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21. LEER LA BIBLIA CON LOS JÓVENES

Pablo puede ser indicado como el modelo del que se deja alcanzar por la Palabra, que interpela la totalidad de su persona y la cambia totalmente permitiéndole ser verdaderamente él mismo. Entonces, en primer lugar, debemos desarrollar la capacidad de escuchar, de entrar en comunión con el Otro, de dejarnos interpelar, y ser, a la vez, testigos de la Palabra. Una razón teológica (la Biblia al centro de la experiencia de fe cristiana) y una razón pedagógica (la Biblia lleva al hombre al centro de la vida), fundan el itinerario formativo del joven con la Biblia, con la condición de ayudar al joven a acoger el Trascendente y a pasar del yo al “aquí estoy”, porque el Señor me está buscando. Al trazar, finalmente, un camino experiencial resaltan tres momentos: me pongo en juego, escucho la Palabra, reoriento mi vida.

Salvatore Currò

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Si quieres profundizar

21. LEER LA BIBLIA CON LOS JÓVENES
Las condiciones del sujeto y una posible formación

(P. Salvatore Currò)


[N.B.: El texto aquí propuesto retoma algunas reflexiones desarrolladas más ampliamente en Curro S., Il senso umano del credere. Pastorale dei giovani e sfida antropologica, Elledici, Leumann, 2011, pp. 280. Para profundizar, se puede leer el cap.8, titulado: L’approccio alla Bibbia nella preghiera e nella catechesi dei giovani (pp. 195-249)].

1 . Las condiciones del sujeto, para que Dios hable

La relación con la palabra implica un compromiso radical del sujeto. Este es interpelado justamente en cuanto sujeto, en su singularidad. Él viene como re-creado por la Palabra y, al mismo tiempo, en cierto modo, realiza la palabra, la hace, la actúa. Sin él, la Palabra permanecería mortificada. Dice E. Franco: “Así como la singularidad de Jeremías o de cualquier otro profeta o autor inspirado es el lugar histórico, aunque parcial y particular, a través del cual se ha revelado la única palabra de Dios en la totalidad de las Escrituras, así la singularidad del lector creyente pone su comprensión, aunque parcial y particular, como contribución insustituible a la comprensión del sentido único en la totalidad de la Escritura” (La teologia biblica. Natura e prospettive, AVE, Roma, 1989, p. 101). Explica E. Levinas: “La extraordinaria estructura de los textos inspirados de la Sagrada Escritura tiene incluso esto de notable: que el lector es involucrado, no sólo en el buen sentido común de su apertura a la información, sino en su singularidad inimitable – y lógicamente indiscernible – de su persona y como en su propio genio. […] La verdad de la revelación […] tiene sentido, entonces, para el yo en su no-intercambiable identidad. La comprensión que él tiene determina un sentido que, en toda la eternidad, no se realizaría sin él” (L’au-delà du verset, Minuit, Paris, 1982, 99-100).
La experiencia de la Palabra está íntimamente conectada, como condición y consecuencia al mismo tiempo, con la plena participación del sujeto; no de una parte de sí, sino del sujeto en cuanto sujeto. Implica un hacerse verdadero del sujeto, un entrar en la verdad de la vida, la disponibilidad a liberarse – o a dejarse liberar – de todo lo que es ilusión, la valentía de exponerse. Exponerse a una Palabra, a un evento que es otro y que mientras hiere, libera; mientras juzga, consuela; mientras contesta, se hace verdadera. El corazón de la subjetividad implica esta radical exposición al Otro. Exposición que es el máximo de compromiso humano y, al mismo tiempo, el máximo de disponibilidad; que es actividad máxima y pasividad máxima; la culminación de la realización del sujeto y – al mismo tiempo – de su apertura a lo trascendente; una acción que no es parte del sujeto, pero que lo alcanza, más aún, que lo constituye auténticamente como sujeto, lo crea, lo hace llamado.
En la Biblia, la experiencia fuerte de la Palabra está estrechamente conectada con la experiencia en la que el sujeto se hace verdadero, en la que el esfuerzo y la búsqueda se hacen inmediatamente disponibilidad y respuesta. La experiencia de Pablo en este sentido llama la atención. Él, judío observante, “formado en la escuela de Gamaliel en la escrupulosa observancia de la Ley de nuestros padres, lleno de celo por Dios” (Hch 22,03), estaba totalmente atrapado por el proyecto de destruir la nueva doctrina, había hecho de esto la razón de su vida e incluso la expresión de su fidelidad a Dios. Pero, de repente, su fuerte proyectualidad se vuelve plena disponibilidad. “Mientras yo estaba de viaje – cuenta él mismo – y me acercaba a Damasco, hacia el mediodía, una gran luz del cielo brilló a mi alrededor; caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 22,6-7). Se produce un vuelco. Aquel que estaba lleno de sí mismo ahora se vacía, el fuerte se vuelve débil, aquel que culpaba a los cristianos se siente ahora culpable, el perseguidor es ahora perseguido, obligado a escuchar, llamado a responder. La caída a tierra expresa este vuelco; expresa como un despertar, el descubrimiento de la verdadera subjetividad; expresa el inicio de ser realmente sí mismo: ser uno mismo a partir de la llamada personal… que le alcanza y le constituye en su verdadera identidad.
La caída de Pablo, si bien es una experiencia impactante por la manera en que se dio, evoca el dinamismo más verdadero y cotidiano de la existencia, de la vida de cada uno: es el dinamismo del sujeto que, si se deja alcanzar por la llamada, si se pone frente a la vida en la posición de llamado – más exactamente: si se deja llamar – se encuentra a sí mismo. Y justamente en esto se produce el evento de la Palabra de Dios. La historia bíblica es historia de personas llamadas, despertadas del sueño y de la sordera; es la historia de tantos aquí estoy. Es una historia llena de llamados que acogen esta invitación y que, justamente mientras la acogen y porque la acogen, hacen resonar aún más esta convocación. La historia se hace historia de salvación, donde resuena misteriosa la Palabra. Los personajes bíblicos viven profundamente la historia, pertenecen plenamente al pueblo, son llamados desde el pueblo y para el pueblo. Pero la llamada nunca es impersonal. El Dios de la Biblia es el Dios de la historia, no es en un sentido objetivista y nunca fuera de la intervención en la vida personal de cada uno. Porque Él es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob… es el Dios de Israel y el Dios de la historia.

