2. San José: modelo y ejemplo del educador josefino

San José fue, desde los inicios del nacimiento del Colegio Artigianelli, la figura de referencia para todos: para los adultos él es el perfecto educador, para los jóvenes de hoy que se convierten en trabajadores es ejemplo de artesano y obrero. La reflexión debe completarse diciendo que Nazaret es casa y familia ejemplar; por tanto, algo que debe re-presentarse en el colegio o en la obra educativa. Las dos virtudes características del josefino/murialdino educador son la humildad y la caridad, síntesis de todas las disposiciones de humanas y evangélicas del educador a ejemplo de San José. Estamos invitados a hacer nuestros los sentimientos de San José, especialmente en cuanto a estar entre los jóvenes, como lo hicieron nuestros primeros padres. Por último, San José nos enseña a combinar entre ellos la laboriosidad y la intimidad con Dios, actitudes y comportamientos que son tan humanos como religiosos, pero que ofrecen una imagen completa de San José, que fue el custodio del Redentor en aquellos tiempos de redención que duraron unos 30 años en la casa de Nazaret, con María y Jesús.

Fr. Pedro Olea

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San José: modelo y ejemplo del educador josefino


El grupo de sacerdotes que dio origen al colegio Artigianelli, con Cocchi a la cabeza, tuvo claro que la figura central de su obra tenía que ser San José. Sería para ellos modelo de educador, sería para los niños y jóvenes ejemplo de artesano y obrero, como ellos serían en edad adulta. Pero además los muchachos del colegio carecían de familia o provenían de familias con grandes problemas. Se trataba, en la medida de lo posible, de remediar a estas carencias: el colegio debía ser la familia que no tenían y para ello no había mejor familia que la de José, María y Jesús, ni mejor casa que la casa de Nazaret. Una familia con padre, madre e hijo como las familias más normales del mundo, que había tenido que afrontar dificultades como todas las familias de ayer y de hoy: un alojamiento precario en el momento del parto, un intento de asesinato por parte de Herodes y una huida precipitada en medio de la noche; hubieron de tomar precauciones al regreso de Egipto y cambiar de localidad porque en Judea reinaba Arquelao, en fin una familia que había salido adelante con su esfuerzo y su trabajo.

El colegio necesitaba un modelo de educador y ¿qué mejor educador que San José, que había educado al Salvador? San José había protegido al Niño, lo había educado y le había enseñado el oficio de carpintero; Jesús tenía un futuro asegurado y, ya adulto, fue carpintero como José.

Cuando pensamos que Jesús nos ha salvado, frecuentemente pensamos en su pasión, muerte y resurrección considerando menos que toda su vida fue salvadora y olvidando la importancia de San José en la historia de la salvación. La vida de Jesús en la casa de Nazaret, su crecimiento, su aprendizaje, su actividad de carpintero con San José y más tarde solo, son un hecho salvífico y en todo ello San José tuvo un papel fundamental: el papel de padre.

San José era, por tanto, el “educador optime”, el mejor de los educadores, al que había que tomar como ejemplo, y eso fue lo que hicieron. Cuando luego San Leonardo fundó la congregación con la ayuda de los padres Reffo y Costantino , tuvieron presente todo lo dicho y, como escribió Reffo, le pusieron el nombre de San José de una forma “que vino por sí misma, fue una cosa espontánea y natural… no podíamos encontrar nombre mejor, ni patrono más propicio para nuestra obra” (E. Reffo: Spiegazione del Ristretto del Regolamento).

San José fue así titular, patrono y modelo y, por tanto, al religioso educador josefino se le dieron como características las virtudes de San José: la obediencia, en la que el santo había dado ejemplos admirables; la castidad, que había vivido junto a María, y la pobreza, pues durante toda su vida había trabajado con sus manos.

Pero a los votos religiosos se añadieron otras virtudes, principalmente la humildad y la caridad, que figuran constantemente en los documentos de la congregación desde un principio. Era la humildad del descendiente de David que pasa desapercibido. El evangelio dice poco de él, solo lo esencial: el resto es silencio, trabajo, educación; por eso el josefino debía “ocupar el último lugar y trabajar intensamente como si estuviera en el primero /…/ feliz de poder continuar entre nuestros pobres la envidiable misión de San José para con el divino adolescente Jesús” (E. Reffo: Spiegazione del Ristretto del Regolamento). Consiguientemente hicieron suyo el lema: Hacer y Callar.

A la humildad se añadía la caridad, el amor, pues el josefino debía tener hacia los niños, adolescentes y jóvenes los mismos sentimientos que San José había tenido hacia Jesús. Está claro que alrededor de estas virtudes giraban otras virtudes de San José, que el josefino hacía propias: la laboriosidad y la intimidad con Dios. ¿Quién había vivido más íntimamente unido a Dios y a la Virgen que San José en la casa de Nazaret?

Por todo ello cuando el josefino habla de “nuestro santo” no es necesario especificar: nuestro santo es San José. Como decía el p. Reffo. “San José es la regla viva de la Congregación, en la cual todo debe ser josefino y en la cual no debe haber cosa alguna que no sea según el espíritu de San José” (E. Reffo: Il fine…).

