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20. NUESTRA EXPERIENCIA MURIALDINA EN ALBANIA

Albania es un país de contradicciones, a las puertas de Europa y cercana al mundo de Oriente. Por un lado tiene el deseo de abrirse al mundo y por otro sigue siendo muy cerrada en sí misma. Domina un fuerte individualismo alimentado principalmente por una falta de confianza en los demás que se expresa en formas más o menos profundas de violencia; de ahí la importancia de construir relaciones sinceras, de cercanía, de fraternidad. Con nuestra forma de ser y de hacer tratamos de ayudarles a crecer en autonomía, en responsabilidad, a ser constructores de su propia historia. No esperamos nada y está claro que nuestro servicio debe comenzar con un corazón que actúa por motivaciones profundas, con gratuidad. Tal vez este es ya un camino para que luego encontrando al otro (al hombre) puedan, esperamos, encontrar al Otro (a Dios). Tal vez aún estamos en el tiempo de preparar la tierra para ser sembrada, y no aún en el de sembrar.
La familia, considerada un gran valor, la paz entre las muchas diferencias étnicas y religiosas, son algunos de los valores que nos dicen que es posible caminar, aunque con dificultad, confiados en Aquel que ha vencido todo. Mientras tanto, fe, esperanza y mucha paciencia, porque el momento de sembrar vendrá.

Cristina Casado Ocejo

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20. NUESTRA EXPERIENCIA MURIALDINA EN ALBANIA

(Cristina Casado)


“Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo:
les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra
y les daré un corazón de carne.” (Ez 36, 26)

Pensando a la misión de los Josefinos en Albania y haciéndome eco de su experiencia y de la mía propia en estos años, me resonaba mucho este texto, el capítulo 36, del profeta Ezequiel:

Así habla el Señor: Sí, ustedes han sido devastadas y asediadas por todas partes, hasta convertirse en posesión del resto de las naciones, y han sido objeto de las habladurías y difamaciones de la gente. Por eso, montañas de Israel, escuchen la palabra del Señor: Así habla el Señor a las montañas, a las colinas, a los cauces de los torrentes y a los valles, a las ruinas desiertas y a las ciudades abandonadas, que han sido saqueadas y escarnecidas por el resto de las naciones vecinas.

[…]Por eso, di al pueblo de Israel: Así habla el Señor: Yo no obro por consideración a ustedes, casa de Israel, sino por el honor de mi santo Nombre, que ustedes han profanado entre las naciones adonde han ido. Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor –oráculo del Señor– cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes. Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.

