49. Las sorpresas de Dios en la vida de Murialdo

El encuentro con Dios no obedece a un patrón fijo, no sucede cuándo y cómo nosotros lo queremos. La experiencia de Murialdo nos enseña que necesitamos un corazón preparado y una mente abierta para captar la presencia del Señor, para entender su voluntad y para descubrirlo allí donde quiere que lo encontremos. Los hechos los conocemos: la conversión, la vocación sacerdotal, y otros más: una serie de sorpresas en la vida de Murialdo, una serie de encuentros con Dios que dan a su vida una dirección jamás pensaba hasta entonces. Leída así su vida se entiende mejor lo que significan las frases que a menudo repetimos: la confianza en la Providencia, aceptar siempre la voluntad de Dios, y, sobre todo, amar a Dios porque en cada hecho de la vida uno puede captar un signo de que Dios nos ama primero, eternamente. Junto a Murialdo y a su ejemplo acojamos el amor de Dios, ya que está lleno de sorpresas para una vida plena humana y cristianamente.

Hermana Cecilia Inés Ferrazza

Ferrazza

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49. Las sorpresas de Dios en la vida de Murialdo             (Hermana Cecilia Inés Ferrazza)


 

Introducción

Siempre hay muchos desafíos, sorpresas, alegrías y tristezas. Así es la vida; a veces nos encontramos con situaciones que nos afligen, nos hacen sentir miedo, pero cada momento de la vida, cada sonrisa dada, está registrada en el diario de Dios. Vivimos una dialéctica entre certezas y sorpresas. La síntesis resultante de esta dialéctica es la fe. La fe es la confianza absoluta en aquel que nos guía por el camino de la existencia.

Murialdo, durante la adolescencia, vivió una profunda crisis existencial y espiritual que lo llevó a anticipar su regreso en familia y terminar sus estudios en Turín. El “retorno a la luz” se produjo – como él dice – al cabo de unos meses, con la gracia de una confesión general, en la que volvió a descubrir la inmensa misericordia de Dios; madurando, entonces, a los 17 años, la decisión de ser sacerdote, como respuesta de amor a Dios que lo había atrapado con su amor. El núcleo central de la espiritualidad de Murialdo es la convicción del amor misericordioso de Dios; un Padre siempre bueno, paciente y generoso, que revela la grandeza y la inmensidad de su misericordia a través del perdón. Esta realidad, San Leonardo la experimentó no a nivel intelectual, sino existencial; mediante el encuentro vivo con el Señor. Él siempre se consideró un hombre agraciado por Dios misericordioso: por eso vivió siempre en gozosa gratitud al Señor, en la serena conciencia de las propias limitaciones, en el deseo ardiente de penitencia, en el compromiso constante y generoso de conversión. Él veía toda su existencia no sólo iluminada, guiada y apoyada por ese amor, sino continuamente inmersa en la infinita misericordia de Dios.

Murialdo, como un hombre de esperanza y de fe, se dejó sorprender por Dios y fue correspondiendo a este amor cada día, en modo tal que fue percibiendo las sorpresas con las que Dios transformaba su vida. Fue entendiendo que Dios siempre le reservaba lo mejor y que le pedía su fidelidad y la acogida de estas sorpresas. Murialdo buscaba encontrarse con él a través de largos momentos de oración. Tanto es así que en medio de todas las crisis Dios no dejó de sorprenderlo. ¡Murialdo tuvo grandes sorpresas, porque constantemente ponía sus expectativas en Él!

Se dejó sorprender por Dios en las cosas simples y sencillas de la vida. No se quedaba esperando grandes señales… Cada instante era una oportunidad para percibir este amor que Dios sentía por él.

Fue descubriendo el amor de Dios providente a través de sus debilidades y limitaciones; creyó y fue dejándose “educar” por Dios y, al mismo tiempo, descubrió y experimentó el amor de Dios en su vida, especialmente a través de los jóvenes más pobres y necesitados. Cada momento ordinario de su vida lo vivió de manera extraordinaria, descubriendo la acción de Dios y siendo sorprendido amablemente por él.

