11. Vocación Misionera: Caminando con el pueblo hacia el fascinante encuentro con el Peregrino Resucitado

La teología misionera es una teología que se vive en camino, en el diálogo, en la escucha, en la historia y en una nación que se siente caminante con la fuerza del Espíritu de Cristo Resucitado. Al caminar entendemos mejor a la gente, a los pobres; somos peregrinos junto a otros peregrinos. Escuchar es compartir y es ya evangelizar, es dar la palabra a todos dando a todos respeto y valor; es construir buenas relaciones a través de un diálogo abierto, sincero, sin prejuicios; es estar dentro de la historia, asumiendo la realidad de este presente en la memoria del pasado y proyectar el futuro; es vivir el compartir que en los gestos eucarísticos de Jesús llega a su máxima expresión. La teología de la misión es todo esto y, si se vive bien, el mismo misionero será también evangelizado. De evangelizadores a evangelizados, porque todos pueden decir una palabra de Evangelio.

Ana Simoni – Neiva Chiossi

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11. Vocación Misionera: Caminando con el pueblo hacia el fascinante encuentro con el Peregrino Resucitado
(Ana Simoni – Neiva Chiossi)


Desde el Concilio Vaticano II, el pueblo de Dios comenzó a tomar conciencia de que toda la Iglesia es misionera y que ella no tiene otra razón de ser que la misión, es decir, el envío a todos los pueblos. El documento Evangelii Nuntiandi enunció este tema con mucha fuerza y desde entonces cada Papa y cada obispo reiteran que la razón de ser de la Iglesia es la evangelización del mundo.
La teología misionera es una teología caminante. Es común que cuando se habla de misión venga a la mente el salir hacia algún lugar. Sí, misión es camino, es moverse, pero no necesariamente de un lugar geográfico a otro. Ante todo es un camino que se hace a partir del corazón. Un camino que lleva al encuentro; y no sólo a un encuentro al final del camino, sino a todo lo largo del caminar misionero, allí serán muchos los encuentros, como también los desencuentros.
La vocación misionera, por su propia naturaleza, es un llamado a caminar con el pueblo y a recorrer caminos con el peregrino resucitado que nos lleva a leer con ojos nuevos las realidades antiguas. La Palabra de Dios nos lleva a un encuentro fascinante con Jesús en el compartir. Esta reflexión nos invita como Familia de Murialdo a la atención y al discernimiento de las realidades que bloquean nuestra visión y a las mediaciones que encienden y abren nuestra mirada bajo la presencia tierna y transformadora del Maestro.

El texto de Lucas 24,13-35 nos llama a un caminar misionero, y el primer paso es acercarse y escuchar: mirar la realidad más allá de lo que ven los ojos, pisar el mismo suelo, seguir el mismo camino, escuchar, escuchar y escuchar. Sin embargo, para un miembro de la Familia de Murialdo, la escucha va acompañada por una mirada de fe, por poner el espíritu de fe a lo largo del camino como lo hizo Murialdo, por acompañar al pueblo actualizando su historia, recordando con él la presencia divina y así poder celebrar, compartir y volver a ser enviados para la misión, con un ardiente corazón y sin temor a la oscuridad.
En el texto, Jesús aparece sin ser reconocido, se hace acoger, camina con los discípulos, escucha sus lamentos, les revela el sentido de las Escrituras, parte el pan y, una vez reconocido, desaparece. Este es un desafío para el proyecto misionero murialdino.
P. Edegard Silva Junior, un misionero de La Salette que vive en Alagoinhas – BA, dialogando con la vida religiosa de la región acerca del texto de los discípulos de Emaús habló de seis teologías (entendiendo aquí “teología” más como experiencia y práctica que como ciencia y teoría) sobre las que vamos a reflexionar brevemente: Teología del Camino, Teología de la Escucha, Teología del Diálogo, Teología de la Historia, Teología del Compartir y Teología de la Misión.