Cuando los primeros misioneros llegaron a Albania, seguramente encontraron una tierra devastada, no solo empobrecida económicamente sino, y sobre todo, espiritualmente. Pero al mismo tiempo con tanta sed, ansia de abrirse, de dar paso a algo nuevo.
Y el deseo ha sido y continua a ser ayudar a la tierra albanesa, a sus gentes, para que redescubran su corazón, lo reconozcan, lo miren con afecto, vean sus heridas, las puedan ir curando y puedan, con todas sus cicatrices, volver a hacer sitio al Señor y convertirse en tierra fecunda.
No es, sin embargo, tarea fácil. Nadie ha dicho que lo deba ser. Es un proceso largo y hay que ponerse en camino… Y así, en ese camino, se ha ido pasando de un empezar a conocerse, “del enamoramiento inicial”… a compartir un poco más en profundidad.
Albania, es sin duda una tierra de contradicciones: o te enamora o la odias… no suele despertar sentimientos intermedios ni indiferencia.
Es una contradicción su estar en Europa y tener, al mismo tiempo, tantos elementos de culturas orientales. Sus raíces cristianas con su fuerte impregnación de costumbres y creencias procedentes del Islam. Es un estar cerca y a la vez estar lejos.
Llaman la atención sus parabólicas, su deseo de abrirse al exterior, su capacidad de aprender otras lenguas, que conviven, en la práctica, con una cierta tendencia al aislamiento, a mirarse a sí misma, una cierta prudencia a confrontarse con el exterior. Un orgullo nacional a la vez que poca estima verdadera di sí mismo como pueblo.
Y así, en este contexto se da nuestra labor educativa y evangelizadora. Educativa porque es la persona misma que debe formarse, crecer, construirse. Evangelizadora porque es propiciar el encuentro con Jesús Resucitado que no han podido tener como experiencia. ¿Qué es primero, qué segundo: educar o evangelizar? Seguramente son cosas de hacer simultáneamente, aunque en momentos diversos haya que priorizar más una y dejar un poco la otra y viceversa… Quizás lo importante es saber que, en cualquier situación o acción … lo nuestro es educar evangelizando.. y… evangelizar educando.
En ambos casos, uno de los retos a afrontar es el individualismo imperante. Nada de nuevo en comparación, desgraciadamente, con tantos otros lugares. Quizás aquí el matiz para entender es que viene como respuesta opuesta, de huida, al colectivismo forzado del tiempo del comunismo. Se trata de recrear la idea del bien común, desearlo, creer que ese “común” es de verdad el más preciado de los bienes.
Ligado a esto está una de las heridas más profundas de sanar: la pérdida de la confianza en el otro, la duda permanente que a veces tiene como protección preventiva, el desprecio, la agresión, y que desemboca en la dificultad de colaborar, de hacer cosas juntos.
Aquí se hace particularmente importante el construir relaciones, relaciones sinceras, cercanas, de confianza, de amistad. Este posiblemente sea uno de los puntos más importantes de nuestro testimonio y donde más se pide de nosotros; lo que más nos pone contra las cuerdas, porque es sin duda una prueba evidente, a veces dolorosa, del dar gratuitamente, sin esperar nada a cambio. No tiene cabida esperar recompensas por nuestros sacrificios: o se da con alegría o “s’ka”, como dicen los albaneses, no sirve.
Pero si nosotros confiamos de verdad en el otro y le permitimos hacer esa experiencia de sentirse reconocido, posiblemente podrá ganar en seguridad en sí mismo y a su vez dar confianza a los otros. No será automático, ni inminente, es un reto, pero posiblemente sea una primera “experiencia de fe”… para poder después creer en Quien no se ve.
Albania debe reconstruir su identidad, y posiblemente otro de los desafíos sea acompañar a las personas en este proceso. ¿Cómo hacerlo? Cuando llegamos a un sitio tratamos de dar lo que tenemos, lo que somos, compartir nuestras experiencias y damos nuestra visión del mundo, lo que creemos que es bueno, lo que creemos que debería ser, las “herramientas” que a nosotros nos han servido. Pero la llamada es a dar todavía un paso más: se requiere la capacidad de dejarnos interpelar por el otro, de escucharlo, de conocer sus por qué y sus formas de hacer, de dialogar… de manera que después, “con todo el material disponible”, pueda ser él a seleccionarlo y elaborar “su guión”, pueda ser de verdad el protagonista, el constructor de su propia historia. No para hacer un gran teatro, sino para poder vivir con autenticidad.
A menudo, en nuestro estar aquí, nos encontramos con dificultad para encontrar el modo mejor de ayudar a las personas a crecer en autonomía, en responsabilidad, honestidad. Para no alimentar la creencia de que todo viene dado, de que todo está controlado desde fuera, sino que se requiere la implicación y el esfuerzo personal, continuado.
Educar el corazón en Albania es también educar, crecer, en el modo de estar en contacto y gestionar los sentimientos, las pasiones, porque no es “ahora o nunca”, “todo o nada”, blanco o negro”… Hay tantos momentos, matices, gamas de grises y, todavía un poco más: sobre todo hay un gran Arco Iris con tantos vivos colores. Hay esperanza más allá de la pesada nube gris del pesimismo que a veces nos cubre y de la que nos dejamos envolver.
Se trata, eso sí, de crear las condiciones para poder ver el Arco Iris… Por la parte que nos toca, “en ello estamos”…
Educar, es estimular la creatividad, el afán de superación, la planificación. Valorar el arraigado sentido del honor y la importancia de la familia (tan perdida en otros lugares). Es aprender a respetar la diversidad del otro, tolerar la discrepancia de opiniones. Y aprender a no perder la esperanza ni la alegría aunque haya que empezar de nuevo cada poco; la ilusión de sembrar sin saber muy bien cuánto trigo bueno saldrá entre toda la cizaña.
En este sentido, uno de los desafíos más fuertes es justo sembrar la Palabra, la evangelización en sentido clásico. Cuando se ha tenido una experiencia que ha priorizado lo material, lo concreto, sin una base de valores; cuando se ha profanado el nombre de Dios, como dice el profeta Ezequiel… Y no se ha tenido la posibilidad de abrirse a lo trascendente… la cosa no es fácil.
Más que sembrar, es mover y limpiar la tierra para prepararla para la siembra.
Sin embargo se da un hecho importante y es una gran solidaridad religiosa (por el denominador común de la persecución), una convivencia pacífica de las distintas religiones, digna de mantener.
Hay que empezar de la base: qué es ser cristiano, como se aplica a la vida de todos los días, la vía de los Sacramentos, pero simultáneamente crear y fortalecer comunidades cristianas donde poder vivir y compartir esta fe.
A menudo no se ve el progreso, cuánto menos “la salida”. Pero si creemos verdaderamente que el Resucitado ha vencido la muerte, el mal, ¿entonces?
Albania educa el corazón de los que pasamos por aquí: poniendo a prueba nuestro ser, nuestra paciencia, nuestra fe… nos enseña tantas cosas. Si el Murialdo se dejó transformar, “educar” por el amor de Dios, ojalá no sólo lo hagamos nosotros, sino que podamos ser instrumentos para los otros de ese Amor que te cambia la vida.
Y ojalá podamos, con nuestro corazón de carne, ayudar a recomponer el “corazón partido” de los albaneses y poder decir juntos: “Señor, aquí está tu pueblo, tú eres nuestro Dios”.


Cristina Casado

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