Por eso, si seguimos este modelo, la figura de San José nos dará un empuje para cumplir nuestro deber de educadores “padres”, pues a ellos representamos, nos encomiendan a sus hijos -lo mejor y más valioso que tienen- o, en el caso de los huérfanos y abandonados, los sustituimos. De ello hemos de sentirnos orgullosos y responsables.

El colegio tenía que ser como la casa de Nazaret, donde vivía una familia de referencia salvadora, con sus problemas y sus alegrías, modelo de vida para los educadores, las familias y los alumnos. Inspirarse en la familia de Nazaret fue una gran intuición educativa que nos ofrecieron San Leonardo y los que trabajaron con él; reflejaba la necesidad de una acción unitaria del educador con las familias. Educadores, padres y jóvenes hemos de caminar en la misma dirección y por ello tenemos que formar “una familia muy unida”, como la familia de Nazaret.

Se trataba por tanto de que el josefino hiciera suyos los sentimientos de San José hacia Jesús, realizando su misión con los jóvenes como si fuera la misión misma de San José con Jesús, pero con una característica muy propia de San Leonardo que, como dice el p. Reffo, recomendó durante toda su vida: la dulzura, la suavidad, el modo agradable y amistoso de decir las cosas, sobre todo cuando había algo que reprender en la conducta de los alumnos. Y a ello unía la firme convicción de que era mejor premiar que castigar, pues el premio inducía a mantener el buen comportamiento.

Parte importante de la educación es vivir con los jóvenes y el p. Reffo cuenta que San Leonardo estaba frecuentemente en los patios y jugaba con los chicos a la pelota y a otros juegos de la época; y lo mismo hacía los otros primeros josefinos sabiendo que la educación tiene una influencia perdurable.
La educación de San José se reflejó en toda la vida de Jesús. Hay veces, y no son pocas, en que los artistas reflejan la realidad mejor que los teólogos. Hay un cuadro en la iglesia de la Compañía, en Quito que podemos usar como ejemplo. Se ve en la obra el taller de Nazaret y en él a San José que juega con el Niño Jesús. Están construyendo una cruz; el Niño sujeta tres de los brazos que ya han sido ensamblados y San José le entrega el cuarto para que pueda completar la cruz. El pintor ha expresado de forma bellísima una verdad incontestable: la influencia educativa de San José en la aceptación por parte de Jesús de la voluntad del Padre hasta la muerte y una muerte de cruz. Difícilmente se puede expresar mejor la acción educadora de San José.

San José es modelo nuestro, de esa educación que permanece en el tiempo, de ese sembrar nuestro que produce frutos con el tiempo y nos enseña a ser pacientes; tenemos en San José un modelo y un protector que nos obtiene del Espíritu Santo los dones necesarios para educar, porque, como decía San Leonardo: somos “los hijos predilectos de San José” que es el “Protector y Padre de la Congregación” (S. Leonardo Murialdo: Scritti, 4, p, 348; Marengo: Epistolario, n. 2284).

Y por eso los josefinos tenemos que rezar por los chicos que están con nosotros y están creciendo y por todos los que estuvieron; debemos recomendarlos siempre en nuestras oraciones a San José.
Después de reflexionar sobre el paso evangélico de Jesús perdido y hallado en el Templo, el sucesivo capítulo general de 2012 há vuelto a recordarnos que “como josefinos reconocemos en los jóvenes que educamos al mismo Jesucristo, niño, y somos compañeros de ministerio de San José, óptimo educador”; que los chicos “tengan la posibilidad de sentirse amados, escuchados, valorados y puedan tener así una casa, una familia, como nuestro modelo de Nazaret” y “en el estilo educativo asumimos algunos rasgos típicos de San José, en particular: compartir la vida, los gozos y sufrimientos, viviendo entre los jóvenes como amigos, hermanos y padres; creando con ellos un clima de confianza y optimismo para que la acción educativa sea eficaz así como su espíritu de fe [de San José] nos ayuda a contemplar el misterio con humildad, en la búsqueda confiada y perseverante de los designios de Dios” (Cap. Gen. XXII, doc. 1 n. 8-10). Por eso el capítulo nos ha recordado también la centralidad de San José en el carisma fundacional de la congregación, como padre de todos los josefinos y educador, reafirmando la importancia del santo y de la familia de Nazaret en la pedagogía de la congregación.

Quiero concluir recordando una oración a San José, que podremos repetir con San Leonardo, que la escribió:
“¡Oh! San José, somos tus siervos y tus hijos; ven a vivir estas nuevas casas de Nazaret ; ven a reinar sobre nosotros, te damos la misma autoridad que tuviste en la familia de Nazaret. ¡Oh! San José se fiel custodio entre nosotros de Jesús y de María, Padre de esta familia sobre la que el Padre eterno te ha constituido. Amen”. (S. Leonardo Murialdo: Scritti 6, p. 356-358).

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