8. Nueva Evangelización, relaciones humanas, profecía y educación

El texto que sigue es la intervención que el Padre General, Mario Aldegani, hizo al Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, que se celebró en octubre de 2012. El texto trabaja sobre la relación entre evangelización, relaciones humanas y educación. Esta se inspira en nuestra espiritualidad y tradición educativa y se mide con los desafíos de hoy. En particular, se desea fundarla NE sobre una visión antropológica del hombre, en el signo de la confianza y la esperanza, para ser una profecía sobre el sentido y la verdad de lo humano. En esta perspectiva, la educación ocupa un lugar especial y privilegiado en el contexto de la NE, siempre y cuando se asuma totalmente el habitar el mismo terreno de humanidad, haciéndolo rico en relaciones, en las que pueda resonar la Palabra, como un apelo exigente pero portador de salvación y alegría.

P. Mario Aldegani

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8. Nueva Evangelización, relaciones humanas, profecía y educación (P. Mario Aldegani)


La práctica de la evangelización se sitúa dentro de una práctica de relaciones humanas. La calidad y la profundidad de las relaciones son a menudo subestimadas en la evangelización, o pensadas en óptica instrumental, para conseguir la acogida de la buena noticia. Vivir en verdad una relación humana significa dejarse alcanzar por el llamado, que es a la vez promesa y don, inscripto en la vida misma; es un llamado a compartir, a caminar juntos, a acoger, a hacerse responsables, a sentir que lo que se posee pertenece también al otro y es un regalo para todos. La calidad humana de las relaciones se mantiene viva, en el creyente, por la conciencia de que el corazón y la carne de cada hombre portan la imagen de Dios, las huellas de la salvación de Cristo. Esto abre el creyente a escuchar, a dejarse alcanzar por los dones del otro, a saber recibir, a pensar que Dios le viene al encuentro en la novedad que viene del otro; al mismo tiempo, esto abre a hacerse responsable del otro, a la responsabilidad de hacerle compartir el don del Evangelio.

La relación está marcada por la diferencia: el otro tiene algo que yo no tengo, yo tengo algo que él no tiene; yo le ofrezco el don del Evangelio, él, a lo mejor no creyente, me da algo que me ayuda a ser cristiano. Siempre la relación es también, en el fondo, asimétrica, justamente porque está marcada por la diferencia; y el sentido de la diferencia es el antídoto a la indiferencia. Pero siempre hay un horizonte de reciprocidad y de intercambio gratuito de dones; siempre hay un sentido de don o de gracia, que precede a todos y que rompe con la unilateralidad. Reciprocidad y diferencia, intercambio de dones y gratuidad, humanidad y gracia, hacen parte de la verdad de la relación, son necesarios para que el Evangelio resuene en verdad, son, de hecho, el signo de que Dios está obrando; hacen parte (deben hacer parte) del horizonte (del contexto, de la atmósfera) de la práctica de la evangelización. Y tal horizonte es el horizonte mismo de la Revelación, que no tiene un carácter extrínseco a la evangelización, sino que tiene un carácter sacramental (cf. Fides et Ratio y Verbum Domini).

Uno puede preguntarse si el primer problema de la evangelización no es un problema de horizonte, de clima, de aire que se respira. Uno puede preguntarse si las prácticas de evangelización son siempre prácticas de relaciones verdaderas y si están, por tanto, situadas en las huellas del actual obrar de Dios. Si es verdad que una crisis de confianza en la vida atraviesa tantos ámbitos de la vida contemporánea y de la misma crisis educativa, es también verdad, tal vez, que la misma crisis de confianza atraviesa también los ambientes eclesiales y las mismas prácticas de evangelización. La evangelización, en realidad, necesita un ambiente de confianza, una red de relaciones marcadas por la esperanza. La acción misma de Dios, primer educador de todo hombre, necesita confianza; más aún, la confianza es la señal de que Él ya está actuando.

Una práctica evangelizadora en el signo de la confianza y la esperanza debe ser sostenida por una reflexión antropológica profundamente inspirada en la Revelación. Se trata, más que un combinar lo antropológico y lo teológico, de pensar la persona humana a la luz y a la inspiración de la Revelación y de la Pascua de Cristo. Se trata, más radicalmente, de habitar plenamente y en verdad lo humano desde las mismas huellas de la revelación y la redención que lleva dentro. Una tal inspiración y un tal habitar significan una presencia profética en el mundo de hoy. No puede haber evangelización hoy sin profecía sobre el sentido y la verdad de lo humano. La identidad humana está en el signo del recibirse en don, del vínculo constitutivo de fraternidad que precede a la libertad, del reencontrarse donándose y por gracia, del ser criatura, del amar hasta dar la vida. Estos rasgos de verdad y de profecía de lo humano son al mismo tiempo condición y efecto de la evangelización; son su horizonte y el clima que se respira. La propuesta del encuentro con Cristo, corazón de la evangelización, es la mediación de un contacto, en la Iglesia, con aquel que acompaña, sostiene, sana y nos mantiene en los senderos de la vida verdadera, de la verdadera humanidad.

La necesidad de profecía, tan implícita como urgente, de la humanidad y la necesidad de una evangelización profética sobre el sentido y sobre la verdad de lo humano, cuestionan a toda la Iglesia. Nosotros, llamados a la vida consagrada, nos sentimos especialmente interpelados. La vida consagrada, en efecto, es profecía. Ella está llamada a redescubrir sus raíces y su significado en Cristo, a ser signo de un radical testimonio evangélico y, al mismo tiempo y justamente por esta razón, a expresar el sentido verdadero de lo humano. Los votos religiosos, como expresión del seguimiento de Cristo y como camino de plenitud humana, son signo profético. La vida comunitaria es testimonio y profecía de relaciones humanas en el signo de la corresponsabilidad, de la reciprocidad, de la gratuidad y de la gracia.

Lugar privilegiado de evangelización y de ejercicio de profecía es la educación. En tantas experiencias, y en la experiencia misma de tantos consagrados, evangelización y educación están profundamente entrelazadas. La evangelización no se superpone a la educación. La práctica educativa tiene necesidad de inspiración evangélica, incluso de un anuncio más fuerte del Evangelio, de hacer descubrir que el contacto con Cristo abre los ojos y el corazón a lo que es verdaderamente humano. El testimonio y el anuncio del Evangelio tienen necesidad de situarse en itinerarios educativos atravesados por un clima de investigación y de experimentación de verdadera humanidad. El esfuerzo por dar un alto estándar al testimonio cristiano se entrelaza con el esfuerzo por dar una educación de alto nivel. El terreno educativo, de hecho, es un punto de encuentro, o de alianza, entre creyentes y no creyentes, entre lo humano y lo evangélico; es un lugar de diálogo, de pruebas de comunicación, de interacción entre lenguajes tradicionales y nuevos lenguajes; con la condición de una apertura a lo humano y a su verdad y con la condición, para los creyentes, de habitar proféticamente el terreno de lo humano. La comunicación y la misma evangelización, en cuanto práctica relacional y comunicativa, es posible porque se habita el mismo terreno. Este no puede ser otro que el terreno de la verdadera humanidad. Pero habitar en verdad el terreno (la tierra, todo aquello que es humano), significa habitar las huellas de la Revelación y de la Redención e interceptar la Palabra actual de Dios. En este terreno, quien evangeliza puede hacer realmente resonar a la Palabra que salva y quien la escucha puede realmente experimentarla como Palabra interpelante y liberadora, exigente pero portadora de gozo.

P. Mario Aldegani

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