Italiano onWhite

22. LA PEDAGOGÍA DEL SANTO NIÑO

A la luz de la historia del Principito de Saint-Exupéry, podemos descubrir una gran verdad: si miramos el mundo, nuestras vidas, los otros, con los ojos de un niño veremos las cosas de una manera nueva y diferente. El respeto a los demás, el hacerse amigos, el construir una relación entre sujetos y no como entre objetos extraños entre sí, son tantas piezas de un educar para ser cada vez más ricos en humanidad. Los valores presentes en esta obra pueden ser leídos a la luz de los valores del Evangelio; valores que están en la base de la inspiración de quien ha hecho nacer la Obra Misionera de la Santa Infancia.

Maria Lara Martinez 

22-Tappa16

Si quieres profundizar

22. LA PEDAGOGÍA DEL SANTO NIÑO.
Buscando al maestro en los diálogos de El Principito
(Maria Lara Martinez)


En ocasiones, la vida es caprichosa y nos pone delante de la cara el objeto de nuestras pesquisas inconscientes sin que nos hayamos empeñado en encontrarlo, mas por lo general la mayor parte de los hallazgos son precedidos de una laboriosa búsqueda. Cuando en el umbral del oráculo de Delfos se advertía al visitante, griego o foráneo, la máxima “conócete a ti mismo”, se estaba adentrando al sujeto en la mayor aventura con la que uno puede soñar, el viaje por el interior de nuestras emociones, un periplo que nos enternece al sentirnos criaturas, modeladas por manos supremas y custodiadas por el Hacedor al estilo regio, como son vestidos con elegancia los lirios que adornan la primavera o los pájaros que sobrevuelan las vegas y cañadas.
Hace milenios existió también un primer Autor y un príncipe del Edén, el ser humano, desterrado por centurias hasta que el Padre decidió obrar la Redención por su Hijo Jesucristo. Entonces, el pueblo de Israel recobró el brillo de la mirada, porque esa descarga de energía que Adán sintió bajo la cúpula celeste en su dedo índice volvía a ser una realidad extensiva a toda la humanidad y la vetusta herida del pecado la sanaba el bálsamo del perdón, renovado cada día.
Cuando en plena Contrarreforma los sacerdotes católicos tuvieron que hacer inteligible la idea de la Resurrección a una población en su tres cuartas partes analfabeta, no se lo pensaron dos veces. Sacaron en procesión por la Pascua al Niño Jesús pues, ¿qué mejor método de reflejar que, tras la muerte, una nueva vida nos aguarda? Tenemos a nuestro alcance la Palabra de Dios, el manual de instrucciones que el Señor nos entrega como guía pero, igual que en el libro de la Naturaleza todas las páginas nos hablan de Dios, en la bondad de los seres de carne y hueso, y también en La inocencia de los de tinta, podemos intuir el seguimiento de la senda recta, desvelándonos los diálogos la presencia del Divino Maestro cuando un puñado selecto de consejos nos incita a elevarnos sobre la materia para dar libertad al espíritu y hermanar a las gentes.
Desde esta perspectiva, nos acercamos al análisis de El Principito, un personaje literario que en 2013 cumplió setenta años y que hoy sigue conservando una capacidad tan elevada para conmover a los espíritus que, por sus efectos, parece comparable a la relación sobrenatural que une al Creador con sus hechuras.

