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6. Nuestro carisma en África y cómo disfrutarlo

A la luz de su experiencia, P. Luigi Cencin, superior de la Viceprovincia de África, nos indica algunas prioridades para que el carisma de Murialdo pueda ir al encuentro de la realidad del África; una realidad impulsada por tantos recursos para el cambio y, a la vez, inmersa en una serie de problemas que parecen aplastarla. Debemos tener la valentía de llevar la buena noticia que es Jesús. El carisma nos invita a desarrollar buenas relaciones entre nosotros, a estar del lado de los jóvenes pobres con paciencia y fidelidad a su dignidad de personas. La oración, el trabajo, el perdón, la preocupación por la educación, encuentran en el carisma su recurso. El carisma nos ayuda a transmitir la buena noticia del amor de Dios, incluso a través de las estructuras -en tanto que ofrecemos mucho más que ellas-: la proximidad, la hospitalidad, la justicia, y no con un sentido de superioridad. El carisma nos invita también a valorizar algunos aspectos de la cultura y de la tradición africana, como el sentido de la familia, de la hospitalidad, del amor por la vida. No podemos menos que ser tan optimistas.

P. Luigi Cencin

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Si quieres profundizar

6. Nuestro carisma en África y cómo disfrutarlo

(P. Luigi Cencin)


Cada generación tiene sus propias cualidades y sus propios desafíos, por lo que no hay una época mejor que otra, simplemente son diferentes. Cada tiempo tiene sus propios personajes, algunos son sabios, otros están sumergidos en su propio interés personal. La descripción de la sociedad hoy puede ser optimista o pesimista de acuerdo con la experiencia de quien la describe. Soy un josefino que actualmente vive en África, donde la sociedad está cambiando de una vida tranquila a una vida cotidiana excitada por nuevas propuestas, desafíos abiertos y provocaciones visibles. Televisión, Internet, teléfonos celulares, son ahora tan comunes como el saludo diario, por lo que las personas, los acontecimientos y las noticias han llegado a ser tan familiares como los parientes y amigos. Algunos de nosotros estamos familiarizándonos con esta nueva realidad, otros todavía están encontrando dificultades. Hay momentos en los que expresamos nuestras consideraciones sobre lo que está pasando. Reflexionamos sobre las actividades, los sentimientos y la vida futura. Cuando el mundo está cambiando, cuando el río está a punto de desbordarse, los ancianos solían decir: “Salvar las semillas”. La inundación pasará, pero habremos salvado lo que es importante continuar. Por tanto, ¿qué es lo importante?

Para nosotros, Josefinos, nuestro carisma es de vital importancia.

Lo que yo percibo en nuestro pueblo es una clara búsqueda de Cristo. Permítanme comenzar desde este punto porque quiero ir directamente al núcleo de la cuestión. Estamos inmersos en noticias de todo tipo, pero yo sé que la noticia que tiene significado y que lleva consuelo a las personas es la noticia que se refiere a Jesús. Mi abuela, un Viernes Santo, señalando al crucifijo, me susurró al oído: “Está muerto. No te preocupes. ¡El día después de mañana Él estará vivo!” ¡Impresionante información! Fue pronunciada hace cientos de años y todavía circula por todo el mundo: “¡No tengan miedo! ¡Jesús está vivo, está con nosotros, y sus pecados les son perdonados, anden con el corazón en paz! Si han sido reconciliados con Dios, vayan y amen a su pueblo. ¡El cielo es para ustedes; la vida eterna ahora es suya!” Nuestras bocas están tan llenas de risas, de chismes y de palabras sin sentido, que cuando alguien se levanta y habla palabras de Jesús, inmediatamente muchos se convierten en oyentes apasionados. La gente quiere sentir hablar de Dios. La gente tiene necesidad de hermanos que les hablen acerca de la belleza de una vida vivida no en el ansia, en el desorden y en la muerte, sino de una vida nueva iluminada por la presencia del Señor resucitado. Esta ha sido la experiencia de Murialdo, que pasó unos años en la tristeza por haberse alejado de Dios y luego, con esperanza, cincuenta y cinco años de gratitud, de deseo de santidad y de confianza en Dios. Eso es todo. El autor es Dios, nosotros somos los protagonistas. La persona clave de nuestra felicidad es Jesús, el camino para acceder al amor de Dios. Esto es lo que África siente y busca.

