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53. La Pedagogía del Amor – O bien: nuestra dificultad para comprender cómo Dios nos ama

P. Giovanni Boggio está muy familiarizado con la Biblia, especialmente con los textos del primer testamento, y nunca pierde la oportunidad para poner de relieve la sabiduría humana y religiosa que esos textos, es decir que la Palabra de Dios, son capaces de decir al hombre de hoy. Aquí se trata de la cuestión de la educación, que justamente por amor asume la tarea de corregir el error, de sancionar lo que está mal, de conducir firmemente hacia la meta de la madurez. Un discurso difícil de aceptar en la cultura contemporánea, a menudo opuesta a una idea de misericordia que corresponda al dato bíblico. El verdadero problema es no perder la finalidad del educar reconociendo que el verdadero amor sabe también ser fuerte y dulce, tierno y exigente. En fin, un amor siempre capaz de acoger y acompañar, como hace el buen Dios con cada uno de nosotros.

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53. La Pedagogía del Amor – O bien: nuestra dificultad para comprender cómo Dios nos ama        (Giovanni Boggio)


El Miércoles 4 de febrero, en el Ángelus, el Papa dirigió a los peregrinos un discurso sobre el tema de la familia deteniéndose de manera especial para delinear el papel del padre en la educación de los hijos. A partir de un texto del libro de los Proverbios (23,15-16), el Papa mostraba la alegría de un padre al ver a su hijo completamente integrado a la vida, realizado en todas sus aspiraciones gracias a los valores humanos que había logrado transmitirle a través de una presencia constante pero discreta durante sus años de formación.

Llegando a la conclusión, Papa Francisco agregaba una breve consideración acerca de la necesidad que a veces se presenta de tener también que corregir al hijo que se equivoca. Y comentaba la frase de un padre: “Una vez escuché en una reunión de matrimonios a un papá que decía: a veces tengo que dar una pequeña palmada a los niños… pero nunca en la cara para no humillarlos” y el Papa comentaba: “¡Qué hermoso! Tiene el sentido de la dignidad. Debe castigar, lo hace de la manera correcta, y sigue adelante”.

Extrañamente (hasta cierto punto…) el Papa no mencionó los versículos 13-14 del capítulo 23 que habrían ofrecido un fundamento bíblico extraordinario para su afirmación. Tal vez porque le habrían parecido ya demasiado arriesgados y, ciertamente, contra corriente.

Tanto es así que estas cinco líneas, después de una página intensa y tranquilizadora, pusieron en agitación a los defensores de una pedagogía basada en supuestos ideológicos muy de moda que denuncian como represivo de la libertad y de la dignidad de la persona cualquier intervención que suene a punición, sobre todo si física. Esa expresión “dar una palmada”, aún con la exclusión motivada de ciertas partes del cuerpo, no la pudieron digerir los pensadores buenistas. El día después, algunos periódicos, ironizaban las declaraciones del Papa recordando el “puño” declarado lícito por Francesco si alguien hubiera insultado a su madre.

No se puede pretender de un periodista “laico” el conocimiento de todas las rúbricas litúrgicas, aún cuando sería deseable aquel mínimo de documentación requerido por la ética profesional cuando se emiten juicios sobre el comportamiento de las personas. Si hubiera tenido esta atención elemental, hubiera visto que la primera lectura de la Misa celebrada en la mañana de ese Miércoles 4 de febrero traía algunos versículos de la Carta a los Hebreos que vale la pena leer en su totalidad, incluso si la cita es un poco larga, porque nos insertan de lleno en el tema que nos interesa.

“Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre. Ustedes se han olvidado de la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos: “Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, y cuando te reprenda, no te desalientes. Porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo”. Si ustedes tienen que sufrir es para su corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre? [Si Dios no los corrigiera, como lo hace con todos, ustedes serían bastardos y no hijos. Después de todo, nuestros padres carnales nos corregían, y no por eso dejábamos de respetarlos. Con mayor razón, entonces, debemos someternos al Padre de nuestro espíritu, para poseer la Vida. Porque nuestros padres sólo nos corrigen por un breve tiempo y de acuerdo con su criterio. Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien, a fin de comunicarnos su santidad.] Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella” (Hebreos 12,4-11).