Viviendo en la luz de la fe y de la confianza, Murialdo se abre a los nuevos “posibles” que vienen de la gracia y del amor de Dios: infinito, tierno, personal, actual, gratuito y misericordioso.

En el núcleo central del carisma murialdino existen importantes acentuaciones en la forma de experimentar y vivir el seguimiento de Cristo y en el modo en que lo experimentó Murialdo.

El encuentro con Jesús, con su amor, se manifiesta en su Sagrado Corazón, en el pesebre, la cruz y la Eucaristía – como transparencia y revelación del amor misericordioso del Padre – y en los jóvenes más pobres y necesitados…

Como sacerdote vivió una profunda experiencia del amor de Dios, intentó ser testigo de la misericordia y de la ternura del Señor, reanimando a los que estaban al borde del camino, otorgando esperanza y dignidad, sobre todo a los no amados por la sociedad de su tiempo: los jóvenes.

Dios, en su misterio, siempre viene por sorpresa a nuestras vidas y se presenta nueva forma y sencilla.

San Leonardo Murialdo, con su vida y su palabra, nos recuerda que una sola cosa es necesaria: optar por Jesús y contemplarlo, escuchar y practicar su Palabra.

Las sorpresas de Dios en la historia de San Leonardo Murialdo

Conversión[1]: Es la primera gran sorpresa en la vida de Murialdo: se siente pecador, de una manera profunda, y descubre que Dios siempre quiere el bien, de una manera personal, misericordiosa.

Su respuesta es la alegría, unida con el disgusto de haber abandonado a Dios.

La vocación sacerdotal[2]: La chispa inicial fue un sermón sobre el infierno. La reacción fue pensar en hacerse capuchino, para escapar de los peligros del mundo, frente a los que se sentía débil, sobre todo por el respeto humano. Se le sugirió que, aún sin ser capuchino, iba a encontrar el camino que podía salvarlo sin temor o peligro. Cuando era un joven estudiante sintió un fuerte deseo de ser ingeniero, pero tomó otra decisión, después de escuchar la llamada del Señor al sacerdocio.

“¡El buen Dios, verdaderamente bueno conmigo, casi me ha forzado a seguir las dos vocaciones más sublimes que existen en el mundo: la sacerdotal y la religiosa, por no mencionar aquella más necesaria, es decir, la vocación cristiana” (Test. p. 65)[3]. A la luz de esta afirmación, es como Murialdo habla de su vocación, y de cuáles son los sentimientos que manifiesta”[4].

La idea de que la vocación religiosa fue un don “impuesto” por Dios con “amable violencia”, resalta en Murialdo los innumerables beneficios concedidos y la pobre respuesta para valorizarlos en su camino de santidad. Después del discernimiento, Murialdo se esforzó por vivir fielmente la vocación religiosa y sacerdotal con un serio camino de santidad que encuentra en el amor misericordioso de Dios su núcleo central.

Murialdo vivió la vocación sacerdotal y religiosa animado por un intenso ardor por la salvación de los jóvenes, convencido de que fue llamado a “continuar la obra de la redención, la gran obra de Jesucristo, la obra del Salvador del mundo”[5].

El encuentro con la Sociedad de San Vicente de Paúl (oratorios)[6]: Era un grupo de sacerdotes, realmente apasionados, que se dedicaban a la catequesis de los jóvenes de la calle, a los oratorios, o al apostolado en las cárceles. Encontrando este grupo de sacerdotes, Murialdo evitó convertirse en un “cura de sacristía” poco comprometido, como muchos sacerdotes de su tiempo. Se volvió sensible a los jóvenes, especialmente a los más pobres. La Sociedad de San Vicente de Paul y, especialmente, su primo, Roberto Murialdo, que hacía parte de ella, introdujeron a Leonardo en el apostolado de los oratorios.

