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10. MISERICORDIA

La misericordia es el corazón de nuestro carisma y puede dar inspiración y perspectiva a nuestra educación. No sólo es el núcleo de nuestra experiencia espiritual, sino que puede ser una clave privilegiada de interpretación de nuestra actividad educativa. Una necesidad de misericordia está en el corazón de cada joven y de cada uno de nosotros. Es expectativa de reconocimiento, de amor gratuito, de recibir confianza, de perdón, de estímulo y de acompañar el crecimiento. Interceptar esta expectativa (y reconocerla en nosotros) nos ayuda a dar un tono positivo a nuestra acción educativa y nos abre al amor personal, gratuito, actual y misericordioso de Dios.

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Sentimos que las palabras del Papa Francisco sobre la misericordia resuenan particularmente significativas en nuestro corazón de educadores animados por el carisma murialdino. “Creo que este es el tiempo de la misericordia” – afirma Francisco en el libro-entrevista recientemente publicado, retomando cuanto había afirmado el 28 de julio de 2013, pocos meses después del inicio de su pontificado, durante el viaje de regreso de Río de Janeiro. “Dije entonces, y estoy cada vez más convencido, que este es un kairós, nuestra época es un kairós de misericordia, un tiempo oportuno” . La misericordia, para Francisco, es la forma que debe asumir el testimonio de la Iglesia, llamados ante todo a mostrar a la humanidad herida “su rostro de madre”; haciendo concreta la actitud indicada por San Juan XXIII al inicio del Concilio (11 de octubre de 1962): “la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia en lugar de abrazar las armas del rigor” . Pero no es sólo una estrategia pastoral. Ni siquiera una simple llamada a dar testimonio fiel del amor misericordioso del Padre (para nosotros, de la Familia de Murialdo, prolongando la experiencia de Murialdo). Es también, y en primer lugar, reconocer el clamor de misericordia escrito en el corazón y en la carne de nuestros contemporáneos y de nosotros mismos. Es un ver las heridas de la humanidad, de las personas que se acercan y de nosotros mismos, y en ellas descubrir un anhelo de misericordia.

No estamos acostumbrados a mirar el contexto cultural actual en clave de misericordia. Sin embargo, hay una expectativa de misericordia, también, y quizás sobre todo, en el mundo juvenil. Por lo general, leemos la realidad juvenil resaltando sus necesidades (manifiestas u ocultas, explícitas o prontas a emerger) de valores, de autenticidad, de sentido, de Dios. Son lecturas que ponen de relieve la falta de algo, y que a veces corren el riesgo de transmitir la idea de que la vida vale sólo en la medida en que se deja llenar (de valores, de sentido, de Dios), como si no valiese por sí misma. Es como si la vida no estuviese ya llena de dones, no poseyera ya un tesoro, aunque esté oculto en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,5). El contexto cultural hace su parte, marcado como está por la competitividad, el ansia de rendimiento, la obligación de tener que demostrar algo o de tener que estar siempre a la altura de las expectativas. ¡Está prohibido caerse, tropezar, manifestar fragilidad y debilidad! Y las heridas de las inevitables caídas se deben ocultar, son motivo de vergüenza. Todo parece contribuir a la desconfianza de sí mismo y a la fuga de sí .

El enfoque educativo y pastoral, cuando se basa en lo que falta, y cuando insiste demasiado en los valores que dan sentido a la vida, desplaza la atención del joven fuera de sí, no reconoce la necesidad de reconciliación consigo mismo, con las fragilidades y heridas, y corre el riesgo de alimentar la fuga de sí. El anhelo o la expectativa de misericordia no es una falta a rellenar. Es más bien la instancia, constitutiva del vivir, para reconocer los dones que se tienen dentro, para ver que lo que parece debilidad, en realidad es fuerza . Es la exigencia de no avergonzarse de las propias heridas y caídas, para poder volver a empezar. Es el deseo de perdonarse o reconciliarse, pero acompañado por la percepción de que no podemos hacerlo solos. Y es, por tanto, el anhelo, oculto y a menudo jamás declarado, de ser perdonados, de ser amados tal como se es; es, justamente, esperanza de misericordia.

El gesto ricamente educativo es siempre un gesto de reconocimiento sincero de los dones que hay en el joven y, a la vez, una provocación a la responsabilidad, es decir, un invitar al joven para que ponga a disposición lo que tiene. Es un gesto de gratitud absoluta, pero también de recepción sincera. Es un gesto que descoloca: un ofrecimiento de misericordia que el otro no cree merecer; una capacidad de recibir un don que el otro no cree tener. Se libera así la educación de la lógica del derecho, del cálculo, del juicio, y se introduce un aire de confianza, gratuidad, misericordia. La fe la sostiene, confirma y estimula. Ella es, ante todo, inspiración, aliento, empuje a posicionarse con sinceridad en la vida: desde la posición del derecho (es decir, desde lo que falta) a la recepción como don (es decir, al reconocimiento); desde un cuidar celosamente para sí, al ofrecimiento y la gracia. El Yo se revindica propietario (necesitado de algo que debe llenarlo), pero él nunca podrá cancelar la deuda por el don recibido y por la llamada a la responsabilidad que lo atraviesa. Nacimos ya en deuda, ya amados, y por gracia. Estamos siempre en deuda de amor. En esta posición, uno se va sintiendo amado por Dios, personalmente, actualmente; con amor infinito (inalcanzable, incomprensible), gratuito (no con la condición de que…), misericordioso.


-¿Alcanzas a reconocer la necesidad de misericordia que hay en los jóvenes que encuentras? ¿Cómo se manifiesta? ¿La reconoces también en ti, educador?
-¿Las relaciones educativas se dan en un clima de confianza, de reconocimiento de los dones, de sentirse amado incondicionalmente? ¿En la obra, en la comunidad educativa, se respira confianza, gratuidad, positividad, misericordia?
-¿Qué gestos o signos podrían sustentar una acción educativa signada por la misericordia? ¿Una mayor atención a los más pobres? ¿Una mayor paciencia con los adolescentes más difíciles? ¿Qué otros signos?

Salvatore Currò

1.Il nome di Dio è Misericordia. Una conversazione con A. Tornielli, Piemme, LEV – Piemme, Città del Vaticano – Milano, 2016, 22.
2. Ibid., 22.
3. Benedetto XVI aveva indicato nella «crisi di fiducia nella vita» la matrice della «crisi dell’educazione» (Lettera alla Diocesi e alla città di Roma sul compito urgente dell’educazione, 21 gennaio 2008).
4. Cf. ESBP 26, sulla vulnerabilità.

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