El acercamiento a la Escritura tiene sentido dentro de este revelarse o hablar de Dios. Que la Escritura sea Palabra de Dios en sentido pleno significa que el contactarla es un signo de la revelación personal de Dios, de una subjetividad que se abre al llamado. En este acercamiento se produce y se relanza el dinamismo, que es el secreto o misterio de la vida, de la llamada personal y de la respuesta personal. El acercamiento a la Escritura no es esencialmente el acercamiento a un contenido a entender, sino el aproximarse de quien va entrando en el misterio de la vida, de quien va constituyéndose como sujeto-que-escucha-y-responde, de quien está dispuesto a dejarse caer para levantarse de nuevo como convocado, como aquel que responde; de quien va experimentando que la vida es un hacer dejándose hacer, un actuar con todas sus fuerzas, pero dejándose guiar por la llamada, por la presencia, del Espíritu. La Escritura debe enfocarse a partir y en vista del evento que la ha producido. En esta óptica se puede ver la invitación de la Dei Verbum a leer e interpretar la Escritura “con la ayuda del mismo Espíritu [o más bien: con el mismo Espíritu] a través del cual ha sido escrita” (n. 12).
La primera condición para el acceso a la Biblia no es, por tanto, el saber leer o la preparación intelectual, sino la disponibilidad para dejarse involucrar o – dicho con términos más usados por la tradición espiritual – la humildad, la pobreza de espíritu: aquella cualidad que en la Biblia es propia de los anawim, de los pobres frente Dios, y que se refleja, por ejemplo, en el Magnificat (Lc 1,46-55) como actitud típica de María. “Toda la tradición bíblica y, en mayor modo, la enseñanza de Jesús en los Evangelios indican como oyentes privilegiados de la Palabra de Dios a aquellos que el mundo considera personas de humilde condición. Jesús reconoció que ciertas cosas que se han mantenido ocultas a los sabios y prudentes han sido reveladas a los sencillos (Mt 11,25; Lc 10,21) y que el Reino de Dios pertenece a los que son como niños (Mc 10,14 y par.)” (Pontificia Comisión Bíblica , La interpretación de la Biblia, III, B, 3).
La pobreza interior no es una propiedad del propio sujeto en sí mismo (que el sujeto produzca por sí mismo), sino que implica la apertura al otro, la dimensión de la alteridad de la vida y por lo tanto ya expresa – dicho en términos teológicos – la presencia y el actuar de Dios. El impacto con la Escritura es un concreto ejercicio de pobreza de espíritu y de acogida del Otro, de su Presencia. Pero, es más que un ejercicio, es el evento de la Palabra, es – en términos cristianos – el acontecimiento de Cristo presente y activo. La disponibilidad a este evento no coincide exactamente con la convicción de que, cuando se lee la Escritura, Cristo se hace presente. Tal convicción puede ayudar, pero lo que está en juego es una actitud de vida, la disponibilidad del corazón – según el lenguaje bíblico: “¿Quién podrá subir al monte del Señor? ¿Quién estará en su lugar santo? Quien tiene las manos limpias y puro el corazón” (Sal 24,3 -4a). Del mismo modo, para acercarse a la Biblia no se requiere, como condición previa, reconocer que ella contiene la verdad. Es suficiente – o tal vez es más importante – intuir que ella nace de profundas (verdaderas) experiencias de vida y que acercándonos a ella la vida puede despertar a la verdad; lo más importante es una real apertura a la verdad de la acción de Dios en la historia.