El encuentro con Don Bosco y la dirección del Oratorio San Luis[7]: Don Bosco confió a Murialdo la dirección del Oratorio de San Luis. Murialdo aceptó con gusto, sobre todo porque estaba convencido de que un sacerdote no puede hacerse santo por sí solo, sino con los jóvenes a él confiados y que debe conducir a Dios. Murialdo contará las razones de su respuesta positiva[8].

Rector del Colegio Artigianelli[9]: De vuelta a Turín, después de un año en París, Murialdo quería continuar con su cargo de director del Oratorio de San Luis. La propuesta de convertirse en rector del Colegio Artigianelli lo asustaba, debido a las muchas deudas del colegio y al hecho de que significaba un cambio total en su vida, en sus hábitos, en el apostolado vivido hasta ese momento. Él, sin embargo, aceptó con alegría. Pero fue una alegría espiritual, más interna que externa; una alegría motivada por consideraciones espirituales (salvación de los jóvenes, ayuda a los jóvenes pobres…); ya que, humanamente hablando, todo lo hubiera llevado a decidir que no.

La fundación de la Congregación de San José[10]: En el Testamento Espiritual Murialdo dice no sentirse inclinado a la vida religiosa, porque amaba mucho la libertad. Hacerse religioso, y más tarde fundador, fue otra sorpresa que Dios le reservó. Él se dejó conducir por la llamada de Dios, que se revelaba en las situaciones concretas del Colegio Artigianelli: Necesitaban una congregación religiosa para asegurar la continuidad después de su muerte. Él era el rector, por tanto, si era necesario fundar una congregación, a él le correspondía hacerlo.

Viajes y nuevas fundaciones (colonia agrícola, casa familia, oratorio de Rivoli…): En su actividad apostólica Murialdo siempre miró a su alrededor, en busca de lo nuevo y de lo mejor para su apostolado educativo y social. Su creatividad se manifestó en esta apertura fundamental que lo hizo viajar, participar y asistir a conferencias, encontrar personas, visitar obras, conocer iniciativas… para proponerlas en Turín, para imitar, para adaptar, para criticar también, tratando de no repetir los errores y de responder a los problemas y situaciones que variaban de un lugar a otro. De estos viajes surgirán la nueva colonia agrícola de Rivoli y la casa familia de Turín, la primera y por muchos años, la única en Italia.

La confianza en la Providencia: La visión espiritual de Murialdo nos permite formular una de las más sintéticas y eficaces definiciones de la Providencia: La providencia es el amor actual de Dios. Dios está presente y activo con su amor, aquí y ahora, en estas personas dotadas de libertad[11].

En marzo de 1887, cuando el Colegio Artigianelli veía aumentar siempre más sus deudas, Murialdo sabía que estaba cercano a la muerte y que necesitaba urgente de dinero. El dinero, en verdad, vino, pero tuvo que esperar 12 años, hasta 1899, cuando una gran herencia, la del Conde de Guarene, llegó para salvar la escuela de la bancarrota. Se abandonó con confianza a la Providencia, cumpliendo generosamente la voluntad divina, en contacto con Dios. En este caso, la Providencia le hizo esperar mucho tiempo, pero Murialdo fue capaz de esperar sin descorazonarse.

Si Murialdo hizo muchas cosas diferentes y participó en mil iniciativas, no fue porque él fuese un hombre muy ilustrado, sino porque estaba muy atento a los signos de los tiempos, signos donde Dios le fue sorprendiendo en cada momento. Un amor que él había experimentado en sí mismo y tratado de vivir hasta el último momento.

Sin temor a una vida llena de riesgos, dificultades, cambios constantes y con una profunda esperanza y confianza, enraizada en su experiencia personal del Señor, fortaleció su vida interior.