El texto litúrgico continúa hasta v. 15 pero omite los vv. 8-10 que he reportado en [ ]. Ahora, no tengo la evidencia directa de que el Papa se haya inspirado en esta lectura al proponer el tema de la educación en su discurso pero, conociendo su costumbre de comentar las lecturas de la Misa del día, me parece legítimo pensar que lo haya hecho también en esta ocasión. Creo que es también significativo que en el discurso le haya dado mucho más espacio al resultado positivo de una educación bien realizada que no al momento de la corrección o del castigo por los errores cometidos por el hijo durante el período de su formación a la vida.

El contexto general de la Carta a los Hebreos es la explicación de la persona y de la misión de Jesús, especialmente en su calidad de sacerdote y víctima del sacrificio de sí mismo. El contexto inmediato es el ejemplo que nos dejó al aceptar el sufrimiento y la cruz, obteniendo para todos la liberación del pecado. Se exhorta a los cristianos para que vean en los sufrimientos debidos a su fe una intervención del Padre celestial para liberarlos del pecado. Como para Jesús la muerte en la cruz no fue un castigo, sino el acto supremo de amor del Padre, así los cristianos deben interpretar la ardua lucha contra el pecado como expresión de ese mismo amor.

De la pedagogía humana a la pedagogía de Dios

El autor de la Carta basa su enseñanza en la experiencia derivada de la vida familiar de la época, todavía influenciada por las tradiciones heredadas del nomadismo de las tribus patriarcales. Faltando, por supuesto, una institución especial, la educación de los jóvenes era el deber de todo padre que tenía que asegurar la supervivencia de la familia y de la tribu. Las difíciles condiciones de vida en el desierto exigían un estricto entrenamiento que no podía ceder a sentimentalismos contraproducentes. Si la vida era difícil, era necesario acostumbrar a los jóvenes para enfrentarse a ella, si se quería que no se vieran desbordados por acontecimientos que podrían destruirlos. Se trata de un realismo que puede también parecer brutal a nuestra sensibilidad, pero que manifiesta un amor verdadero, que tiene como objetivo lograr resultados positivos aún a costa de algunas acciones severas. El libro del Eclesiástico presenta una síntesis del método educativo que un buen padre debería seguir. Dejo a la lectura personal todo el texto (Eclesiástico 30,1-13), limitándome a citar un solo versículo que me parece emblemático: “¿Quién acaricia a un niño, allí le vendará luego las heridas; a cada grito su corazón será deshecho” (v. 7).

En este sentido, en un comentario al Corán de Magdi Cristiano Allam encontré una observación que puede ayudarnos a entrar en el contexto del ambiente de Oriente Medio. “Para los habitantes de la estepa y del desierto, el seguir el camino correcto y el dejarse guiar por los que lo conocían, con frecuencia, era una cuestión de vida o muerte” (Corán, explicado por M.C. Allam, Biblioteca de la libertad, 2015, p. 19).

Es en este contexto ambiental y social que hay que colocar las consideraciones que los ancianos (los abuelos, diría Papa Francisco) transmitían a sus hijos convertidos, a su vez, en padres. Los libros de la Biblia que recogen esta sabiduría de las pequeñas cosas nacida de la experiencia pertenecen a aquel grupo de escritos que los estudiosos llaman literatura sapiencial. La idea de fondo que los une es que Dios se manifiesta en la vida cotidiana, regulada por leyes misteriosas que no habían sido establecidas por los hombres, sino que estaban presentes abundantemente en la naturaleza.

¿Y quién las había dictado si no Dios? En esta perspectiva, la inteligencia humana no era considerada como contraria a Dios, sino que era vista como una herramienta necesaria para comprender, en la medida de lo posible, los misterios que rodeaban al hombre en su ser y en su vida. La longevidad de los ancianos era la demostración de que habían superado con éxito la adversidad de un ambiente hostil, habían recorrido un camino lleno de obstáculos y así eran capaces de enseñar a los jóvenes los secretos de su éxito.

