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7. NE PERDANTUR

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La exhortación de Murialdo: “ne perdantur”, nos abre a todos los adolescentes y jóvenes pobres, y nos hace “vivir” su punto de vista. El Papa nos anima a saber vivir desde las periferias, a aprender a ver las cosas y a resolver los problemas desde la perspectiva de las periferias. De este modo, nos alejamos de la cultura del descarte y trabajamos por una cultura de la inclusión y del encuentro.

Vivir el carisma de Murialdo es estar impregnado por el compromiso con los que tienen más importancia en la sociedad: los niños, los adolescentes y los jóvenes – especialmente los más pobres. Los estudios sobre el fundador resaltan con frecuencia la expresión “ne perdantur”. Lo que se pide es mucho más que la sensibilidad con los pobres y su causa. Se pide compromiso. La sensibilidad es una reacción originada en el corazón; nace como fruto del amor, pero se queda en un nivel superficial de implicación. En cambio, el compromiso pasa a través de reacciones emocionales hasta alcanzar grados de implicación que se traducen en actitudes concretas de acogida. El “ne perdantur” desafía al educador, al religioso y al cristiano a un éxodo incesante desde situaciones de dependencia, desde aquellas relaciones de clientelismo que domestican o de aquellos que se ponen en una posición de superioridad. El “ne perdantur” es acción continua de superación, de conquista por parte de quien se encuentra en situación de vulnerabilidad y marginación. Quien ofrece ayuda para que otro no se pierda debe darse cuenta de cuándo llegó el momento de retirarse de escena. Saber cuando el otro se ha emancipado es darse cuenta de que es capaz de caminar con sus propias fuerzas, de alzar por sí mismo su propio vuelo.

Todo esto exige y nos alerta a la idea de que necesitamos “salir del lugar”, “desacomodarnos”, ir al encuentro, salir de las salas, de las direcciones y oficinas… Nuestro lugar está en el lugar “de ellos”, de los que son el propósito de nuestro trabajo, de los que son la razón de nuestra existencia. Jesús salió del centro y fue a las periferias, vio a los que nadie ve, a los que nadie cree… Murialdo acogió, incentivó, rescató su dignidad, vio sus habilidades, cualidades, competencias… vio a Dios en cada niño y, más aún, les hizo darse cuenta del amor de Dios en sus vidas.

Para que ninguno se pierda, “ne perdantur”… En la óptica de Murialdo, y en nuestra óptica, es inaceptable que algún niño o adolescente pase por nosotros, por nuestras manos, por nuestro corazón, como algo en blanco, raso, sin haber adquirido valores, sin haber tenido un cambio de actitud, sin haber construido su propia historia… Ser significativos es otro test de eficiencia de nuestra actitud pastoral. Cuando un niño, un adolescente o un joven, identificado como marginado o en situación de exclusión, pasa por nosotros o por nuestras obras, siempre podrá salir de nuestra obra o de nosotros; sin embargo ni nosotros ni la obra debería poder salir de él. Se trata de haber sido significativos. Referencia positiva. No basta abordar, es necesario influenciar. Sólo puede ser una referencia positiva quién se involucra. Difícilmente entrará en la categoría de “perdantur” quien se siente acogido, amado, llamado del margen al centro. Es el reconocimiento de la dignidad humana; es auto-confianza que impregna la existencia. Es un proyectar para el futuro, es vislumbrar horizontes, salidas. Perderse no tendrá espacio en esta vida.

Es necesario mirar desde lo alto, analizar a la distancia, reflexionar, porque la búsqueda de espiritualidad y de reflexión enriquece nuestra práctica. La espiritualidad es lo que mueve y da brillo a lo que hacemos. Pero es imprescindible también que bajemos a la llanura, que caminamos descalzos, con sandalias polvorientas, codo a codo con los niños y niñas empobrecidos, con aquellos que la sociedad no valoró, no priorizó… con aquellos que quedaron al margen… Esta exhortación está implícita en la expresión de Murialdo: “ne perdantur”.