Murialdo progresivamente se dejó conquistar por Dios, en el descubrimiento de corresponderle amándolo, incluso en la fragilidad.

Los sufrimientos – “¡se haga la voluntad de Dios!”: “Todo viene de Dios, es permitido por Él y Dios lo hace todo para nuestro bien; permite también los males para llamarnos al bien”. (Scritti VI, p.141).

En una carta a sus hermanos escribió: “Es una gran gracia que Dios hace a un hombre cuando una grave enfermedad viene a advertirle de la fragilidad de sus días. Dios quiso hacerme esta gracia. Les pido agradecerla conmigo”[12].

Es este amor que lo llevó a comprender en su momento histórico el grito continuo de acogida, atención y acompañamiento de los jóvenes más necesitados. Sabía escuchar y, por tanto, responder con nuevas obras a las nuevas necesidades que Dios le hacía ver en la historia, a través de los signos de los tiempos.

Decía Murialdo: “Las alegrías que hacen más rica la corona de los santos son las tribulaciones aceptadas con resignación, pensando que todo viene de Dios” (Scritti XI, p.312). “Servirse de los males para santificarse…”. (Scritti I, p.187). En un discurso a los jóvenes del colegio, Murialdo dijo que hasta los 57 años nunca había estado gravemente enfermo, hasta que en 1885 tuvo la primera bronquitis, superada por la gracia de Dios. Seguida de otras nueve, de las cuales siete graves y dos más ligeras, además de otras dos bronquitis. Él reconoció y aceptó la enfermedad como un don especial de Dios para purificarlo y unirlo aún más a él. A su juicio, eran una sorpresa de Dios que él agradecía, incluso si eran una dura prueba en su vida. Decía: “Para desapegarme del mundo y de mí mismo: mala salud, familiares fallecidos, fortuna disminuida, honra amenazada (quiebra de la tipografía)”[13].

Consideraciones generales

Subrayando la grandeza de la misión de Murialdo como sacerdote, que debe “continuar la obra de la redención, la gran obra de Jesucristo, la obra del Salvador del mundo”, es decir, aquella de “salvar almas”, él recordaba siempre, a sí mismo y a los hermanos, la responsabilidad de una vida coherente con el sacramento recibido.

Amor de Dios y amor a Dios: fue esa la fuerza de su camino de santidad, la ley de su sacerdocio, el significado más profundo de su apostolado entre los jóvenes pobres y la fuente de su oración, fruto de las sorpresas de Dios en su vida.

San Leonardo Murialdo se abandonó con confianza a la Providencia, cumpliendo generosamente la voluntad divina, en contacto con Dios y en la entrega a los jóvenes pobres. De este modo, unió el silencio contemplativo con el ardor incansable, la fidelidad a los deberes de cada día con la genialidad de las iniciativas, la fuerza en las dificultades con la serenidad de espíritu. Este fue su camino de santidad para vivir el mandamiento del amor, a Dios y al prójimo.

El Señor siempre pone señales en nuestro camino para guiarnos, conforme a su voluntad, a nuestro verdadero bien. Murialdo acogió con total apertura las pequeñas y grandes sorpresas de Dios Padre en la vida cotidiana de una manera extraordinaria. Estaba siempre dispuesto a seguir y a servir a la Divina Providencia.

Murialdo nos sorprende por su delicadeza de alma y por la bondad de su corazón.

Tuvo contacto también con los graves problemas de los más pobres, visitó sus hogares, desarrolló una profunda conciencia social, educativa y apostólica, que lo llevó prontamente a dedicarse, de modo autónomo, a múltiples iniciativas en favor de los jóvenes. Catequesis, escuela, actividades recreativas, eran el fundamento de su método educativo en el Oratorio.

Sus palabras, basadas en la Palabra de Dios y en su propia experiencia personal, ganan autoridad y hacen eco frente a la existencia humana, en cualquier momento histórico.

