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2.VIVIR EN EL CAMBIO

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Estamos llamados a una renovación de actitudes y de mentalidad. Los lugares y los instrumentos formativos deben ser repensados con estas atenciones. El cuidado de los procesos, el diálogo, el compartir buenas prácticas, la atención a las dinámicas de la comunicación y la corresponsabilidad, nos ayudan a cambiar.

Vivir en el cambio
El texto anterior es el punto número 2 de la síntesis final y podríamos llamarlo así: Vivir en el cambio.
Renovar actitudes y mentalidad no es ciertamente una cosa fácil y no es un trabajo de un solo día, sin embargo es algo fundamental y urgente. No vivimos sólo en una época de cambio, sino en un cambio de época, indicando con esta afirmación que estamos experimentando un cambio total, global, que afecta a todos los aspectos de nuestra vida.
Un educador que tiene la tarea de educar hoy a la gente para el futuro de la sociedad y de la Iglesia, debe asumir algunos aspectos fundamentales del cambio, para no correr el riesgo de realizar una actividad educativa desencarnada, ajena a la realidad de los niños y jóvenes.
Personas, lugares, instrumentos, es decir: los elementos fundamentales que entran en el servicio educativo, están profundamente afectados por el cambio.

Algunos puntos a tener en cuenta
Permítanme señalar dos puntos a tener en cuenta.
El cambio no es bueno en sí mismo, es decir, sólo porque algo cambia, sino que debe medirse por los medios que pide poner en acto y por la finalidad que quiere conseguir. De aquí se deduce una obra de discernimiento que nunca se acaba, una atención al fin y a los medios que pone el educador frente a preguntas, como: ¿Qué va a producir este cambio en mí y en los demás? ¿Soy capaz de llevar a cabo este cambio con todas sus consecuencias educativas?
Un segundo aspecto es saber distinguir entre cambio superficial y cambio sustancial; es decir, no todos los cambios son iguales, ni tienen el mismo valor. La síntesis hace referencia a “actitudes y mentalidad”, como lugares primarios de cambio, que tocan la interioridad de la persona, de la que luego nacen las acciones consiguientes.
El mismo texto que aquí nos ocupa ofrece algunas orientaciones sobre “cómo” implementar la renovación.

El cuidado de los procesos
Con esta frase se ofrece la primera indicación sobre cómo vivir la renovación. Educar es poner en marcha una serie de procesos que tienen como único propósito el crecimiento personal. Estos necesitan ser “cuidados”, es decir, pensados, evaluados, implementados en las mejores condiciones posibles; mejorados si no son adecuados, abandonados si son perjudiciales. Se deben excluir las modalidades rígidas y vinculadas al “siempre se ha hecho así”, pero también las de dejadez y superficialidad.

El diálogo
Cuántas veces hemos dicho, oído, escrito, que hoy se educa en comunión, en el compartir proyectos y sus implementaciones. El educador está llamado a mantener un diálogo totalmente abierto: atento a no encerrarse en seguridades que pueden ser sólo autodefensas frente al mundo que nos rodea. El diálogo entre educadores es importante también para un crecer juntos en el compartir las opiniones, las visiones, el propio mundo interior de cara al servicio educativo. Por lo que el diálogo entre el educador y el adolescente-joven debe ser una comunicación abierta, sincera, en la que se es al mismo tiempo discípulos y maestros.

El compartir las buenas prácticas
Sería bueno que en nuestras reuniones, además de hablar de programación y de la oportuna reflexión cultural, sepamos comunicar las buenas prácticas, es decir nuestra experiencia, para acostumbrarnos al intercambio y a la evaluación compartida. Es importante la teoría, pero una linda experiencia es teoría y la práctica juntas. Saber que es posible implementar procesos educativos nuevos es fuente de confianza y esperanza. Una experiencia particular no puede repetirse en otros contextos, pero puede ser fuente de inspiración y sugerencia para renovar lo que se está haciendo.

La atención a las dinámicas educativas
Educar es entrar en relación, y esta se logra a través de dinámicas que deben ser siempre controladas y concientizadas. Dinámicas que se producen entre educadores, entre educadores y jóvenes, y entre los mismos jóvenes. Estas se ponen en acto según un preciso diseño, pero también se producen por estar juntos, por el compartir más o menos prolongado de tiempos y espacios. A veces son fácilmente visibles, comprensibles, otras veces son difíciles de distinguir, pero afectan a las personas, tal vez limitándoles su libertad y espontaneidad. No todas las dinámicas educativo-relacionales son positivas. Depende del educador implementar aquellas dinámicas que sean condición para unas relaciones buenas, libres, sinceras, que ayuden a madurar a las personas.

La corresponsabilidad
Estamos cada vez más convencidos de que la educación es un servicio que implica múltiples agentes: Iglesia, familia, escuela, equipo educativo, niños, jóvenes, etc. La educación actual tiene como una de sus prerrogativas fundamentales el educar a la comunión a través de experiencias de comunión. La corresponsabilidad nos indica que debe haber comunión al pensar, al decidir, al evaluar; en definitiva, al crecer y al hacer crecer.

Partir del corazón
La educación del corazón no hace referencia sólo a los niños, sino ante todo a los educadores; porque educar es un corazón que habla a otro corazón (San Agustín). Es como decir que actitudes y mentalidades nuevas pueden surgir sólo gracias a un corazón nuevo, renovado, abierto al soplo del Espíritu.

PARA TRABAJAR EN EQUIPO

A. ¿Cómo y cuándo se pueden organizar los tiempos de formación continua a lo largo del año?
B. ¿Cuáles son los elementos que dicen que se vive una verdadera corresponsabilidad?
C. ¿Cuáles son las “buenas prácticas” que pueden compartir en su equipo educativo y también con otros equipos?
D. ¿Cómo construir con el tiempo una sinergia entre equipo educativo, familia, escuela, parroquia, barrio, etc.?

Tullio Locatelli

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