Un personaje gestado en tiempo de guerra
En abril de 1943 vio la luz, en una editorial estadounidense, en inglés y en francés, esta novela compuesta como liberación de los fantasmas que agobiaban al aviador. No en vano le había tocado contemplar la detestable sinrazón de las bombas durante la segunda conflagración mundial.
En pleno drama, el héroe intemporal salió a la calle con sus botas negras y su espada con el noble propósito de alentar al lector a recuperar al ser inocente que una vez encarnó pues la obra incluye importantes críticas sociales hacia la extrañeza con la que los adultos perciben las cosas: “todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”, “las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.
Pocos saben que el pequeño que habita el asteroide B 612 nació en Nueva York, en las inmediaciones de una soleada casa de Long Island puesto que, tras el armisticio entre el III Reich y el gobierno del mariscal Pétain, Antoine de Saint-Exupéry se había exiliado en Estados Unidos con la misión de persuadir al gobierno de la Casa Blanca de que entrara rápidamente en la guerra contra las fuerzas del Eje.
Inmerso en una crisis personal y con la salud debilitada, compuso este cuento poético sobre la soledad, el afecto, la vida y la muerte. Este relato le daría bríos para alistarse de nuevo pese a la oposición de su esposa, la salvadoreña Consuelo Suncín, en la que algunos han querido ver el origen de la rosa referida en la obra.
Para modelar al protagonista, Saint-Exupéry se inspiró en un retoño que viajaba acurrucado entre sus padres en el vagón de un tren. Así lo narró en su segunda crónica, enviada desde Moscú, como corresponsal especial del Paris-Soir, el 14 de mayo de 1935: “Me senté frente a una pareja que dormía. Entre el hombre y la mujer, un niño se había hecho lugar y se había dormido. Se dio la vuelta en su sueño, y en la luz tenue de una lámpara vi su cara. ¡Qué cara adorable! Una fruta de oro había nacido de estos dos campesinos (…) Ésta es la cara de un músico, me dije. Éste es el niño Mozart. Ésta es una vida llena de promesas hermosas. Los pequeños príncipes en las leyendas no son diferentes de éste. Protegido, resguardado, cultivado, ¿en qué no se podría convertir este niño? Cuando por una mutación una nueva rosa nace en un jardín, todos los jardineros se regocijan. Aíslan la rosa, la cuidan, la acogen. Pero no hay jardinero para los hombres. Este pequeño Mozart será formado como el resto por la máquina estampadora (…) Este pequeño Mozart está condenado”.
En sucesivos relatos autobiográficos, el escritor lionés había narrado sus experiencias en el desierto del Sahara- ahí está Tierra de hombres (1939)-, pero en El Principito el punto de partida era un accidente sufrido en el delta del Nilo el 30 de diciembre de 1935. Fracasó en su intento de batir el récord de velocidad en el vuelo París-Saigón, no ganó los 150.000 francos que se ofrecían de premio pese a la esforzada navegación de 19 horas y 44 minutos que precedió a la avería, pero esta experiencia dio un vuelco a su existencia al consagrarlo como el compañero del rubio niño que era capaz de convencer con el hilo musical de su mirada.

En el accidente surge la sorpresa
La novela se inicia con el encuentro entre el piloto, perdido en el desierto del Sahara a causa de un fallo técnico en su avión, y un pequeño príncipe que llega a la Tierra desde otro planeta. En esta inicial conversación vierte Saint-Exupéry una anécdota acaecida en su infancia: dibujó una boa devorando un elefante, pero todos los adultos interpretaron el trazo erróneamente como un sombrero. En el relato, el principito le pide que le pinte un cordero pero, en su lugar, le muestra su viejo boceto que, para su sorpresa, el chico describe con corrección. Después de varios intentos fallidos de elaborar un cordero, en su frustración el narrador opta por dibujarle una caja y le explica que, en ella, habita el animal, recibiendo la aquiescencia del niño.
En su mundo el principito limpiaba los cráteres de los volcanes (alegóricamente tareas comunes y rutinarias) y quitaba las semillas de los baobabs (metáfora de los problemas) que crecían sin parar. Para la limpieza de los campos precisaba del cordero, si bien mudó de opinión cuando el aviador le indicó que las ovejas también podrían comerse las flores. Este comentario dio pie al príncipe a confesar el aprecio que sentía por una misteriosa rosa que protegía con un biombo y una cúpula de cristal: era bonita, frágil y le gustaba sentirse querida, pero en ocasiones se mostraba egoísta y mentirosa. Aunque estaba encantado con su compañía, pronto empezó a sentir que la flor se estaba aprovechando de él, decidió entonces explorar el universo, la rosa se disculpó por su vanidad y lo impulsó a proseguir su expedición.
Desde ese instante, el principito había visitado seis planetas, cada uno de los cuales se hallaba habitado por un adulto difícil de entender. En el primero se topó con un rey sin súbditos, luego con un hombre orgulloso que se creía la persona más admirable, en el tercero con un borracho que bebía para olvidar la vergüenza de serlo, después con un hombre de negocios que decía ser dueño de todas las estrellas, en el quinto con un farolero que encendía y apagaba la luz cada minuto y, en el último, con un anciano geógrafo tan centrado en la teoría que nunca había visto la realidad, fue él quien le recomendó visitar la Tierra después de dejar el ánimo del chico por los suelos por estimar banal el recuerdo de la rosa.
En nuestro planeta el principito aterrizó en el desierto, conoció a la serpiente amarilla, al vendedor y al guardagujas, entre otros seres que le hicieron darse cuenta de la permanente condición insatisfecha del ser humano. Especialmente emotivo es el encuentro con un zorro que quería ser domado. Debió de inspirarse el piloto en los espejismos que tuvo, a causa de la deshidratación, durante el accidente del Sahara, de este trance salió ileso gracias al tratamiento aplicado por un beduino. La charla con el feneco le devolvió la ilusión. Tras atisbar un campo repleto de flores, había llorado mucho al atacarlo la duda de si no sería corriente su rosa. Todo un acierto las palabras del zorro del desierto, pues consiguieron infundirle coraje para continuar a pie enjuto su singladura: “Te haces responsable para siempre de lo que has domesticado”, “el tiempo que perdiste con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”.
Las confidencias que el tierno muchacho deposita en el corazón de su interlocutor constituyen un eficaz recurso literario que permite al narrador describir las andanzas de este peculiar rey sol, al tiempo que le ayudan al piloto a adquirir un conocimiento más certero sobre sí mismo.
“A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas? Pero en cambio preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Solamente con estos detalles creen conocerlo”- protesta el niño-.
Pero todas las historias tienen un final, el cuerpo es demasiado pesado como para llevárselo consigo y, por ello, el principito parte consolando a su amigo pues, con mirar a las estrellas y rememorar su encantadora risa, parecería que de nuevo estaban juntos.
El Principito contiene un mensaje humanista de una profundidad inmensa, de ahí que la obra se haya convertido en una apología del respeto y de la amistad, en definitiva, en una carta válida para todas las edades con recomendaciones útiles en cualquier época: “sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Escuchemos su dulce voz y sintámonos iniciados en los proverbios con los que el niño fue abriendo los sentidos del aviador hacia la única realidad perdurable.