1. Teologia del camino
La eclesiología latinoamericana acuñó el término “Iglesia en Camino”; este tiene un significado muy amplio: ¡somos una iglesia en camino, y el camino se hace caminando!
En el Evangelio, Lucas muestra a Jesús siempre en camino, y en el texto que estamos reflexionando se dice que el camino conduce de Jerusalén a la pequeña aldea de Emaús, que está a unos once kilómetros de distancia. Imaginemos aquel camino, probablemente tan parecido a los que recorremos en tantas misiones murialdinas, caminos polvorientos, suelo duro, campo, pozos y rocas. Más, son tantos nuestros caminos, los caminos de la Iglesia, de la Familia de Murialdo… y es en esta diversidad de caminos que nos ponemos junto al pueblo caminante, desesperanzado y oprimido.
El misionero aprende de Jesús que debe llegar suavemente, ponerse al lado y acompañar los pasos de aquellos que ya están en el camino. Jesús se pone a caminar con ellos en su misma dirección, aunque sea en sentido contrario al que debería ser, y no los condena por ello. Ellos habían abandonado a Jesús, pero Jesús no los abandona.
Como un simple peregrino, un extranjero, un “ignorante” de las cosas de allí, se aproxima con una actitud de humildad y de cierta curiosidad. Es caminando con el pueblo como vamos aprendiendo la importancia de abrirnos al extraño, al diferente. Sí, tenemos que interesarnos por la situación y por la vida del pueblo, por aquello que le hace sufrir, por lo que le impide vivir su libertad. Esta fue la actitud de Jesús con aquellos dos discípulos, mostró interés y acompañó su conversación y su caminar.

2 . Teología de la escucha

El texto ni siquiera menciona la palabra escucha, pero la actitud de Jesús es muy clara, al acercarse y ponerse en camino al lado de los dos, Él se pone igualmente en actitud de escucha . Ellos hablan y él escucha, interesado, curioso, como quien está aprendiendo, conociendo la historia en ese momento.
El escuchar de Jesús, tal como debe vivirse en nuestra Familia de Murialdo, no es una escucha de apariencia, sino un escuchar con el cuerpo, con la vida, en la acogida, sin juicios de valor. Una escucha incondicional. Dejar que los demás hablen, que sientan la atención del oyente. Esta es una de las primeras actitudes del misionero; si no escucha, tampoco debe hablar. Para estar al servicio de la escucha necesitamos inicialmente estar disponibles para tal actitud. Más que una actividad, es un “modo de ser”, de respetar y atender al otro. Para esto, hay que tener empatía, ella nos ayuda a leer con los ojos del otro y hace que el tema sea interesante.
Jesús tuvo la paciencia para escuchar una historia que él ya sabía, escuchando el desahogo de los dos, desalentados, llenos de miedo, de inseguridad y de incertidumbre. En esos momentos ¡qué bueno es que alguien nos escuche! Lucas nos presenta a Jesús en escucha amorosa, así como sugiere la Pedagogía del Amor: escuchar con el corazón.
El escuchar de Jesús abrió el espacio, autorizó su discurso. Es lo que pasa con nosotros, cuando la gente se siente escuchada también escuchará lo que tenemos que decir.
Tal vez se esconda en el escuchar uno de los secretos de nuestra vocación misionera. Escuchar ya es evangelizar. Así la comunidad se fortalece, crece, se abre a escucharse unos a otros, a escuchar a los “peregrinos” que caminan con ellos, a escuchar a Dios.
El “Peregrino Jesús” sólo habló después que los dos discípulos se vaciaron de sus decepciones y tristezas. Esto es esencial en la misión: Primero escuchar y después de haber acogido el discurso del otro, entonces podemos hablar .