La lógica de la Sagrada Escritura no es principalmente la de la exposición de la verdad o de creencias, sino aquella de la narración y el testimonio. Los acontecimientos, los hechos , las experiencias relatadas esconden una Presencia, y la historia es, después de todo, la historia de esta Presencia . La Escritura de aquel actuar y de aquel hablar de Dios es en sí misma motivada por aquella Palabra y en vista de esa Palabra. La Escritura lleva el signo del actuar y del hablar de Dios. Dice más de lo que dice: está inspirada. La inspiración hace relación a el antes de la Escritura, a todo el proceso de formación de la Escritura, e incluso al después de la Escritura: es un hecho dinámico, no estático. “Hombres de poca fe, nosotros miramos más a gusto el libro inspirado que la escritura inspirante. […] La Escritura, en espíritu y en verdad, es menos aquello que está ya escrito que el espíritu que hace escribir”. La Escritura suscita inspiración y requiere al mismo tiempo inspiración. La inspiración es una dimensión del vivir. Es un hablar que contiene más de lo que se dice; es un actuar que esconde una Presencia; es un hablar y actuar en la disponibilidad, que expresa el actuar y el hablar del otro en mí. “El lenguaje que es capaz de contener más de cuanto contiene sería el elemento natural de la inspiración, a pesar o antes de su reducción a herramienta de transmisión de pensamientos e información (admitiendo que este jamás se reduce por completo a esta función). Uno puede preguntarse si el hombre, animal dotado de palabra, no es, ante todo, un animal capaz de inspiración, un animal profético” (LEVINAS E., L’au-delà du verset, p. 136).
Es a esta capacidad de inspiración, de profecía, que apela la Biblia; queriendo, al mismo tiempo, despertarla. Capacidad de inspiración y de profecía significa madurar actitudes de vida que expresan el actuar del Otro en mí: la escucha, la acogida, la responsabilidad (como respuesta al sentirse llamado)… este es el lugar de la Palabra inspirada. El impacto con la Escritura, además del conocer e interpretar -más bien: a través del conocer e interpretar, pero yendo más allá del conocer e interpretar- básicamente me despierta, me vacía de mis ilusiones, me hace verdadero, me hace profeta. Con Levinas podríamos decir, me coordina con el otro: “la escritura es siempre prescripción y ética, palabra de Dios que me manda y me empuja al otro; escritura santa antes de ser texto sagrado. Palabra desproporcionada al discurso político, que desborda la información; rotura, en el ente que yo soy, de mi buena conciencia de ser. Yo la entiendo como mi fidelidad al otro. Ella es puesta en cuestión acerca del cuidado de sí, natural a todos los seres, esencial al ser de los seres. En consecuencia, subversión de este ser, falta de interés en el sentido etimológico de la palabra. Viento de crisis o espíritu, a pesar de los nudos de la historia que se reanudan después de las rupturas, ya que el cuidado de sí necesita justificación”(LEVINAS E., L’au-delà du verset, p. 9). ¿No es quizás en este profundo cuestionamiento de nosotros mismos, en este perderse, que tiene sentido el impacto con una Palabra que nos hace reencontrarnos a nosotros mismos, restituyéndonos a nuestra identidad de llamados, de elegidos? ¿No es este éxodo – este perderse para reencontrarse – o esta pascua – un morir a través del cual pasa la vida – la dinámica más profunda de la Escritura y … de la vida?