Por tanto, estoy de acuerdo con aquellos que señalan a las relaciones como aspectos importantes de nuestra vida. Muchos escritos unen el carisma de una congregación con el modo de relacionarse entre sus miembros. Están todos de acuerdo acerca de la profunda conexión entre el deseo de espiritualidad y el de un encuentro recíproco y una relación sincera. Entre nosotros, Josefinos, es bien conocido el comentario dirigido a nuestro fundador: “Usted puede hacer mucho bien, porque ama y es amado”. Esta puede ser la síntesis de una amplia modalidad de relaciones que son típicas de nuestro estilo educativo. Este elogio, vivido como “amigo, hermano y padre” de nuestros jóvenes, diseña el cuadro de espiritualidad de aquellos que están dispuestos a sentarse cerca de un joven y son capaces de escucharlo y hablar con él.

Tenemos que mostrarnos pacientes con las faltas de los jóvenes, buenos con aquellos que son malos y capaces de perdonar sus pecados. A aquellos que no son amados, acercarnos; a los que están lejos, dar el primer paso; a los que están tristes, vamos con nuestra ternura. Si no somos verdaderamente expertos en humanidad ¿Cómo podríamos percibir la acción de Dios en la vida de las personas? ¿Cómo podríamos hablar de la encarnación si no sentimos la amistad, el espíritu de familia, la incertidumbre económica y los peligros?

La gran lucha de Murialdo fue lograr que la sociedad reconociera y declarara la dignidad humana de los niños y jóvenes afectados por la pobreza social, que vivían en el vicio y estaban abandonados a sí mismos. “Pan, trabajo, amor y eternidad” podría ser nuestro “manifiesto” para ganar a los hombres y entrar en el Paraíso.

En África, si seremos capaces de aplicar nuestro estilo educativo, los niños, los padres y las autoridades civiles nos recompensarán con un ¡”premio ad honorem”! Las relaciones sinceras son el corazón de toda actividad educativa y experiencia pastoral. El encuentro y el acompañamiento personal fue el camino de Jesús con los dos discípulos en la calzada de Emaús. La acogida y la comprensión recíproca es la forma de expresar nuestro carisma.

El siguiente desafío es la presencia de los jóvenes pobres. En África no vamos en búsqueda de jóvenes pobres, los encontramos en todas partes. Ellos vienen a nosotros en busca de medios para dignificar su vida y de una educación que les permita construir un futuro mejor y enriquecerse espiritualmente. Hay quienes, privados de casi todo, se quedan lejos de nosotros porque no tienen el coraje de dar el primer paso. Los mismos jóvenes ponen en cuestión nuestro estilo de vida. Ya desde el primer momento. Ellos se dan cuenta inmediatamente si el “contacto” tiene el sabor del amor de Dios, si les acogemos y les consideramos con respeto o si, como hacemos tantas cosas para ellos, terminamos negándoles lo que probablemente esperan: alguien que les escuche, les consuele y les dé el valor que necesitan para seguir adelante en sus vidas. Tenemos mucho más que dinero o cosas materiales para compartir con ellos. Es cierto que somos los dueños de estructuras e instalaciones, pero los utilizamos para el servicio que prestamos, no para satisfacer la propia comodidad o nuestro deseo de reconocimiento. No podemos ir hacia las personas necesitadas desde una posición de privilegio y de ostentación de riqueza sin provocar en ellos envidia y humillación. Tenemos que dotarnos de un mayor sentido de la justicia.

Por tanto, nuestro servicio en función de las inmediatas necesidades materiales e intelectuales de los jóvenes no nos debe llevar a considerar nuestra tarea plenamente cumplida. Nuestra condición de educadores Josefinos y consagrados, guiados por la certeza del amor personal de Dios, nos exige ofrecer también un serio alimento moral y espiritual. Educación y evangelización van de la mano, sobre todo en nuestro contexto africano. ¿Qué caminos debemos utilizar con los jóvenes para vivir la vida en Cristo? Tenemos una tienda en la que podemos encontrar recursos “nuevos y viejos”. Nuestra tradición nos habla de la educación del corazón. Podemos llamarla también “teología” de la bondad. Nosotros, Josefinos, deberíamos ser conocidos como “la sonrisa de Dios”, porque nunca nos cansamos de amar, de esperar y de perdonar.