Si una larga vida del hombre podía enseñar cómo vivir bien, tanto más esto debía valer para Dios, que no por nada podía ser presentado como “el Viejo en días” (Daniel 7,9). Esta expresión implica una larga experiencia, una idea que también se encuentra expresada de otra manera con la frase: “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, como diciendo que resumía en sí la experiencia de los patriarcas. Por lo tanto, esta característica también calificaba a Dios como el “sabio supremo” de quien se había originado la misma sabiduría.

Estas consideraciones llevaban a superponer, en cierta medida, el plan de acción de Dios con el del hombre. O viceversa, a imaginar que Dios se comportaría con hombres como lo haría un buen padre que tratara de preparar a sus hijos para enfrentar la vida en toda su cruda realidad, sin ilusionarlos con promesas engañosas.

Un caso típico de educación equivocada

La Biblia presenta un episodio dramático, por las consecuencias que ha causado en la historia del pueblo judío. Según la narración bíblica, la división del reino producida después de la muerte de Salomón se debió en gran parte a la mala educación impartida en la corte a los hijos del rey y a sus compañeros, pertenecientes a una nobleza que ya entonces vivía en un mundo irreal y que des-educaba a los hijos haciéndolos crecer en el fomento de sus peores inclinaciones. Baste leer, sin prejuicios buenistas, el segundo capítulo del primer libro de los Reyes para darse cuenta de la arrogancia y de la impericia política y humana de Roboam y de los jóvenes que se habían criado con él. No podemos comentar aquí el texto, pero merecería una cuidadosa reflexión desde el punto de vista pedagógico.

Volviendo al libro de los Proverbios, era comprensible la exhortación de los dos versículos que no se mencionan (23,13-14). El uso del bastón en el momento adecuado podía evitar que el hijo fuera golpeado después por la espada, la que podría causar daños mucho más terribles (lo salvarás del reino de los muertos v.14). Creo que vale la pena destacar la ironía que subyace al comentario des-dramatizador del v. 13 “si lo castigas con el palo no morirá“.

Es innegable que el comportamiento sugerido al padre en el libro de los Proverbios es insoportable para nuestra cultura, deformada por siglos por un idealismo divorciado de la realidad y últimamente por el hostigamiento del bombardeo mediático que exalta una libertad separada de la responsabilidad y una búsqueda del placer individual bajo cualquier forma que se presente.

Pero la vida real no es así. Sólo la hipocresía imperante (e interesada) prohíbe reconocer el fracaso de una educación basada en la permisividad absoluta, que a menudo termina en comportamientos violentos. Se sigue rechazando la estrecha relación entre violencia privada y colectiva, con una concepción del hombre abstracta e irreal. En las últimas décadas, venimos asistiendo a una creciente reivindicación de los derechos individuales en nombre de una libertad sin límites y separada de la responsabilidad.

Con justicia se denuncian los casos de educadores de jardines de infantes que maltratan a los niños, pero, a la vez, deberían ser denunciados los padres, los maestros, los teóricos de la pedagogía y los políticos que incitan los jóvenes a la arrogancia y a la violencia para hacer valer derechos verdaderos o imaginarios. Es así que muchos organismos educativos se han convertido en “bullifici” [“fábrica de violentos”] que han producido en serie clones de modelos impuestos por el consumismo y por intereses ideológicos.

El fracaso de esta mala educación está a la vista de todos y comienza a dar valor a quienes lo habían constatado ya desde hace tiempo, pero que entonces eran marginados por la pseudo-cultura imperante. Finalmente escuchamos voces que denuncian esta pseudo-educación que ha producido abusos, ante lo cuales se tiene el descaro de maravillarse.

¿Es el comienzo de un cambio?

Me sorprendió gratamente cuando leí hace unos días un artículo de Rita Querzè, en el diario “Corriere della Sera” (14 de marzo, p. 45), que trataba con decisión el problema tomando una clara posición. La autora (se hace llamar “sólo una mamá”) después de describir una escena desagradable (protagonizada por un niño de seis o siete años y su madre) se pregunta si no será el momento de tomar medidas para cambiar la forma de educar a los niños. Por su propio bien, si no queremos criar “una generación de adultos frágiles, maleducados y egoístas […] Por no decir que el futuro de nuestros hijos será cuesta arriba. Así que es mejor enseñarles de inmediato a escalar”.