2 . Un posible camino formativo

El sentido del camino
Es obvio que, en la propuesta de la Iglesia, la Biblia no puede ser el único recurso educativo. Intervienen otros elementos: la posibilidad de una profundización personal sobre la propia vida, los contactos interpersonales, las diversas experiencias de grupo, los aspectos relacionales, la experiencia litúrgica, la experiencia de una gradual pertenencia a la Iglesia, la oración, la práctica del servicio y de la caridad, etc. En la práctica actual, las propuestas eclesiales a los jóvenes hacen hincapié en una u otra de estas dimensiones. Aún reconociendo que todas son importantes, sugerimos aquí una propuesta que valoriza particularmente, pero no en modo exclusivo, la Biblia. Lo hacemos básicamente por dos razones: porque la Biblia tiene la capacidad de hacer entrar en el núcleo fundamental de la maduración religiosa de los jóvenes (razón educativa), y por el lugar central que esta ocupa en la experiencia de la fe cristiana (razón teológica). Las dos razones están profundamente entrelazadas. La propuesta vale principalmente para el grupo específico de jóvenes (mayores de dieciocho años) y para el de los jóvenes adultos. Para los adolescentes, las otras dimensiones antes mencionadas se deben tener – en mi opinión – muy especialmente en cuenta y muy a menudo alguna de ellas (por ejemplo, la dimensión de las relaciones y de la vida de grupo), más que la Biblia, deben privilegiarse como punto de vista y como perspectiva que se da a la educación.
¿Cuál es el nudo educativo? La experiencia religiosa actual, que se ve afectada por un clima cultural fuertemente influenciado por la subjetividad, debe madurar en el sentido de la alteridad; con mayor precisión, debe ponerse en condición de hospedar el Trascendente. Educar la experiencia religiosa en sentido cristiano no es sólo agregarle contenidos cristianos, sino que, más radicalmente, es hacer posible la dinámica de la Revelación, que es la dinámica de un encuentro que no parte del sujeto, pero que al mismo tiempo le concierne profundamente. El sujeto hace (y sufre a la vez) la experiencia de un desplazamiento, o como de una caída, que paradójicamente significa el descubrimiento de uno mismo, a nivel de la verdad de sí mismo. Sólo dentro de esta dinámica de la alteridad o de la Revelación es posible la experiencia cristiana como acogida del evento “Jesucristo”, como un vivir en el Espíritu.