Entre las diversas formas de aplicar nuestro carisma me gustaría sugerir algunas indicaciones. Sin duda, la primera es la oración. El mismo día de su elección, el Papa Francisco dijo: “¡Oren por mí!” Y continuó: “Vamos a hacer un minuto de silencio y oración. Oren por mí, pidan a Dios que me bendiga”. Estamos al servicio de los jóvenes que son tan importantes a los ojos de Dios, son el “lugar teológico de la presencia de Dios”, y por lo tanto tienen una gran dignidad. Si ellos oran por nosotros, Dios los escuchará y nos bendecirá; pero si no oran por nosotros, bueno… ¡Estamos en problemas! Y siendo sucesores de Murialdo ¿Cómo podemos pretender ser apóstoles como él sin oración?

La catequesis es otro recurso. Enseñamos a través de palabras y hechos. No podemos callar lo que hemos visto y oído. Es un deber para nosotros predicar a Cristo y dar testimonio de Él. No podemos dar por descontado que nuestra gente sea cristiana. Tenemos que encontrar la manera de anunciar el Evangelio en un tiempo en el que I-pad, Facebook y sms atraen a los jóvenes y los arrastran en un “reino irreal”. Una vez más, las seducciones desafían a Jesús y se presenten a la gente como una alternativa más atractiva que la buena noticia del Evangelio. Nosotros, Josefinos, estamos llamados a proclamar abiertamente el amor misericordioso de Dios, manifestado en Cristo Jesús como un auténtico amor humano, ya que la fe y la esperanza tan anheladas por nuestros jóvenes, a menudo desalentados y decepcionados, están en él.

Entonces, lo que se espera de nosotros es trabajar. Tenemos que ser realistas y estar cerca de aquellos cuya vida es difícil y dura. Después de la oración, viene el trabajo: un trabajo cotidiano en las escuelas, en las parroquias y en todas nuestras instituciones. P. Reffo estaba enfatizando que: “Si la gente no nos ve rezar, hagámosle ver que trabajamos. ¡Hagámonos conocer como grandes trabajadores!” La condición social de nuestros jóvenes, dondequiera que se encuentren, exige nuestra presencia y nuestro apostolado. Hoy en día, la condición social requiere estar juntos, estrechar relaciones y reciprocidad. Nos estamos familiarizando con los proyectos destinados a patrocinar actividades. Usémoslos como una oportunidad de trabajar para la gente, como actividades sociales que mejoran la calidad de vida y promueven la dignidad humana. Y nosotros, Josefinos, estemos ahí, donde hay necesidad de luchar por la promoción humana.

Creo que debemos mantener vivo el estilo de nuestro fundador: la vida ordinaria. Especialmente en África, donde el aparecer como un “gran hombre” y tener un “rol reconocido” en la vida pública es muy, muy, atractivo. Debemos aprender la pobreza evangélica y la sencillez que nos ayudan a hacer y a hablar como gente normal y corriente, y recuperar la fuerza del humilde servicio bien hecho por amor de Dios. Todo lo que hacemos y decimos debe ser simple, claro, orientado a la verdad y el amor. “¡Oh, santa humildad; oh, bendita simplicidad; oh, impresionante normalidad!” Nuestra punto de referencia es Murialdo, una persona extraordinariamente activa y santa que vivió durante muchos años dentro de un orfanato, siendo no influyente a cualquiera de las autoridades civiles y eclesiásticas. Sin embargo, experimentó el drama de la pobreza, participando plenamente en los acontecimientos de su propio tiempo y con un fuerte sentido de pertenencia a su pueblo. El Evangelio, y no las ideologías ni la moda, era su inspiración.

Por último, para nosotros, Josefinos vivimos en África, nuestro carisma puede penetrar fácilmente en los corazones de los africanos, porque ya que tienen cualidades preciosas: aman a Dios, aman la vida, aman la familia y les gusta estar juntos. Sólo tienen que mantener vivo su natural sentido de moralidad, su ser comprometidos con su medio-ambiente y su ser conscientes de la responsabilidad heredada de sus padres y maestros. Ellos se sienten protagonistas de los valores y las tradiciones africanas que les fueron trasmitidas por sus “antepasados”, que les han dado la capacidad de descubrir lo que es bueno, lo que es malo y lo que la gente necesita, y de rechazar lo que es injusto y desestabilizador. En África, hay vida, y, como dice el refrán: “¡Si hay vida, hay esperanza!”; no tenemos, por tanto, motivos para el pesimismo. Los retos están ahí, incluso los nuevos. Estamos llamados a ejercer nuestra actividad misionera difundiendo esperanza a nuestro alrededor.

Nosotros recibimos en la medida en la cual esperamos; así hacemos de nuestra vida y de nuestro apostolado una liturgia de la esperanza, donde la esperanza es proclamada, apreciada y difundida.

P. Luigi Cencin

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