Me parecía leer los versículos de los Proverbios que hablaban del bastón, como también sentía el eco de las frases citadas por Papa Francisco y de su comentario, cuando leía: “Al final, la mayor satisfacción nos llega de los propios niños cuando te dicen, orgullosos y fuertes: “Mamá, ¿has visto ese niño cómo está malcriado? ¡Es un caprichoso!”. Con estos antecedentes, no me sorprendió cuando esa madre afrontó el último tabú: la paliza, desafiando incluso al Consejo de Europa. Y me pregunté: ¿Qué tipo de consejos nos vienen de quienes tienen autoridad, pero son esclavos de prejuicios?

No menos perjudicial, sin embargo, es la resignación generalizada que está contaminando a muchos contemporáneos que ya no saben reaccionar sino pensando y diciendo: “¿Qué puedo hacer yo?”. Esta es una mentalidad perdedora que conduce directamente a la derrota. Y se está extendiendo cada vez más esta sensación de impotencia que paraliza el cerebro y sofoca cualquier intento de reacción.

Con esto, no quiero absolutamente afirmar la validez de métodos educativos represivos aplicados en el pasado, incluso en ambientes de iglesia. A veces escondían auténticas perversiones presentándolas como deseo de ascesis, practicada (quiero creer) tal vez de buena fe. Reconocer las exageraciones y errores del pasado no significa rechazarlo totalmente sino comprometerse a no repetir lo que se ha demostrado contrario a los principios a los también nosotros nos inspiramos.

El jubileo de la misericordia

El Papa Francisco ha convocado para el próximo año un jubileo centrado en el gran tema de la misericordia. Sin duda, será la oportunidad para reflexionar sobre un tema de vital importancia para entender nuestra relación con Dios, pero a condición de que se lo tome seriamente, como lo presenta la Biblia y no venga filtrado a través de los criterios impuestos por el buenismo imperante.

Voy a tratar de expresarme con la mayor claridad posible. Si elijo los textos bíblicos que hablan explícitamente de la misericordia de Dios que todo perdona, incluso los pecados más aberrantes, y me quedo en este nivel de investigación, obtendré una antología abundante de afirmaciones hermosas que pueden alentar aún al más desesperado a tener confianza en recibir el perdón de Dios.

Es un hermoso mensaje, que el mundo necesita tanto. Tal mensaje nace de textos bíblicos cuidadosamente seleccionados, pero ¿el mensaje que transmiten es justamente aquel que nos quiere dar la Biblia? Está “en” la Biblia, pero ¿es propio “de la” Biblia? ¿Es eso justamente lo que Dios nos quiere enseñar? Si nos centramos tan sólo en el perdón que Dios concede a “todos” sin distinción, ¿no corremos el riesgo de atribuir a la Biblia algo que nos viene bien a nosotros, pero que es lo contrario de la enseñanza auténtica que nos quiere dar? Presentar la misericordia aislada del contexto histórico, cultural, religioso, literario en el cual la Biblia la coloca significa instrumentalizar aquello que seguimos proclamando “palabra de Dios” mientras que continuamos a tratarla como una palabra de conveniencia.

Para ser aún más claro, si hablo del amor de Dios que perdona todo, enseño una gran verdad que se vuelve aún más maravillosa sólo si entiendo que Dios acoge siempre y de todas maneras al hijo que “vuelve a él” después de haber reconocido el fracaso al que lo han llevado sus decisiones equivocadas que lo habían reducido al hambre y al degrado. Los textos bíblicos que hemos mencionado, y muchos otros del mismo tenor, describen esta otra cara de la moneda hasta el punto de llegar a decir que Dios mismo interviene a veces con decisión en el intento de evitar que el hijo se autodestruya. Y esto lo hace porque lo ama.