El nudo implica tres elementos que se entretejen profundamente. Desde el punto de vista del sujeto, estos son: 1 – el encaminarse de la experiencia del sujeto por los senderos de la verdad, que son los de sentirse protagonista (sujeto, justamente, en sentido pleno) de la propia vida y de recoger en sí las diversas experiencias, los encuentros con los demás … la historia; 2 – el darse cuenta de la llegada de un evento que es otro, no manipulable, no atrapable dentro de la perspectiva del yo; 3 – el sentirse alcanzado, impactado, llamado, a la escucha, sujeto-llamado-a-responder. Queriendo expresar esta dinámica con un lema, podríamos decir: Del yo al aquí estoy, teniendo en cuenta que la dinámica es, más que cronológica, de realización del yo: el yo es realmente yo cuando se hace aquí estoy. El hacerse aquí estoy no es a partir del yo, sino que viene de otro, tiene el sabor del don y de la gracia. Es dentro de esta dinámica que puede producirse una experiencia religiosa que tenga la estructura de la Revelación y que se exprese como vida en el Espíritu de Cristo. El hablar de religión y de fe fuera de esta dinámica significa presentar contenido vacíos y arriesgarse a crear una experiencia religiosa alienante: ya sea porque se centre en una subjetividad cerrada (que reduce Dios a la imagen de la conciencia subjetiva y quita, por tanto, la dimensión de revelación a la fe), o porque sea la expresión de una subjetividad que tiende a centrarse en modo excesivo y despersonalizado sobre los elementos objetivos de la religión.
En relación a las dinámicas de alteridad y de Revelación, la experiencia de Dios que se produce, más que sobre la línea del yo tengo necesidad de Dios, está en la línea del Dios me busca; que es una línea más profundamente bíblica. Es cierto, como señala la Exhortación post-sinodal sobre la Palabra de Dios, que Dios responde a nuestras preguntas más profundas, que debemos mostrar que la Palabra de Dios no ahoga nuestros deseos más auténticos; y también es cierto que “es importante para nuestro tiempo descubrir que sólo Dios responde a la sed presente en el corazón de cada hombre” (Verbum Domini, n . 23). Pero, si se queda demasiado en este enfoque de preguntas o deseos que se cumplen o de la sed que se satisface, se refuerza, de hecho, una posición de reivindicación de derechos frente a Dios, por los cuales el sujeto, en el fondo, se auto-exime del compromiso de dejarse encontrar allí donde Dios quiere encontrarlo. El Dios de la Biblia, de hecho, es ante todo el Dios que busca al hombre: “¿Dónde estás?” (Gen 3,9). Y el hombre es ante todo el buscado por Dios; a menudo es aquel que trata de escapar de Dios, pero que encuentra la verdad de sí mismo y la paz sólo cuando tiene el coraje de dejarse encontrar, cuando cede a la seducción: “Me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir; me has hecho violencia y has prevalecido” (Jr 20,7). Jesús, en el Evangelio, reafirma que la iniciativa no parte del hombre: “No me habéis elegido, sino que yo os elegí” (Jn 15,16). La parte del hombre, que también es importante y en cierto sentido decisiva, está marcada radicalmente por el hacerse disponible y acogedor; se podría decir: es una actividad radicalmente atravesada por la pasividad. Desde un cierto punto de vista (el punto de vista educativo) se parte del sujeto (de su protagonismo, precisamente, de su ser sujeto), pero es un partir que, ya desde un principio, tiene el sentido de ponerse sinceramente en juego y de exponerse a la iniciativa de otro.
