Estimados miembros de la Familia de Murialdo:

Luego de la realización del III Seminario Pedagógico Internacional de la FdM: “En las huellas de Murialdo… educadores para el nuevo milenio”, celebrado en Turín del 21 al 25 de abril de 2016, queremos continuar este camino formativo en esta dimensión fundamental de nuestro carisma profundizando progresivamente los diez puntos de la síntesis final surgida de dicho evento.

Para empezar, les enviamos el texto de las conclusiones (muchos de ustedes probablemente ya lo habrán recibido y reflexionado). Luego, comenzaremos a mandarles, cada quince días, una reflexión para ir profundizando cada uno de estos puntos, añadiendo también algunas sugerencias de preguntas para el diálogo o de actividades para compartir con los educadores y animadores de sus respectivas obras.

Esperamos que esto sea una contribución verdaderamente enriquecedora para nuestra formación permanente recíproca, entre laicos y religiosos, en la FdM y un subsidio útil para confrontar, iluminar y mejorar nuestra práctica educativo-pastoral según el carisma de Murialdo.

Alejandro Bazan
en nombre de la
Comisión Internacional de Pastoral

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SÍNTESIS FINAL

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    1. El carisma es memoria viviente abierta al futuro. Teniendo viva la memoria, nos abrimos a los grandes desafíos educativos de hoy. Al mismo tiempo, viviendo los desafíos, sentimos la vivacidad y la fuerza profética del carisma. Los temas propuestos por el Papa Francisco (periferias, cultura del encuentro, misericordia, Iglesia en salida…) nos encuentran en sintonía y nos hacen sentir la actualidad del carisma y las posibilidades a las que nos abre. Advertimos que el carisma es ante todo una cuestión de estilo y de animación de procesos; más que algo para definir, es un don para acompañar.
    2. Estamos llamados a una renovación de actitudes y de mentalidad. Los lugares y los instrumentos formativos deben ser repensados con estas atenciones. El cuidado de los procesos, el diálogo, el compartir buenas prácticas, la atención a las dinámicas de la comunicación y la corresponsabilidad, nos ayudan a cambiar.
    3. La cuestión educativa es cada vez más una cuestión de contexto relacional. No debemos pensar aisladamente los jóvenes, sus familias y su territorio, y nosotros educadores, sino que tenemos que pensarnos juntos en el contexto educativo. Nos educamos y cambiamos juntos. Estamos llamados a educar y a formarnos en una lógica de alianzas (entre educadores, familia, escuela y comunidad eclesial…), sintiéndonos dentro del contexto social y cultural, acostumbrándonos a posicionarnos adecuadamente en las relaciones y en un clima de confianza mutua. Todo esto nos hace dar cuenta del hecho que lo afectivo (el corazón) es cada vez más el eje de la educación, sin restar valor a la atención a la integralidad de la persona.
    4. La experiencia educativa nos involucra profundamente en nuestro camino personal. Todo comienza a partir de la experiencia personal, del dejarse educar, del sentirse amados por Dios. Estamos involucrados espiritual y afectivamente. Es muy importante también reconciliarnos con nuestras dificultades y nuestros fracasos. Estos deben también entrar más en el compartir entre educadores y en las experiencias de formación. Dios nos ama aunque seamos pobres y pecadores: en esto, la experiencia espiritual de Murialdo tiene actualidad extraordinaria.
    5. Las fragilidades pueden ser fuerza y tiempo fecundo. Dentro de las fragilidades del mundo juvenil se esconden tantas posibilidades. La cultura de la competitividad y del individualismo hace hincapié en el hecho de que cada uno debe arreglarse por su cuenta y que hay que ajustarse a las normas sociales y culturales. A veces, la misma educación eclesial es víctima de esta lógica. Es necesario, sin embargo, dejar emerger una antropología de la fragilidad y de los lazos interpersonales.
    6. Nos dejamos inspirar por Jesús educador y por la pedagogía de Dios. El Evangelio es para nosotros, educadores, fuente de inspiración y alimento de nuestra espiritualidad educativa. Orando y realizando la Palabra interceptamos y nos hacemos signos de la acción educativa de Jesús. Incluso en el Evangelio, la contribución especial de la praxis educativa de Jesús es ante todo una cuestión de estilo.
    7. La exhortación de Murialdo: “ne perdantur”, nos abre a todos los adolescentes y jóvenes pobres, y nos hace vivir su punto de vista. El Papa nos anima a saber vivir desde las periferias, a aprender a ver las cosas y a resolver los problemas desde la perspectiva de las periferias. De este modo, nos alejamos de la cultura del descarte y trabajamos por una cultura de la inclusión y del encuentro.
    8. El documento: Educar con el estilo del Buen Pastor – Orientaciones para la Pastoral Josefina constituye una excelente herramienta para mantener viva la sensibilidad educativa murialdina, para construir comunión y corresponsabilidad y para interpretar los problemas educativos, sociales y culturales de hoy. Estos pueden ser abordados y estudiados, en momentos y procesos formativos, desde diferentes ópticas: espiritual, carismática, eclesial, antropológica, etc.
    9. Allí donde estamos presentes debemos saber descubrir las nuevas emergencias educativas, por ejemplo, en ciertos contextos, la emergencia de inmigrantes y refugiados. La obra no debe encerrarse, sino permanecer abierta al territorio y a las nuevas exigencias. Nuevas experiencias y nuevos intentos pueden conducir a la transformación de la obra y a valorar diversamente las estructuras. Esta apertura implica la disponibilidad a medirnos con los grandes temas culturales hoy: la interculturalidad, el mundo digital y de las redes sociales, las contradicciones de los procesos económicos mundiales, los desafíos del medio ambiente y del cuidado de la tierra…
    10. La misericordia es el corazón de nuestro carisma y puede dar inspiración y perspectiva a nuestra educación. No sólo es el núcleo de nuestra experiencia espiritual, sino que puede ser una clave privilegiada de interpretación de nuestra actividad educativa. Una necesidad de misericordia está en el corazón de cada joven y de cada uno de nosotros. Es expectativa de reconocimiento, de amor gratuito, de recibir confianza, de perdón, de estímulo y de acompañar el crecimiento. Interceptar esta expectativa (y reconocerla en nosotros) nos ayuda a dar un tono positivo a nuestra acción educativa y nos abre al amor personal, gratuito, actual y misericordioso de Dios.

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