De la pedagogía de Dios a la pedagogía del hombre

Los autores de los libros sapienciales (que nosotros consideramos inspirados por Dios) tienen la valentía de enseñarlo abiertamente, como hemos visto. Papa Francisco se mueve en la misma línea, tratando de no herir demasiado la susceptibilidad hipersensible de la cultura contemporánea, para comunicar algo del verdadero mensaje de la Biblia. Este es un mensaje fuerte, a veces áspero y brutal, hecho por gente acostumbrada a mirar la realidad de frente y a llamar a las cosas por su verdadero nombre. Pero incluso en tiempos de Jeremías, había quienes para obtener ventajas personales cambiaban los nombres a las cosas con la ilusión de cambiar también la realidad.

“No hagan caso a sus palabras – dice Jeremías -. Ellos les hacen creer cosas vanas, les anuncian las fantasías de sus corazones. Prometen bienestar y felicidad a los que se comportan de una manera contraria a la voluntad de Dios” (cfr. Jer 23,16-17). En la práctica, estos “profetas” enseñaban que Dios demostraba su amor premiando a los delincuentes y haciéndose así cómplice de ellos para hacer el mal. De esta manera impedían a los pecadores hacer la única cosa que les podía atraer la misericordia divina: cambiar su vida y pedir sinceramente perdón.

La imagen de un Dios que hace como que no ve las travesuras del hijo y que está dispuesto a hacer la vista gorda, como si no hubiera pasado nada, ciertamente no es el icono de Dios que nos presenta la Biblia. El Padre bueno, del que también Jesús nos habla, no se identifica con un anciano que sufriendo de Alzheimer se olvida de todo y que se lo tranquiliza con cuatro caricias y con algún placebo para luego abandonarlo en su silla de ruedas y continuar con nuestra vida sin preocupaciones hasta la próxima visita.

Sin embargo, esta parece ser la idea de Dios que muchos cristianos se han hecho. O al menos esa es la impresión que se tiene cuando se ven celebraciones espectaculares, peregrinaciones, vigilias, procesiones o cuando se asiste a debates, mesas redondas, reuniones pastorales programáticas y luego se mira la vida de los bautizados en la cotidianidad de la familia, en el lugar de trabajo, en la política, en los deportes o el entretenimiento. “He pagado la coima al jefe, me he garantizado su protección, por tanto soy libre de hacer lo que quiera” parecen pensar muchos cristianos, que más o menos conscientemente transfieren esta convicción a la educación de los hijos. Y esta mentalidad es compartida en el ámbito escolar y contamina necesariamente también las relaciones dentro de las asociaciones educativas y movimientos que dicen estar inspirados por el Evangelio.

Una lectura de la Biblia, incluso superficial, nos presenta un Dios muy diferente de la caricatura que han hecho algunas presentaciones buenistas hoy de moda en busca de la complicidad de Dios más que de su voluntad. El Dios de Jesús es ciertamente bueno, pero también es severo y exigente con sus hijos, justamente porque los ama. Tomo prestado el comienzo de alguna parábola de Jesús para hipotizar un caso que podría ser emblemático: “¿Quién de ustedes, teniendo hijos que ama, sorprendiendo uno que está por cortarse las venas no interviene para evitar que haga esta locura, incluso a costa de usar modales fuertes y, si fuera necesario, de intervenir con violencia para evitar lo peor? ¿O prefieren un padre que sólo tome nota de lo que va a suceder y que concentre el amor por su hijo en un hermoso elogio fúnebre, incluso también denunciando la sociedad corrupta?”.

No es elegante citarse a sí mismo, pero en este caso es inevitable debido a que en el 2009 ya publiqué, en Lettere Giuseppine (la revista de los Josefinos), una reflexión sobre este mismo tema. Me detenía principalmente en la experiencia que San Leonardo vivió en su adolescencia y que marcaría toda su vida. San Leonardo comprendió la grandeza del amor de Dios a partir del miedo de ir al infierno debido a los pecados que había cometido y que le parecían enormes, tanto como para hacerle merecedor de la condenación eterna. Comparaba la pedagogía que Dios había seguido en el educar el joven “pecador” con aquella descripta en la Biblia para la educación del pueblo judío, y concluía que no había diferencias: el castigo, o incluso tan solo el miedo al castigo, eran la línea de partida de una carrera que llevaría a la meta del descubrimiento del amor de Dios. Presentar la meta como un dato adquirido del cual partir hacia otras metas no es sólo anti-histórico y contrario a la razón, sino que es también causa de malentendidos que conducen a resultados desastrosos, tales como los que encontramos en la educación dada a los jóvenes de hoy.