El padre de El Principito

Antoine de Saint-Exupéry, el escritor y aventurero francés, murió durante la Segunda Guerra Mundial en un vuelo militar de reconocimiento frente a las costas de Provenza el 31 de julio de 1944 cuando su aeroplano del Ejército de la Francia Libre fue abatido sobre el Tirreno por un caza alemán. El fatal suceso acaeció diez meses antes de que el conflicto acabara en Europa. El pionero de la aviación tenía cuarenta y cuatro años y, desde la publicación de su novela, casi siempre llevaba consigo una copia que leía a sus compañeros de maniobras durante las treguas del conflicto.
No le dio siquiera tiempo a cobrar sus regalías, pero el niño que, sentado en su asteroide, contempla perplejo el mundo de los adultos, lleva más de 150 millones de ejemplares vendidos con traducciones a 270 idiomas y dialectos, un éxito editorial sólo superado por los grandes textos religiosos. Las ilustraciones son acuarelas hechas por el mismo Saint-Exupéry.

Los valores del Evangelio
En 1843, por iniciativa del obispo francés Forbin-Janson, nació la Infancia Misionera, institución de la Iglesia universal encaminada a la promoción de la ayuda recíproca entre los niños del mundo. Desde 1922 tiene el rango de Obra Misional Pontificia y sus primeros colaboradores son los niños, que rezan por los de su misma edad en tierras de misión, ofreciendo sus pequeñas aportaciones para atender sus necesidades. Lamentablemente, de cada 10 niños del mundo, 6 son víctimas de tragedias (hambre, pobreza, violencia, explotación, etc.).
Si bajo el abrigo azul del principito advertimos la presencia del Santo Niño, nos encontramos con varias lecciones que aunque ya las tendríamos que tener sabidas siempre es bueno recordar pues es un magisterio que no se desgasta, antes bien, nos infunde ímpetu para retomar cada día la purificación que nos una más a Cristo:
A toda la Tierra alcanza su pregón, a todos los planetas en el viaje del principito: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mt. 24: 14).
El retorno a la Infancia espiritual: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25: 40).
El esfuerzo por alcanzar la pobreza de espíritu: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5: 3).
La trascendencia de la amistad como caudal de pureza en el que Dios reina: “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18: 20).
La fugacidad de la existencia terrena: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis seguidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de aquí». Pilato le dijo: Conque ¿tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18: 36-37).
El anhelo de la elevación sobre la materia y la comunión de la Iglesia militante con la Iglesia triunfante: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28: 19).
Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5: 8).

Maria Lara Martinez

This post is also available in: Italiano Inglés Portugués, Brasil