontraron a Jesús hablando con una mujer.
La mujer, en cambio, parte del pozo sin haber sacado agua, e incluso sin el cántaro. La mujer a la carrera va en búsqueda de los otros, primera evangelizadora itinerante del Mesías.
Jesús ha activado en ella la conciencia de todos los niveles de relación: consigo misma (sed como necesidades materiales); con el prójimo (sed como necesidad afectiva y relacional); con Dios (sed como búsqueda del Dios vivo).
Se ocupa de la samaritana, luego de los samaritanos, efectuando una reconciliación en el pueblo de Dios, marcado por una ancestral fractura. Pero antes de dedicarse al grupo de los samaritanos, se ocupa de sus discípulos, que son judíos, que están con él, pero que no saben leer los acontecimientos y les falta de discernimiento.

31 Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro». 32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen». 33 Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?». 34 Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
También los discípulos están preocupados por las necesidades materiales: la mujer estaba obsesionada por el agua, ellos por los alimentos. Jesús les habla de otro alimento, de naturaleza espiritual, la voluntad del Padre que consiste en cumplir su obra. ¿Y cuál es la obra del Padre, sino la de salvar a todos?

35 Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. 36 Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. 37 Porque en esto se cumple el proverbio: «Uno siembra y otro cosecha». 38 Y o los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos».
Los discípulos no saben alzar la mirada: no ven la obra del Padre, les falta el discernimiento, no se dejan todavía “abrazar” por el fuego del Espíritu. Están aún fríos e incapaces de sentir la urgencia de anunciar la salvación a los lejanos… Todavía no han descubierto que el secreto de su alegría está en la cosecha, la que no es sinónimo tanto de juzgar, cuanto de recoger, unir, reconciliar…
Los discípulos todavía tienen que aprender que evangelizar es ir más allá de todo lo que está limitado: No hay ni judío ni griego (y podríamos añadir “samaritano”), no hay ni esclavo ni libre, no hay hombre o mujer (Gal 3: 28).
Deben aprender que la misión es un parto que da alegría: “21 La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo. 22 También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar. 23 Aquél día no me harán más preguntas. Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre. 24 Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.”(Jn 16,21-24). ¡La misión es la tirocinio del don que colma el corazón!

Los samaritanos: acoger el don-Jesús

39 Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice». 40 Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. 41 Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. 42 Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».
Los samaritanos quedan tan impactados por Jesús, que quieren que se quede con ellos. Este estar con Él les permite experimentar la alegría del discipulado: saber que Jesús es el Salvador del mundo, no de una parte de la humanidad, sino de todos los hombres. ¡Esta es la buena noticia cristiana que debe brotar de nuestras comunidades! Debemos desear la salvación de todos los que encontramos. Incluso del hermano que está en la habitación cercana a la mía. ¿Realmente quiero que la vida de mis hermanos sea salvada, es decir, plena, colmada, realizada?
Para los samaritanos en Jesús se encuentra el don de Dios. En Él se manifiesta “la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, que nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, y a vivir con sobriedad, justicia y piedad en este mundo” (Tito 2:11-12). Él, estableciendo de un diálogo personal con el hombre, llamándolo por su nombre, convocándolo al seguimiento, lee el corazón para invitar a dar a luz las verdades más profundas de sí mismo, ejerciendo una verdadera arte mayéutica.
Los samaritanos aprenden que la Palabra de Dios no irrumpe con violencia en la vida humana, sino que entra de puntillas, en la dimensión de lo cotidiano. Los samaritanos acogiendo de corazón la visita de Jesús lo reconocen no sólo como “propiedad” de Israel (el Mesías de Israel), sino como “tesoro” (cf. Mt 6,21) de todos los hombres (como el “salvador del mundo”).

Para reflexionar… ante el Amado

A. ¿Dónde está tu corazón en este momento en tu vida? ¿Qué sentimientos lo habitan?
B. ¿Cuáles son los “prejuicios” que te aíslan? ¿Qué calidad tienen tus relaciones con los demás? ¿Qué “cántaro” tienes que dejar?
C. ¿Qué imagen de Dios sientes más cercana? ¿De qué es lejano? ¿En que pozo se deja de encontrar?
D. ¿Qué significa para ti “cosechar”?

Asuntos del corazón …

* “… Alegría y dolor brotan de una sola fuente, el corazón del corazón. El corazón no es más que una hilera de habitaciones, cada vez más pequeñas, de una se entra en la otra a través de una puerta cerrada y de escaleras que bajan. En total, siete habitaciones. El corazón del corazón es la séptima, la más difícil de alcanzar, pero la más brillante porque sus paredes son de cristal. Alegría y dolor provienen de esa habitación y son la llave para entrar. Alegría y dolor lloran las mismas lágrimas, son la perla de la vida, y lo que importa en la vida es mantener intacto este pedacito de corazón, tan difícil de alcanzar, tan difícil de escuchar, tan difícil de donar, porque allí todo es verdad” (A. D’AVENIA, Cosas que ninguno sabe, p. 221).

* “El que ama debe por tanto cruzar aquella frontera que lo encerraba en sus propias limitaciones. Por eso se dice del amor que derrite el corazón: lo que se ha disuelto ya no está confinado en los propios límites” (Tomás de Aquino, Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo III XXV, I, I, 4 m).

* “Amar significa … ser vulnerable. Sea lo que sea que es importante para ti, tu corazón, tarde o temprano tendrá que sufrir por su causa, y tal vez incluso hacerse pedazos. Si quieres asegurarte de que se mantenga intacto, no debes donarlo a nadie … Protégelo envolviéndolo con cuidado en pasatiempos y pequeños lujos; evitando cualquier implicación; ciérralo con candado en el baúl, o en el ataúd, de tu egoísmo. Pero en ese ataúd -a salvo en la oscuridad, inmóvil, al vacío – él va a cambiar: no se hará pedazos, será irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa al riesgo de una tragedia es la condenación. El único lugar, además del cielo, donde se puede estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el infierno” (CS Lewis, Los Cuatro Amores. Afecto, amistad, eros, caridad, Jaca Book, Milán 1982 ,. p 153).

* “La única solución al misterio del dolor y de la muerte es la confianza en su amor … ¿Saben lo que hace el pelícano cuando sus hijos tienen hambre y no tiene alimentos que ofrecerles? Se lastima el pecho con su largo pico y allí hace brotar sangre nutritiva para los pequeños, que beben de la herida como de una fuente. Como lo hizo Cristo con nosotros … Ha derrotado nuestra muerte de pequeños hambrientos de vida, dando su sangre… su don es más fuerte que la muerte… sólo este amor vence a la muerte. Quién lo recibe y lo dona no muere, sino que nace dos veces… Hasta Dios derrama su sangre: una lluvia interminable de amor rojo sangre baña el mundo cada día en el intento de darnos vida…” (A. D’AVENIA Blanco como el leche, roja como la sangre, p. 228).

* “19 No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. 20 Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. 21 Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.
22 La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. 23 Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!” (Mt 6,19-23).

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