Quienes pertenecen a la Familia de Murialdo, laicos, religiosos, hermanos y hermanas, que comparten con los Josefinos su misión y buscan vivir este carisma con pasión, tienen el compromiso de ser el rostro de Murialdo. No podemos ser meros ejecutores de tareas. Es fundamental que seamos oyentes, que escuchemos el clamor de los jóvenes, adolescentes y niños con los que convivimos y trabajamos. Es importante que sepamos leer a través de los signos que ellos revelan, que estemos atentos a escuchar más allá de las palabras, a escuchar sus silencios. Pero, además de estar atentos y escuchar, es imprescindible detenerse y reflexionar juntos: ¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo lo estamos haciendo? Y… más aún: ¿Cómo estamos escuchando?

Como testigos del amor de Dios, somos educadores llamados a vivir la fe. La fe refuerza la certeza de que cada niño y cada niña trae la imagen de Dios en sí. Si vivimos el amor de Dios, si descubrimos que él nos ama con amor infinito, tierno, personal, actual y misericordioso, si tenemos esta certeza en nuestro corazón y en nuestra alma, descubriremos en cada joven, en cada adolescente, en cada niño, la imagen del Dios vivo. Más aún, tenemos la misión de hacerles descubrir y sentir ese amor de Dios y de que alcancen la certeza de que aunque no hubiera nadie más, aunque fueran de alguna manera abandonados, aunque no se sintieran amados por nadie… ¡Dios, seguramente, los ama!

“Si uno tiene cien ovejas y pierde una ¿no deja las noventa y nueve en el campo para ir tras la oveja perdida hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, con mucha alegría, la carga en sus hombros”. ¡Es eso! Que ninguno de nosotros se pierda. Y que ninguno de nosotros quede sin refugio, sin acogida, sin una constante búsqueda para ser encontrado. Ese es el misterio del amor del Padre que debe enriquecer nuestras acciones. Esa es la actitud del educador que, como amigo, hermano y padre, busca a quien se había perdido, lo encuentra y lo pone sobre sus hombros, lo conforta con su abrazo, junto a su corazón. Y en ese consuelo traducimos y ponemos en práctica el “ne perdantur”.

Acoger a quienes están perdidos, acoger a los más nuestros, es cuidar. Cuidar es comprometerse, es más que estar al lado, orientar, enseñar… La falta de cuidado es un estigma de nuestro tiempo. Vivimos en tiempos líquidos, dicen… Leonardo Boff escribe que tenemos que tener cuidado y compasión. “Tener compasión no es tener lástima por los demás”, sino que tener “com-pasión” es tener la capacidad de compartir la pasión del otro. Por la compasión no estamos solos, estamos juntos. Hacemos el camino con el otro y compartimos alegrías y sufrimientos. Tenemos que ser sensibles, sí, pero que esa sensibilidad con aquel que más lo necesita, con aquel que está perdido, se transforme en actitud concreta, en compromiso asumido.

1. “Desacomodar” no es tan fácil. El mundo moderno nos lleva a acomodarnos demasiado. Pero necesitamos “salir de ese lugar”, “desacomodarnos”, ir al encuentro, salir de las salas, de las direcciones y oficinas… Nuestro lugar está en el lugar “de ellos”, de aquellos que son el objeto de nuestro trabajo, que son la razón de nuestra existencia. Jesús salió del centro y fue a las periferias, vio a los que nadie ve, a los que nadie cree…
Como educador en el carisma de Murialdo, enumere tres actitudes concretas que demuestren esta actitud de desacomodarse para estar al lado de aquellos que son los más nuestros.

2. Para que ninguno se pierda, “ne perdantur”… En la óptica de Murialdo, y en nuestra óptica, es inaceptable que algún niño o adolescente pase por nosotros, por nuestras manos, por nuestro corazón, como algo en blanco, raso, sin haber adquirido valores, sin haber tenido un cambio de actitud, sin haber construido su propia historia…
¿Cómo podemos dar voz y oportunidades a los niños y adolescentes con los que trabajamos para que puedan construir su propia historia y no se pierdan?

3. Cuidado y compasión son más que actitudes que revelan sensibilidad. Son actitudes de compromiso.
¿Cómo evalúa su compromiso, en su actuar cotidiano, con aquellos que son los más nuestros?

Elisabet Tonezer
Carlos Alberto Pisoni
Joacir Della Giustina

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