3 . Teología del diálogo
El camino de Emaús es un camino de diálogo entre Jesús y sus discípulos. Jesús escucha, habla, pregunta y los discípulos participan en este proceso. Esta es una manera muy murialdina de hacer misión. Ponerse en diálogo con la gente es, a la vez, valorar su realidad, compartir nuestras realidades, aprender de ellas, enseñar lo que sabemos. El diálogo no debe reducir a la persona; la relación es horizontal, ambos son sujetos. Esto es un desafío para la misión, ya sea en el campo, en la ciudad, en las instituciones, en la calle o en la parroquia …. ¡Dialogar! ¿Con quién la FdM está llamada a dialogar hoy? Dentro de la misma FdM: ¿Cuánto dialogamos? ¿Cómo estamos dialogando con el mundo? ¿Y nuestro diálogo con el Señor?
El sabio educador Paulo Freire nos enseñó que el elemento fundamental de toda relación es el diálogo. El diálogo es un sentimiento de amor hecho acción, hecho diálogo amoroso, así como lo hizo Jesús y como lo hacía, ciertamente, nuestro querido Murialdo. El diálogo se convierte en una condición para el encuentro con el Resucitado en este viaje misionero. Para dialogar es necesario ponerse en la posición del otro, sin autoritarismo, con la conciencia de que el verdadero diálogo no puede disminuir la persona, por el contrario, ayuda a liberarla.
Así fue en el relato de Emaús, el diálogo se fue entremezclando con la incertidumbre, el miedo, la ceguera de los discípulos. El diálogo se fue desarrollando, fue creando la relación. Esta es una teología que acompaña nuestro camino misionero: diálogo con el que camina a tu lado, diálogo con la sociedad, diálogo con la Iglesia.

4 . Teología de la historia
El texto de Lucas nos presenta a Jesús haciendo memoria: retoma la historia, los pasos del camino del pueblo de Dios – el éxodo, la liberación, las profecías, la cruz … Incluso hasta llama la atención de los discípulos por su dificultad en comprender de esta historia.
Qué importante es conocer la historia de la región, de la gente, y reconocer la acción de Dios en esta historia para poder ayudarles a ver la “luz al final del túnel”. Cuando la gente está muy triste, sin esperanza, desanimada, los ojos se enceguecen. Es nuestra tarea, con los ojos de la fe, ayudar a aligerar la oscuridad que están viviendo, envueltos por la presencia de Dios y auxiliados por las informaciones que la misma gente nos ofrece. No es sólo un contar nuevamente la historia, sino un releerla con espíritu de fe.
Martinho da Vila (músico brasileño) canta la necesidad de sentarse alrededor de la fogata para compartir conocimientos: “los chicos alrededor de la fogata, aprenderán cosas de sueño y de verdad, se darán cuenta de lo que es ganar una bandera y sabrán lo que costó la libertad”. De hecho, cómo nos entusiasmábamos cuando niños, en familia, escuchando las historias que nuestros padres nos contaban, algunas verdaderas y otras de ficción, pero llenas de enseñanzas… Como los discípulos… en ese momento el corazón se va encendiendo…. arde… Hoy nuestros niños y jóvenes tienen necesidad de una teología de la historia / de la memoria.
Este es un punto importante también para la “Educación del Corazón”: después de estar cerca de los jóvenes, de escucharlos, de conversar con ellos, cuando ya nos sentimos en el mismo camino, cuando ya nos sienten como sus compañeros de viaje, encontramos más sintonía y apertura para proponer nuevos caminos, pensar y vivir valores diferentes, haciendo una nueva lectura de la realidad, asumiendo un nuevo ritmo en este caminar que a veces se hace difícil.
La Teología de la Historia sólo tendrá efecto si está precedida por un aproximarse, escuchar y dialogar; así no serán unas meras palabras, como hacemos a menudo con el fin de “enseñar” y de poner en la mente de los jóvenes lo que creemos que es correcto; más bien será un gesto de amor, una forma de ayudarlos a proyectar su futuro. Al igual que en la historia de Emaús: ellos retornaban a su pequeño mundo, Jesús les ayuda a caminar hacia delante, hacia el sentido más profundo de la Escritura, del misterio del Mesías, de la victoria fascinante: la Resurrección.