La Biblia, más que el libro que explica las características de una verdadera experiencia de fe, es el libro que introduce, alimenta, relanza y acompaña esta experiencia de fe. La Biblia puede acompañar al sujeto en el sentirse yo (protagonista, con un proyecto de vida), en el dejarse alcanzar por una llamada, en el experimentarse aquí estoy. Y en esto, más allá de la relación material con el texto pero en la relación material con el texto, se produce -de modo inesperado, por gracia, como obra del Espíritu- el evento de la Palabra. “Cuando escuchamos, leemos, estudiamos y tratamos de mirar a través de la Biblia, puede suceder que ocurra una inversión de roles. Comenzamos nuestro acercamiento como sujetos, porque el mensaje bíblico, sea cual sea la manera en que se tome, es el objeto de nuestro estudio; luego, de repente, nos vamos dando cuenta de que detrás y a través de las historias, los textos y los mensajes que vemos, hay alguien que nos mira, nos habla y nos da una pista a seguir. El objeto de nuestra investigación se convierte en el sujeto que se dirige a nosotros y que nos conoce mejor de cuanto nosotros podamos conocernos. Nos encontramos frente al Dios viviente, que obra en la creación y en la historia, en nuestra vida privada y en el vasto mundo de las naciones” (WEBER H.-R., Il libro che mi legge, Società Biblica Britannica & Forestiera, Roma, 1997, p. 14). La metodología de enfoque está al servicio de esta experiencia, la mediatiza aún cuando no la produce: “No es posible activar este misterioso cambio de roles automáticamente, como si se tratara de una simple cuestión de métodos: es obra del Espíritu Santo, el comunicador y el intérprete de la Biblia” (ibid.).
El servicio de mediación prestado a la Escritura se ve favorecido por el típico lenguaje bíblico, que es lenguaje experiencial y evocativo de lo trascendente al mismo tiempo. El lenguaje bíblico es religioso, no, ante todo, porque tenga a Dios por objeto, sino por el hecho de que al hablar de la experiencia humana evoca el misterio de Dios (habla allí en nombre de Dios). Aclara Z. Trenti: “El lenguaje no es religioso porque y en la medida en que habla de Dios: puede explorar todo el horizonte de la experiencia humana, de sus intereses, de sus provocaciones; es sobre todo en este horizonte que se mueve. La Biblia nos ofrece justamente un cuadro grandioso: acontecimientos épicos, así como incidentes aparentemente insignificantes llenarán las páginas. […] El discurso religioso no es sólo acerca de Dios: a menudo se centra en el hombre, habla del hombre con autoridad definitiva, lo manifiesta en su dignidad, en su ambigüedad, en sus debilidades. El lenguaje religioso no sólo revela la verdad arcana de Dios, sino también la verdad, a veces desconcertante y misteriosa, de la naturaleza y del hombre. De por sí, por tanto, cualquier tema puede ser el objeto de discurso religioso” (La religione come disciplina scolastica, Elledici, Leumann, 1990, pp. 183-184). Desde el punto de vista metodológico, se trata precisamente de favorecer la sintonía en el plano experiencial y evocativo: acercar el lenguaje bíblico al lenguaje del lector-oyente y viceversa, sin anular la distancia histórico-cultural, sino más bien haciéndola sentir casi como una riqueza. Pero, justamente porque está al servicio de un evento, la metodología debe prestar atención a fomentar las actitudes requeridas por la experiencia religiosa en el ámbito de la Revelación.

