2. Un estilo educativo “josefino”

A través de los textos de nuestra tradición se identifican las teorías y valores característicos de nuestro estilo educativo, así como fueron madurando y precisándose en el tiempo. Estos son: la finalidad apostólica como el corazón de nuestro camino de religiosos llamados a la santidad; un camino que tiene como icono y modelo a San José, encarnado en el contexto social, político, religioso y cultural de su tiempo; el compartir la vida de los jóvenes junto a ellos como “amigo, hermano, padre”; la construcción de un espíritu de familia. El josefino se dona a sí mismo poniendo el joven al centro, a él da testimonio del amor de Dios actuando con dulzura y misericordia. No se puede faltar el aspecto profesional, porque se es consciente de que “el bien debe ser bien hecho”.

P. Giovenale Dotta

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2. Un estilo educativo “josefino” (P. Giovenale Dotta)


NB. La reflexión sobre el “estilo educativo” josefino puede llevarse a cabo recorriendo pistas muy diferentes entre sí. Se podría, por ejemplo, realizar el análisis de la evolución de nuestro “pensamiento pedagógico”, y de cómo nuestra práctica educativa lo ha vivido a través de las obras realizadas y las metodologías aplicadas en el curso de nuestra historia . Aquí, en cambio, nos limitaremos al aspecto teórico, al de los valores o ideales, si se nos permite decirlo así, teniendo en cuenta algunos documentos de nuestra tradición. Hecha esta elección, se podrían seguir dos caminos, el del enfoque histórico, en modo diacrónico, analizando la síntesis que los distintos documentos oficiales desarrollaron o incluso sólo las pistas que, aquí y allá, han expresado. O bien el del la aproximación temática, a partir de aquellas constantes que siempre han sustentado, de forma más o menos marcada, la explicitación teórica de la pedagogía josefina. Hemos optado por esta segunda opción, con el fin de identificar las principales líneas inspiradoras de nuestra actividad educativa, sin descuidar la debida atención a su evolución en el tiempo. Ya que hablamos de “estilo educativo”, la atención se centrará en las actitudes del educador, con alguna mención a las atenciones metodológicas. En cambio, se asume como ya adquiridos la reflexión sobre los destinatarios de la obra educativa, la finalidad y los ámbitos de intervención.

1. Una “espiritualidad educativa”
La finalidad apostólica de nuestra congregación ha sido expresada ya en el primer reglamento (1873) en unidad con nuestra misma esencia de religiosos: “La Congregación de San José tiene por finalidad la santificación de sus miembros a través de las obras de educación de los jóvenes pobres o díscolos” .
“Atendiendo a la propia santificación, [cada hermano] tendrá que trabajar según sus propias fuerzas y capacidades en el grande y difícil ministerio de la educación de los jóvenes pobres o díscolos, haciéndose de cada uno de ellos amigo, hermano y padre, […] con la única intención de salvar las almas redimidas por la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo” .
Los Documentos Capitulares de 1969-70, hablaban de una “visión unitaria del aspecto interior y del apostólico de la santidad” (n. 59) y describían el apostolado como “expresión y elemento esencial” de nuestra vida consagrada (n. 764) .
El último Capítulo General (2012) ha podido afirmar que “la nuestra es una espiritualidad educativa” (CG XXII, n. 21, 27) .
“Esto sin duda significa que, para nosotros, la actividad educativa -es decir: la relación con los jóvenes, nuestra dedicación a ellos, la preocupación por su salvación terrena y eterna- caracterizan y colman, por así decirlo, todos los ámbitos de nuestra vida: la oración, nuestras relaciones, nuestros intereses, nuestras luchas y esperanzas. Todo, en nuestro diario caminar, está dentro de esta trama profunda y constitutiva del educar. La misión educativa josefina, de hecho, es la “forma”, el alma, el principio generador de nuestra consagración e incluye al mismo tiempo el estar con el Maestro (espiritualidad), con los hermanos (vida comunitaria) y con los jóvenes (apostolado)” .
Respiramos, por lo tanto, “una espiritualidad que se alimenta en el servicio de los jóvenes” (CG XXII, n. 59) y que, al mismo tiempo, “anima y da sentido a nuestro compromiso” (CG XXII, n. 69).

2. Tras las huellas de San José
Nuestro estilo de vida y las formas de nuestro estar con los jóvenes asumen para nosotros las tonalidades típicas de San José, que “vivió todo por Jesús” , fue su “óptimo educador” modelo de vida y de acción para el josefino que ve en los jóvenes a ese mismo Jesús que José ha acogido y educado . Son rasgos que tienen sus raíces en nuestra tradición y que el Capítulo General de 2012 ha querido volver a proponer como caracterizadores de nuestro estilo educativo (CG XXII, n. 8, 10).
Por otra parte, en San José y en la Familia de Nazaret, los hermanos encuentran inspiración para las dos virtudes características de la congregación, la humildad y la caridad, que evidentemente impregnan tanto el ser como el obrar del josefino , y se convierten en ‘rasgos típicos’ de nuestra relación educativa, que toma la forma de “pedagogía del amor” .