En esas reflexiones no entré en el tema de la pedagogía seguida por Murialdo en la educación de los jóvenes del Artigianelli. Tema interesante, sin duda, pero que me hubiera obligado a realizar investigaciones rigurosas que quizás otros podrían hacer con más competencia. Me pareció oportuno detenerme todavía en el aspecto bíblico que, además de ser el objeto de mis estudios específicos, creo que a veces se enfrenta a una cierta, digamos, superficialidad. Ciertamente, cada uno es libre de pensar y actuar como quiera, ¡faltaría más! Pero no se puede presentar como enseñanza derivada de la Biblia aquello que, en cambio, depende de otras matrices culturales y que responde a una imagen de hombre absolutamente irreal (Cfr. Dalla paura all’amore. L’itinerario spirituale di san Leonardo Murialdo, in Lettere Giuseppine, 31 ottobre 2009, pag. 185-190).

Concluyo mi reflexión, que podría continuar y profundizarse más, con las palabras que Papa Francisco pone en la boca de un padre, en el discurso con el que comenzamos: “Seré feliz cada vez que te vea actuar con sabiduría, y me conmoveré cada vez que te sienta hablar con rectitud. Esto es lo que he querido dejarte, para que se convierta en algo tuyo: la capacidad de sentir y actuar, de hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que tú puedas ser así, te he enseñado cosas que no sabías, he corregido errores que no veías. Te hice sentir un afecto profundo y a la vez discreto, que tal vez no has reconocido plenamente cuando eras joven e incierto. Te he dado un testimonio de rigor y firmeza que tal vez no entendías, cuando hubieras querido sólo complicidad y protección. Tuve que ponerme a mí mismo, en primer lugar, ante la prueba de la sabiduría del corazón, y vigilar sobre los excesos del sentimiento y del resentimiento, para soportar el peso de las inevitables incomprensiones y encontrar las palabras justas para hacerme entender”.

Creo que estas frases no son más que la traducción a un lenguaje moderno de lo que la Biblia llama la “nueva alianza” anunciada en el libro de Jeremías (31,31-34), actuada por Jesús durante toda su vida y dejada a nosotros como modelo para inspirar nuestras acciones. En otras palabras, se trata de compartir los proyectos de Dios, no porque se esté obligado por leyes insoportables sentidas como incomprensibles, sino por una convicción profunda, porque fueron hechas propias. La pedagogía de Dios en la educación de su pueblo se convierte así en el paradigma con el cual desarrollar toda relación educativa en la familia, en la sociedad y en la iglesia.

Tal vez, para los amantes de la moderna pedagogía “científica”, aquella presentada por la Biblia puede parecerles “rústica” y así les parece también a los especialistas de cada disciplina la teología, la moral, la sociología, la filosofía que se derivan de las páginas bíblicas. Esto no debe sorprendernos mucho. Las reflexiones que encontramos en la Biblia nacen de una experiencia de vida simple, que se puede encontrar sustancialmente de modo muy similar en todas las culturas. Las ciencias modernas, aún partiendo de una base empírica, se preocupan por organizar los datos recogidos en estructuras sistemáticas, a menudo construidas para responder a exigencias ideológicas o económicas. Los problemas planteados por la globalización de las estructuras educativas están a la vista de todos.

Si intentáramos al menos nosotros, educadores cristianos, dar más peso a las indicaciones auténticas derivadas de la Biblia, incluso a costa de ir contra la corriente, nos daríamos cuenta de que algo podría cambiar realmente. Para mejor.

Giovanni Boggio

Se puede leer el discurso del Papa y ver el video en el siguiente enlace:

http://w2.vatican.va/content/francesco/it/events/event.dir.html/content/vaticanevents/it/2015/2/4/udienzagenerale.html

Otras intervenciones sobre el mismo tema se pueden encontrar en el blog: Giovanni Boggio blog la scala dei santi.

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