En resumen, y debiendo poner necesariamente las atenciones de método en orden cronológico, podríamos decir:
– se ayuda a la persona a recoger sus experiencias en la unidad; se le ayuda a recogerse, a sentirse sujeto, protagonista… yo;
– se favorece la actitud de escucha, ya que el yo se realiza en la interacción, en la disponibilidad para dejarse alcanzar por lo nuevo;
– a partir de la novedad arribada y advertida, capaz de ampliar los horizontes de la vida, se reinterpreta: el yo se piensa como mí, se experimenta como aquí estoy.
Este proceso se coloca necesariamente en un plano hermenéutico-interpretativo, en el plano del conocimiento. Si se permaneciera en este plano, el yo sería siempre el protagonista: es el yo el que se recoge, escucha y se reinterpreta, y no se expondría profunda y sinceramente. Pero el moverse en este plano no es para quedarse allí, sino para que este plano se rompa y suceda, en modo actual y personal, el evento de la Palabra. El texto bíblico entra en el juego de la interpretación pero, entrando allí, transmite una Palabra que rompe las reglas del juego.

A modo de apéndice: la articulación de las tres etapas con referencia a una experiencia
El camino que se acaba de describir surge de la reflexión articulada anteriormente, pero también de la experiencia. De hecho, el método ha sido pensado en un grupo de trabajo (en Viterbo), constituido por educadores de grupos juveniles, catequistas, profesores de religión: personas animadas por la pasión de la educación de los jóvenes y al mismo tiempo deseosas de redescubrir personalmente la relación con la Biblia. El resultado es un camino que ha dado lugar también al desarrollo y experimentación de materiales.
Menciono, tan sólo, a modo de apéndice, las modalidades de impostación de la experiencia.
Partiendo de estudios sobre el mundo juvenil, de la experiencia personal y de la práctica educativa, se identificaron algunas sensibilidades de los jóvenes. Con esta expresión hemos indicado algunos modos de sentir, actitudes, necesidades, que están presentes en los jóvenes y que desafían a aquellos que trabajan en la educación. El intento fue, por cada sensibilidad, captar los elementos de recurso positivo que este encierra, sea en vista del crecimiento personal de los jóvenes, sea en perspectiva de la propuesta educativo-pastoral. Para cada sensibilidad se eligió un pasaje bíblico que pudiera interpretarla de diferentes maneras: acogiéndola, profundizándola, contestándola, verificándola. En torno a estos dos elementos (la sensibilidad y el pasaje bíblico) tomaron forma itinerarios precisos, de acuerdo con el análisis en tres momentos, como se indicó anteriormente. El resultado fue unas unidades temáticas (algunas para usar en la catequesis de los jóvenes y otras en la enseñanza de la religión en la escuela, otras en la oración de los grupos). Se hizo hincapié en la manera de cómo hacer intervenir, valorizar y hacer actuar la Escritura.
Examinemos las tres etapas en las que se articula cada unidad; se pueden denominar con estas expresiones que aluden a las actitudes que el animador quiere provocar y promover: 1) me pongo en juego, 2) escucho la Palabra, 3) reoriento mi vida. Las tres actitudes se implican mutuamente. Por ejemplo: el ponerse en juego no es posible sin la capacidad de escuchar y sin una sincera voluntad de orientar en modo siempre nuevo la vida; la escucha es verdadera sólo si uno se pone en juego; y así sucesivamente. La Biblia puede intervenir en las tres etapas: ella puede acompañar el ponerse en juego, la escucha y la reorientación de la vida. De manera privilegiada la colocamos en el segundo momento: esto ayuda a la dinámica de estar en frente de la Palabra y de advertir que la Palabra es un otro respecto a mí y me interpela.
Para cada uno de los tres momentos señalo los elementos que (desde el punto de vista material y de la propuesta) entran en campo:
1) Me pongo en juego
– El objetivo es despertar la curiosidad y el interés de los participantes y al mismo tiempo activar la motivación a participar, para ponerse con actitud positiva respecto a las actividades que se proponen.
– Se pueden valorizar técnicas de grupo, actividades de animación o, simplemente, indicaciones y/o sugerencias que provoquen la búsqueda y sentido de recogimiento (este puede ser ayudado por un signo o símbolo que se muestre todos).
– Puede durar unos pocos minutos o incluso toda una reunión (cuando se haga en varias etapas).
2 ) Escucho la Palabra
– Se activa el interés por el pasaje bíblico, ofreciendo elementos de correlación entre la experiencia actual/personal y la experiencia de vida que subyace al relato bíblico.
– Se lee/escucha atentamente el relato bíblico; las modalidades pueden variar: la proclamación de un lector, lectura a varias voces, lectura en silencio y luego leer juntos …
– Se ofrece una contribución de tipo exegético sobre la página leída o escuchada; se lo puede hacer incluso antes de leer la página o en otro momento.
– Se prolonga el contacto con la Palabra escuchada haciéndola resonar a través de técnicas que pueden variar (copiar el texto, cada uno relee el versículo que le impacta…).
– Se ofrece una contribución a la reflexión extraída de la experiencia de la Iglesia (leer un pasaje de los Padres de la Iglesia o de la tradición o de la reflexión actual o compartir un testimonio que tenga que ver con el pasaje bíblico).
3 ) Re-oriento mi vida
– Se pone la atención sobre la propia vida, haciendo el esfuerzo de verla desde el mensaje leído en el texto y a la luz de la Palabra.
– Se pueden compartir reflexiones.
– Se ayuda a sintetizar el compromiso o la atención a la que nos ha orientado la Palabra, descubriendo la novedad de vida que propone.
– Se toman prestadas las palabras del texto bíblico (por ejemplo, de un salmo) que interpreten el deseo de novedad de vida y contribuyan a transformar la reflexión en oración (alabanza, agradecimiento, contemplación…), o bien se usan otros textos de oración.
– Se puede indicar un texto bíblico (vinculado, por alguna razón, al que se ha utilizado) para rezar personalmente extendiendo la reflexión o la oración más allá de la reunión.

P. Salvatore Currò

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