3. La atención al contexto social, político, religioso, cultural
Es una actitud que San Leonardo Murialdo vivió en modo evidente y que, aunque no había sido olvidada, ha vuelto a surgir con la renovación traída por el Concilio Vaticano II y, para nosotros, también a partir de la canonización de nuestro Fundador. Las Líneas de pastoral josefina (1996) lo describen como “escucha de los signos de los tiempos, […] atención a la dimensión cultural de la educación, capacidad de incidir sobre las causas socio-políticas de los problemas educativos, esfuerzo de comprensión de los procesos evolutivos culturales en acto” .

4. Compartiendo la vida de los jóvenes pobres como “amigos, hermanos y padres”
“La congregación […] vivirá en medio de los jóvenes más necesitados de ayuda material y moral” y “no […] será ajeno a su espíritu el acudir en ayuda de los adultos pertenecientes a las clases obreras con la educación y la predicación” .
La Regla de 2007, volviendo a los Reglamentos 1873, afirma que “los hermanos aman vivir entre los jóvenes como amigos, hermanos y padres” (art. 50) y continúa a hacer alusión de aquel primer texto legislativo que hablaba de una presencia en medio de los jóvenes caracterizada por un rostro siempre alegre y un corazón siempre contento para la misión que han recibido de Dios .

5. En espíritu de familia
El deseo de formar, en la congregación, “una sola y muy unida familia en Jesucristo” ha sido extendido por el mismo Murialdo y por la tradición sucesiva a toda la “familia educativa” , llamada a converger en objetivos (“Uno el pensamiento: hacer el bien a nosotros y a los jóvenes”), en el espíritu y en las motivaciones (“Uno el corazón: la caridad”), pasando de la colaboración a la concordia y la amistad (“Unidad de acción y de amistad, no sólo la concordia”) .
De la comunidad educativa hablaban, aunque si en aquel entonces era sólo dentro de la escuela, los Documentos Capitulares de 1969-70, destacando cómo los laicos podían enriquecerla “con su conocimiento del mundo y con su experiencia” (n. 866).
Continuando por el mismo sendero, el Capítulo de 1988 veía ya los laicos “participantes de la única misión”, elemento “estimulante” para la comunidad y “constitutivo” para las obras apostólicas y pedía su presencia “en la elaboración, gestión y evaluación de los proyectos apostólicos” .
En 1996, las Líneas de Pastoral Josefina reiteraban el “gran valor educativo” del espíritu de familia entre los educadores y con los chicos y volvía a referirse al estilo de participación “en el proyectar, actuar y evaluar juntos las iniciativas apostólicas”, con los laicos y con los mismos jóvenes .
El Capítulo General de 2000 miraba a la Familia de Murialdo “como una nueva realidad en la que se expande y enriquece el carisma espiritual y apostólico del Fundador” (n. 48), del cual la congregación no es la única depositaria, sino que se concreta también en tantas situaciones de vida y de apostolado que implican a religiosas, religiosos y laicos “en situaciones de secularidad” (CG XX, n. 52-53) .
Esta nueva sensibilidad ha sido asumida por la Regla de 2007: “Los hermanos […] sienten fortalecida su identidad dentro de la más amplia Familia de Murialdo, en la que se dilata el carisma del Fundador” (Directorio, art. 41.). Esta fue definida mejor en el documento Hoja de Ruta -Road Map- (2008) y, finalmente, fue reafirmada por el Capítulo General de 2012, cuando recordaba las “nuevas formas de compartir el carisma con todos aquellos que en diversos estados de vida se inspiran en San Leonardo Murialdo» (CG XXII, n. 39). El modo de concretarse puede ser la “comunidad educativa murialdina”, expresión “que no indica tanto una convivencia o una vida en común, sino un vínculo espiritual, carismático y vocacional entre religiosos y algunos laicos, que viven la misma misión y comparten el mismo carisma, en modalidades y formas diversas” (CG XXII, n. 51).