5 . Teología del compartir
El Peregrino Jesús – aquel desconocido que caminó con los discípulos, acogió sus desahogos y dialogó con ellos – ya no es más un extraño; ahora hay confianza en esta relación, por eso es invitado a quedarse con ellos, a entrar en su casa y sentarse en su mesa.
Sabemos que la hospitalidad, tanto en el primero como en el segundo Testamente tienen un valor fundamental. En la predicación de Jesús ella aparece incluso como un elemento de salvación (era forastero y me acogieron); también en muchos otros textos, en las cartas, encontramos recomendaciones e insistencia sobre la hospitalidad. Una vez que el huésped es acogido, se convierte en sagrado.
La invitación hecha por los discípulos muestra que ellos son conscientes de la preciosa costumbre de la hospitalidad, pero más aún, significa que existe en sus corazones el deseo de acogerlo. Jesús esperaba esa invitación, pero hace mención de seguir adelante. Él no se impone, quiere ser deseado para ser bienvenido, anhela esa invitación. En la misión no hay lugar para la imposición, más bien tiene que haber un deseo recíproco.
Partir y compartir. “Jesús se puso la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio”. Emaús no sólo retoma la multiplicación de los panes y la Última Cena, es también un modo muy especial de referirnos a la Eucaristía. Es claro aquí que el gesto no es tan sólo un rito, sino una vivencia.
La casa y la mesa son lugares sagrados para celebrar el encuentro. El Papa Francisco nos dice que hemos sido llamados por Dios para promover la cultura del encuentro. Hay aquí una fuerte llamada a la misión: generar y entregarse a una cultura del encuentro. Así fue con Jesús, con Murialdo, con tantos hermanos y hermanas que nos precedieron y que son testigos fieles de la vocación misionera: participaron, se comprometieron, se amaban unos a otros. No hay manera de ser verdadero discípulo misionero sin vínculos afectivos con el pueblo, con aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino. Estos lazos se construyen a lo largo del camino, pero es necesario “entrar en la casa”, “sentarse a la mesa con ellos” y “compartir el mismo pan”.
Este es el momento de celebrar el camino, de compartir la vida, el amor. Es aquí donde los ojos se abren: ¡En el compartir! El compartir tiene el poder de romper barreras, ampliar los espacios, crear vínculos, edificar la comunión. Ellos compartieron el camino, las decepciones, las angustias, el refugio y el pan; “…entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció”.
En uno de los testimonios descriptos por un Círculo Bíblico se cuenta que estaban rezando el texto de los discípulos de Emaús y el coordinador preguntó a todos: “¿y a dónde se fue Jesús cuando desapareció de la vista de los discípulos? ” …todos se quedaron en silencio, como si buscaran la respuesta; entonces, una señora muy sencilla dijo: “¡Bueno! ¡Él fue hacia dentro de ellos mismos!” ¡Exacto! ¡Eso fue lo que pasó! ¡Eso es lo que pasa! De allí que nada pueda espantar al discípulo, ya que en su interior tiene una fuerza insuperable. Aquellos que estaban llenos de dudas, tristezas y miedos, se convierten en audaces misioneros que caminan con seguridad incluso en senderos oscuros, ya que su interior están iluminados por una profunda experiencia Jesús.