Murialdo tiene un estilo muy singular. Se abre a los nuevos posibles… ¡los “posibles” que vienen de las visitas de Dios, que lo viene a sorprender! Estaba atento a cada momento vivido, a lo inesperado de un encuentro, como si fueran momentos favorables para abrirse a los nuevos posibles de la gracia de Dios.

No eran afirmaciones que se limitaran a su tiempo, sino verdaderas “sentencias” de sabiduría que se grabarán para siempre en su vida.

El modo cuidadoso y presente de Dios para con Murialdo hacen que él se “apasione” de ese Dios y viva de una manera extraordinaria lo ordinario de su vida.

Dios está a nuestro lado, pero no nos quita la libertad, porque no nos quiere paralizados.

“Hay que aferrarse a Dios que ofrece directamente en cada momento, en cada cosa” (Vida de fe, p.8). “Jesucristo vive y actúa en todo lo que se nos presenta (Vida de fe, p.9 ).

Dios nos ama de forma sorprendente. No hay cómo definir este amor. Por el amor de Dios no se define. No hay modo de entender el amor de Dios. Él es infinito. Nuestra capacidad es demasiado pequeña ante la grandeza de este Amor. Porque Dios me ama, cada día él me sorprende… ¡Todavía hay, sí, gente hecha de AMOR! Dios nos quiere sorprender a todos los días, pero para eso necesitamos cada día encontrarnos con él.

Hna. Cecilia Inés Ferrazza

[1] Giovenale DOTTA, L. Murialdo. Infanzia, giovinezza… (1828-1866), L. E. Vaticana, Città del Vaticano 2011, pp. 59-62.

[2] Giovenale DOTTA, L. Murialdo. Infanzia, giovinezza… (1828-1866), L. E. Vaticana, Città del Vaticano 2011, pp. 67-71.

[3] Testamento espiritual, em Vittorio COSTA, Descobrir o amor. Diagnóstico e terapia da violência hoje, Ed. P., S. Paulo 1980, p. 144.

[4] Giuseppe FOSSATI, Storia di una conversione. Il “Testamento spirituale” di san Leonardo Murialdo, LEM, Roma 1997, pp. 45-88

[5] Scritti, IV , p. 165.

[6] Giovenale DOTTA, L. Murialdo. Infanzia, giovinezza… (1828-1866), L. E. Vaticana, Città del Vaticano 2011, pp. 161-165.

[7] Giovenale Dotta, L. Murialdo. Infanzia, giovinezza… (1828-1866), L. E. Vaticana, Città del Vaticano 2011, pp. 197-198.

[8] Giovenale Dotta, L. Murialdo. Infanzia, giovinezza… (1828-1866), L. E. Vaticana, Città del Vaticano 2011, pp. 211-212.

[9] Eugenio REFFO, Vida, obra e espiritualidade de São Leonardo Murialdo Fundador dos Josefinos de Murialdo, Evangraf, Porto Alegre (RS, Brasil) 2000, pp. 56-59.

[10] Testamento espiritual, em Vittorio COSTA, Descobrir o amor. Diagnóstico e terapia da violência hoje, Edições Paulinas, São Paulo 1980, pp. 144-145.

[11] SALVATI, R. Espiritualidade São Leonardo Murialdo. Palestras para o Mês Murialdino em Quito, p. 16.

[12] DOTTA, Giovenale e FOSSATI, Giuseppe – Antologia Delle Fonti Carismatiche, l’insegnamento di San Leonardo Murialdo, Libreraria Editrice Murialdo – Roma – 2012, p. 93.

[13] BARRETO M. Pe. Jiovani, DALL’ALBA Pe. Cornélio; tradução FOSSATI Pe. Giuseppe, SOUZA, Pe. Antonio Lauri de, Testamento Espiritual de São Leonardo Murialdo – Gráfica Murialdo, Caxias do Sul – RS- Brasil- 2014.

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