6. Con el joven en el centro
Las atenciones pedagógicas recomendadas por el Reglamento de 1873 (art. 183 a 187) han afinado gradualmente, en nuestra tradición, la conciencia de que la educación, siendo una “cosa del corazón” requiere un interés individual por cada joven , “en su realidad única e irrepetible y en la situación concreta en la que se encuentra” , respetando la gradualidad que tiene en cuenta los tiempos y las capacidades individuales, “con niveles diversos y oportunidades adecuadas para el crecimiento en la responsabilidad y la autonomía” , involucrando al joven en primera persona y haciéndolo protagonista de su crecimiento.
La centralidad del joven implica una atención “global” a su vida, en sus distintas dimensiones (física, intelectual-profesional, afectiva-relacional, social, moral, espiritual) . Es el discurso sobre los objetivos de la educación, que aquí no aborda, pero que se evoca solamente, para recordar el ne perdantur de nuestra tradición, la importancia primordial de la educación a la fe, en el contexto actual de la nueva evangelización. La salvación terrena y eterna de los jóvenes requiere la integración de la evangelización y la promoción humana. Para el josefino, y para aquellos que actúan según la inspiración del carisma murialdino, la finalidad de la educación es la salvación de los jóvenes (ne perdantur): “pero, si es cierto que toda su actividad está atravesada por la preocupación religiosa, también es cierto que, por esta razón y en la lógica de la Encarnación, él se hace cargo de toda la vida del chico (necesidad de pan, de trabajo, de instrucción, de relaciones de familia). Murialdo habla a los jóvenes del amor de Dios, haciendo que ellos hagan su experiencia, ofreciéndoles hospitalidad y compartir” .
Estos conceptos han sido confirmados por la Regla de 2007, cuando afirma que, en el trabajo apostólico, cada hermano “se preocupará por la […] la formación integral [de los jóvenes], ayudándoles a lograr la madurez humana y, especialmente, a crecer en la fe y en la gozosa certeza de que Dios los ama personalmente” (art. 49).

7. Viviendo y testimoniando dulzura y misericordia

El Directorio de 1936 recomienda al josefino que ame a todos los jóvenes a él confiados, sin preferencias y sin discriminaciones, “aprendiendo a ser muy compasivo y muy indulgente, reconociendo su fragilidad y debilidad” (n. 381). Recuerda luego que “sólo con la dulzura ganarán los corazones de sus alumnos para llevarlos a la práctica de la virtud y a la salvación del alma” (n. 411) y señala que “la dureza de los modos y el rigor excesivo” no corrigen, sino agravan los defectos de los chicos, empujándolos a reaccionar o a simular (n. 412). Invita también a “ser buenos aún con los malos y rencorosos” y a vencer el mal con el bien (n. 413), acompañado, sin embargo, la debida dulzura con la justa firmeza (n. 422), sin olvidar “que hay que prevenir mucho para tener poco o nada que reprimir” (n. 426). Exhorta a revivir en sí mismos, con los jóvenes “rebeldes y tercos”, las actitudes cuidadosas y amorosas del Buen Pastor (n. 449).
El josefino “asume, en el trato con los jóvenes, un estilo de paciencia, de calma y de optimismo” , en un clima de confianza y de corresponsabilidad, porque él “cree en los chicos, incluso en aquellos más difíciles; sabe captar, más allá del límite, el potencial positivo que se encuentra en cada uno de ellos, basando en esto la relación educativa” .
“El haber sido tocados personalmente por Dios, que nos ama con amor infinito, gratuito y misericordioso, nos lleva a interpretar la relación educativa en clave de acogida” que se expresa en la bondad y la misericordia.
El Capítulo General de 2012 resume estos rasgos recordando que “la pedagogía del amor” y “la educación del corazón” son “características peculiares de nuestra identidad” (CG XXII, n. 12).

8. Hacer el bien con el bien
La calidad del servicio educativo que realizamos a través de nuestra misión apostólica exige una constante tensión de “mejora”, la que, para Murialdo, no se reducía a una simple actualización, sino que involucraba toda la persona y toda la vida: crecimiento espiritual, mejoramiento del proprio carácter, perfeccionamiento profesional para “hacer bien el bien” .
Los Documentos Capitulares de 1969-70 recordaban que el josefino, siguiendo el ejemplo del Fundador, “se actualiza continuamente en la cultura y en el arte pedagógico” .
El Capítulo General de 2012 ha ampliado esta perspectiva, subrayando los vínculos con otros aspectos de nuestra tradición, como el espíritu de familia, que implica un proceso de formación recíproca: “Nuestro estilo educativo, que se caracteriza por la familiaridad y la dulzura, presupone la dimensión comunitaria del apostolado y la calidad en el servicio a los jóvenes: “Hagamos el bien, pero hagámoslo bien”” (CG XXII, n. 67.). Por tanto, el capítulo propone un “proceso de formación continua”, el que es necesario para la vitalidad de nuestra misión (CG XXII, n. 73-74).
Para ello, el Capítulo ha recomendado “itinerarios formativos sobre nuestra espiritualidad pedagógica” para los josefinos, los educadores y los colaboradores (CG XXII Rec. 13).

P. Giovenale Dotta

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