6 . Teología de la misión
“En ese momento, se levantaron y volvieron a Jerusalén”. Regresan por la noche, mirando en la oscuridad. Vuelven llenos de celo misionero. Este gesto inspira nuestra vocación misionera en la Familia de Murialdo. El encuentro con el Resucitado empuja a la misión.
Con el corazón en llamas por la nueva lectura de la Escritura, alimentados por el pan compartido y fascinados por la presencia del Resucitado, se hacen fuertes y superan cualquier obstáculo. El nuevo descubrimiento genera un cambio en sus vidas. La oscuridad interior desapareció y la noche de afuera ya no asusta. Entonces sienten la urgencia de volver a Jerusalén, y hacia allá se dirigen inmediatamente, revertiendo aquel camino de miedo y tristeza que habían andado. Ahora hay valentía, gozo y determinación.
El recordado P. Comblin, en un artículo que hablaba del “Proyecto Aparecida”, decía: “De acuerdo con el proyecto de Aparecida, todo va a estar orientado hacia la misión. La realización práctica de este proyecto requerirá de todo el siglo 21. Este proyecto Episcopal requerirá un cambio de mentalidad y un cambio de comportamiento. La misión será la prioridad y dejará en segundo plano la gestión de la pequeña minoría que asiste a las parroquias. Se tendrá que cambiar radicalmente la formación sacerdotal. Los religiosos tendrán que volver a su vocación original y dejar de ser administradores de parroquias o de obras”.
Hoy, el Papa Francisco insiste en una Iglesia Misionera. En la JMJ de 2013 se dirigió a los religiosos que están en relación con los jóvenes (parece tan apropiado para FdM): “…eduquémoslos para la misión, para salir, para partir. Jesús hizo lo mismo con sus discípulos: no los mantuvo pegados a sí, como una gallina con sus pollitos ¡Él los envió! ¡No podemos permanecer encerrados en la parroquia, en nuestras comunidades, cuando hay tanta gente esperando el Evangelio! No se trata simplemente de abrir la puerta para acoger, sino más bien de salir por la puerta para buscar y encontrar. Decididamente pensemos la pastoral desde la periferia, desde aquellos que están más lejos, desde aquellos que no suelen venir a la parroquia. También ellos están invitados a la Mesa del Señor”.
Como los discípulos de Emaús, el corazón de los misioneros deberían estar siempre ardiendo de alegría y esperanza, motivándonos a abrazar la misión con un sano optimismo, con la alegría que viene de adentro. Este es un prerrequisito fundamental para el misionero. El optimismo, la alegría, pueden contagiar a nuestros hermanos y hermanas, alentándolos a abrazar la misión con entusiasmo y a enfrentar con fortaleza las dificultades y el riesgo del fracaso.
Un corazón ardiente hará que también otros corazones ardan. La contemplación de la escena de Emaús nos ayuda, como misioneros de la FdM, a superar los sentimientos negativos y paralizantes que tornan estrechos los horizontes y nos impiden percibir las posibilidades ofrecidas para el presente y para el futuro. ¡Es la resurrección dando frutos en nuestras vidas!

No podemos dejar de señalar algo muy importante todavía: cuando el misionero se pone a caminar con el pueblo, va con él haciendo hallazgos. Al principio, como evangelizadores, queremos dar a conocer a ellos el Cristo, posibilitando que tengan experiencia de la presencia del Resucitado. De hecho, esta es una mano de la vocación misionera; pero esta es una calle de doble mano, y el misionero se encuentra también fascinado por la presencia de Cristo en el camino, se encuentra con Él en el encuentro con el pueblo, vive él mismo la experiencia que deseaba para los otros. Por tanto, en la misión, queriendo presentar a Cristo a los demás, nos mismos lo encontramos nuevamente y renovamos nuestro compromiso con Él, nos entusiasmamos una vez más en la misión.
Finalmente podemos decir que sólo aquellos que son capaces de escuchar con sus propios oídos, de ver con sus propios ojos y, en cierto modo, tocar con sus propias manos la belleza del fascinante encuentro con Cristo Resucitado, podrán anunciarlo a los demás.
¡Esperemos que en el camino que la Familia de Murialdo hace con el pueblo de Dios experimentemos cada vez más a un Cristo Peregrino, amoroso y misericordioso, que camina con nosotros!

Hna. Ana Simoni Daros Deon (Feira de Santana – Bahia)

Hna. Neiva Terezinha Chiossi (Xique – Xique – Bahia)

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